
Vivimos como si esto que hacemos fuese a durar siempre, como si fuéramos inmortales, y hacemos bien, porque bastante jodido es morirse como para estar pensando todo el día en ello. Por eso, ocultamos todo lo que tiene que ver con la muerte, y ya de paso con la enfermedad o el dolor. Pero cuando algo te toca o te pasa de cerca, a ti o a tu pareja, o a un familiar cercano o a un amigo del alma, además de a la medicina muchos necesitan agarrarse a algo más, creer en algo. Vamos, tampoco hace falta que te pase nada para creer en algo, pero es cuando se pasan situaciones más difíciles cuando nos aferramos, por lo general, a ese algo más.
Al margen del Dios de cada uno, creer te da una ventaja, porque creer en algo nos calma, nos tranquiliza, nos ayuda a aceptar el hecho de la muerte, nos salva de la ansiedad y de la angustia de la nada. La depresión es desesperanza, por eso las personas que creen en algo se deprimen menos, la creencia actúa como una especie de calmante porque da seguridad en lo desconocido, en eso que se llama “el más allá”. Y es que estamos programados genéticamente para creer en algo. Hace poco afirmaba en una entrevista Alex Kacelnik, director del laboratorio de etología de Oxford, que “creer es una ventaja evolutiva”.
Los humanos nos refugiamos en las religiones, cada cultura ha creado a sus propios dioses para espantar la angustia de la muerte y ha regulado en qué creer. Luego cada uno lo lleva con distinta intensidad: están los practicantes, los no practicantes y los mediopensionistas. Tampoco han faltado, ni faltan –por desgracia- los extremistas que en cada religión matan porque piensan que su creencia es más verdad que la del vecino.
Ignacio Camacho, a quien tuve la suerte de presentarle una conferencia, uno de los columnistas que merece la pena leer cada día, hace tiempo escribía en su columna de ABC, citando a un escritor inglés: “Tanto si Dios existe como si no, le echamos mucho de menos”. Y es que, como bien escribió Chesterton, “La malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios, es que están dispuestos a creer en cualquier cosa”. Porque lo que se necesita tarde o temprano, lo que realmente echamos de menos, es creer en algo.