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Mayte Ciriza

Que quede entre nosotros

Las kellys

Sales de la habitación del hotel y siempre ves un carro alto, enorme, en el pasillo, lleno de cosas: de sábanas y toallas limpias, de productos de limpieza y de higiene personal, de trapos, de cubos y fregonas. Cerca hay siempre una mujer con uniforme entrando o saliendo de las habitaciones que limpia y pone en orden y que saluda amablemente a los clientes, aunque muchos ni las ven. Son las que se autodenominan “Las Kellys”, una manera coloquial de referirse a “las que limpian”. Son casi invisibles, pero si la habitación no está perfecta, el cliente pone el grito en el cielo. Pensando en la persona que limpia siempre intento dejar la habitación del hotel lo más recogida posible.

Las kellys son mujeres que limpian habitaciones de hotel, a través de servicios muchas veces externalizados, que cobran en torno a 2 € por habitación y que trabajan contrarreloj para dejar impecables en torno a 20 o 25 habitaciones diarias por salarios que difícilmente sobrepasan los 700 € al mes, por más de 8 horas diarias de trabajo. Los hoteles tienen que ajustar los precios por la presión de las plataformas de reserva por internet, como Tripadvisor o Booking. Y esto repercute en los sueldos de los que trabajan en el sector.

No son las únicas en estas condiciones. Fuimos con nuestros amigos a una cena que había organizado una pareja que nos querían presentar en Madrid. Era un encuentro informal y se trataba de picotear algo. Después de las presentaciones, nos dijeron que el repartidor de Deliveroo se retrasaba. Al cabo de un rato apareció sudoroso un chaval que había venido pedaleando con la comida en una enorme caja a la espalda.

Hasta entonces no había querido encargar nada a través de esas aplicaciones de móvil que hacen de intermediarios entre el restaurante y el consumidor, explotando a los que llevan el pedido. Los llaman “riders”, es decir, “jinetes”. Jinetes en bici. Nunca he querido contribuir a esta nueva esclavitud.

Cada vez que los veo pedalear sin descanso por las calles con esos contenedores isotermos en la bici, cobrando una miseria por cada pedido y teniendo que darse de alta como autónomos –lo que se llama falsos autónomos-  haciendo un montón de horas al día, a 4,25 € el pedido (da igual la distancia), de manera que ni siquiera llegan a 700 € al mes, pienso que algo estamos haciendo mal. En cambio, las plataformas de internet que gestionan estos pedidos se forran. Por ejemplo, Deliveroo ganó en 2016, 145 millones de euros. A costa del trabajo precario de miles de falsos autónomos.

La semana pasada Rajoy recibía en Moncloa a una representación de “Las Kellys”, las camareras de piso de los hoteles. Espero que el hecho de que el Presidente del Gobierno las haya recibido sirva para que, además de hacerlas visibles y tomemos conciencia de su condición, mejore su situación laboral y aumenten sus míseros sueldos y los de tantos otros trabajadores en nuestro país. Las kellys y los repartidores de comida a domicilio son una muestra de la precariedad laboral, pero no son los únicos. Hay muchos trabajadores en nuestro país que son “Kellys”.

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Por Mayte CIRIZA

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