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Mayte Ciriza

Que quede entre nosotros

Humildad

Era uno de los días más importantes de su vida y se le cayeron los pantalones. A José Emilio Pacheco se le cayeron literalmente los pantalones del frac hasta la rodilla en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes hace unos días, y su reacción fue una lección magistral de humildad y de humanidad. Dijo: “no suelo vestir de pingüino y no tenía tirantes, esto es un buen argumento contra la vanidad”.

La verdad es que era un escritor poco conocido antes de que le concedieran un gran premio internacional como el Cervantes, aunque a él pareció importarle muy poco: “esto hay autores a los que les indigna, a mí no, ¿cómo van a conocer a alguien que publica en Tegucigalpa?”. Para esto tienen que servir los premios, para leer a quien no se había leído.

Me gustó lo que dijeron de él en el acto de presentación: “rezuma bondad y modestia, una humanidad y un compromiso fraterno con las personas, que le han llevado a estar cerca de los que sufren”. Desde luego, demostró su humildad también ese día. Hay quienes en la vida persiguen y luchan por ser admirados, ¡qué error!, la vida te enseña que es mucho más importante ser querido que admirado.

La humildad nos permite darnos cuenta de lo mucho que nos queda por aprender y por hacer. Al fin y al cabo la vida es una larga lección de humildad. Las personas más grandes son las más humildes, y precisamente por eso son grandes. Las personas más inteligentes que he conocido en la vida eran humildes y sencillas, lo que habitualmente entendemos como “normales”. Esas personas a las que el éxito profesional no les cambia, que siguen siendo cercanas y amables, y que siguen teniendo los pies en la tierra.

Nadie es más que nadie, ni está por encima de los demás. Nunca he soportado a esos que se dan importancia, que se consideran superiores a los demás, esos que te miran por encima del hombro, que se creen el centro del mundo y que están encantados de haberse conocido.

¡Ojo! Ser humilde no está reñido con la autoestima, una cosa es reconocer tus limitaciones y tus fallos, e intentar superarlos, y otra muy distinta es confiar en nosotros mismos y en nuestras propias posibilidades.

Frente a la chulería y la soberbia, frente a los prepotentes, frente a los que te perdonan la vida, qué mejor que estos versos de José Emilio Pacheco: “Somos como pinturas que se borran, / flores secas, plumajes apagados./ Ahora entiendo este misterio, este enigma: / el poder y la gloria no son nada / con el jade y el oro bajaremos / al lugar de los muertos./ De lo que ven mis ojos desde el trono / no quedará ni el polvo en esta tierra”.


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Por Mayte CIRIZA

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