Hace días, en el tanatorio, acompañaba a una amiga por el fallecimiento de su padre después de una larga enfermedad y las frases que más escuchaba eran: “es ley de vida”, “por fin ha descansado, el pobre”, “tú has hecho lo que has podido, ahora cuídate”. No es ese momento para discursos originales, se trata de transmitir el afecto y la condolencia, pero me dio qué pensar que la vida está plagada de estas frases hechas, de estas muletillas, que todo el mundo acepta sin pestañear, como cosas ciertas, que nos ahorran el trabajo de pensar y que nos hacen sentir cómodos.
Lo que son las cosas, ese mismo día leía una entrevista con Aurelio Arteta a propósito de su último libro “Tantos tontos tópicos”, en el que desmenuza una serie de lugares comunes, políticos y morales, con los que convivimos como si tal cosa.
Me llama la atención ese que reivindica el ser normal como un mérito, que evita el destacar en algo, apelando a la mediocridad, al igualitarismo, parece que nos sentimos aliviados al ver que nadie es mejor que nosotros, es ese que dice: “es una persona muy normal”.
Hay algunos inofensivos, como el mencionado “es ley de vida”, pero hay muchos, recogidos en el libro, que más que tontos tópicos, son lugares comunes peligrosos, como “bueno, es su cultura”, “seamos tolerantes”, “una cosa es la teoría y otra la práctica”, o “respeto sus ideas, pero no las comparto”.
Por ejemplo, el relativismo moral en “eso es muy relativo”; el saltarse las normas de “todos harían lo mismo” (¿todos defraudaríamos a Hacienda?); el justificar prácticas inaceptables (como la poligamia o la ablación) con “bueno, es su cultura”; o el “seamos tolerantes” cuando en realidad no se puede ser tolerantes con los intolerantes, con los terroristas, con los pederastas o con las redes de trata de mujeres. No es lo mismo la violencia de los antisistema de Barcelona –terroristas callejeros- que la del policía para detenerlos, por eso es tan peligrosa la frase hecha “condenamos la violencia, venga de donde venga”.
La mayoría son frases tan comunes como injustas. No recoge el libro todo ese catálogo de lugares comunes con los que simplificamos las relaciones entre hombres y mujeres: “los hombres no son románticos” (mi santo lo es) como si la sensibilidad fuese exclusiva de las mujeres, o ese “todos los hombres son iguales” como si sólo ellos pensaran en el sexo, “los hombres no lloran”, o “a todos los hombres les gustan las tetas gordas”, y si no, que se lo digan al líder de IU en Andalucía. O ese que se oye cuando el macho adelanta a un coche conducido por una mujer al grito de “mujer tenía que ser”. Tópicos peligrosos.