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Mayte Ciriza

Que quede entre nosotros

Off the record

El último ha sido el “hijoputa” de estos días a cargo de Esperanza Aguirre -se supone que referido a un consejero de Caja Madrid-, aunque también fue célebre el de José Bono hace un par de años en los pasillos del Congreso: “los del partido propio son unos hijos de puta”. Me llama la atención que en los dos casos se referían a miembros de su propio partido y nuevamente se ha comprobado que a las mujeres se les perdonan menos las cosas que a los hombres, porque la polvareda que se ha levantado con el “hijoputa” de la presidenta de Madrid ha sido mayor que la que se organizó con la misma palabra en boca de un hombre.

De todas formas, lo mejor referido a “hijos de puta” me lo contaba un día ese pedazo de periodista y gran cocinero que es Ángel Arnedo. Una mañana le llamaba temprano alguien aludido por una noticia que había publicado el periódico que dirigía, para darle las quejas correspondientes. En cuanto le pasaron el teléfono, le espetó como saludo “usted es un hijoputa”, a lo que Ángel, en una muestra de inteligencia y sentido del humor, respondió: “¿Qué pensaba?, ¿que era usted sólo? Pues no, hay muchos”. Pues eso, que como diría Ángel Arnedo, si una hace caso a lo que los líderes políticos dicen cuando creen que nadie más les oye, parece que hay mucho “hijoputa” suelto.

Todavía muchos utilizan el “manda huevos” que se le escapó a Trillo cuando era presidente del Congreso, se ve que a los que ejercen ese cargo el micrófono les resulta muy indiscreto. No sólo se descuidan los políticos. A Botín le traicionó el micrófono cuando en una junta de accionistas se le oyó decir “cabrones, cómo aplauden con éste”, cuando los accionistas aplaudían a un crítico con la junta directiva del Banco. O cuando a Díaz Ferrán le pilló un micrófono abierto confesándole al que tenía al lado que el problema de la economía no es “la grave crisis sino los años de Zapatero”.

Seguro que muchos se acuerdan –en esta dura crisis- de lo que Jordi Sevilla le decía al entonces candidato Zapatero en 2003 después de una intervención sobre economía y que pudimos oír gracias a un micrófono abierto: “Se te nota todavía inseguro. Has cometido un par de errores… pero son chorradas. Lo que tú necesitas saber para esto son dos tardes”.

En el fondo de todas estas anécdotas que en su momento han ocupado un lugar central en los medios de comunicación está esa delgada línea entre lo público y lo privado. Esa es también la razón de eso que suele denominarse como “políticamente correcto”. Esto es, que las personas –los políticos incluidos- calculamos, consciente o inconscientemente, los costes sociales de decir públicamente aquellas cosas que, aunque las pensamos, e incluso las compartimos con los amigos en las comidas privadas o tomando un café, sabemos que van contra corriente, que contravienen la opinión más extendida o aceptada como “oficial”.

Por eso, precisamente, nos llama tanto la atención cuando alguien, por descuido, dice en público lo que siente o lo que piensa sin cortapisas. Hasta tal punto está establecido en la vida pública ese doble discurso, que cuando se quiere decir algo verdaderamente interesante se cuenta off the record.


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Por Mayte CIRIZA

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