
Mi abuelo era maestro y mi madre también. Por eso, y por ser madre de tres hijos adolescentes, he vivido especialmente el debate de estos últimos días sobre la autoridad en las aulas, ya de por sí importante. Antes del verano –antes de toda esta polémica- me llamó la atención esta intervención: “Basta de excusas. No vale con mandar a nuestros hijos a la escuela y luego abandonarlos cuando llegan a casa. Tenemos que aceptar nuestras responsabilidades, es decir, ayudar a los hijos a hacer los deberes, leerles, protegerles y llevarlos a la cama a una hora razonable. El Gobierno no es tu padre ni tu madre, somos cada uno de nosotros los que tenemos que labrar el destino cada día.”
Estas palabras las pronunciaba Obama hace unas semanas en la convención de
Nos hemos alarmado todos con el violento botellón de Pozuelo –no es para menos-, pero cuando pasen unos días más nos habremos olvidado de todo y volveremos al abandono y al desinterés social y político por solucionar el problema de la educación. Hemos delegado completamente la educación en manos de los profesores, y encima no les hemos dado autoridad ni reconocimiento social. Poco pueden los maestros en clase frente a la dejadez de los padres, el ambiente social y las series de televisión. Esas estúpidas series son las grandes educadoras de nuestros chavales: a las cadenas de televisión les importa un pimiento el horario infantil y la transmisión de valores les suena a chino.
Esperanza Aguirre ha anunciado que volverá a poner tarimas en las aulas “para que los profesores no tengan que gastar más de un tercio del tiempo de clase en mandar callar a alumnos a los que ni siquiera ven”. Sarkozy ha dicho “sueño con una Francia en la que los niños se pongan de pie cuando llegue el profesor y le hablen de usted”.
Más autoridad para los profesores. No sé a qué espera el Gobierno de nuestro país para legislar al respecto, en lugar de estar tan empeñado en que nuestras hijas puedan abortar a los 16 años sin que los padres nos enteremos siquiera. Más autoridad, sí, pero también más prestigio social, más medios, más recursos, también más sueldo para los docentes, y más exigencia a los mismos (que se preparen bien las clases y se preocupen por los alumnos). Pero no sólo es cuestión de autoridad, por mucho que se la demos –que hay que hacerlo- a los profesores, si no se inculcan en la familia y en la sociedad valores como el respeto, el esfuerzo o la disciplina, volveremos a las andadas. Sí, más autoridad para los maestros, pero necesitamos algo más que autoridad.