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Mayte Ciriza

Que quede entre nosotros

La verdadera crisis

“No sé si esto va a gustar en Casa Real”, le decía Francisco Nicolás a su interlocutor durante una cena en un restaurante de lujo. “Perdona, que me llama la vicepresidenta”, le decía a otro, mientras se levantaba haciéndose el interesante, o “mi guardaespaldas tiene la documentación en el coche”, comentaba al empresario que tenía delante. Últimamente presumía de tener una orden directa del Gobierno para negociar “el tema de los Pujol”. Se las arregló incluso para estar en la coronación de Felipe VI.
Lo increíble es que durante años, muchos han creído al conocido como “pequeño Nicolás”, que, con veinte añitos de edad, se hacía pasar, entre otras cosas, por miembro del CNI. ¿Quién podría haber imaginado esta historia? ¿Quién en su sano juicio puede tomar en serio a un chaval así al nivel en que se movía? Su historia es rocambolesca y nos tiene asombrados, perplejos, y vuelve a confirmar que, como decía Oscar Wilde, la realidad supera a la ficción.
Ahora se ha colado en todos los grupos de guasap; ¿quién no ha recibido una foto en la que aparece “el pequeño Nicolás” con Obama en la Casa Blanca, celebrando un gol con Ronaldo o Messi, saludando al Papa o como uno de los asistentes en el cuadro de la última cena de Leonardo da Vinci? Ya en el colegio le llamaban Frantasma (jugando con su nombre de Francisco y lo fantasma que era desde pequeño).
Lo del “pequeño Nicolás” es una historia de momento burlesca, hasta que se sepa qué hay detrás de todo este montaje. ¿Cómo es posible que este niñato haya conseguido engañar a tanta gente? Y precisamente cara de listo no tiene. Nos reímos y hacemos chirigota de esta increíble historia, pero es una muestra de que nos fiamos más de las apariencias que de los verdaderos méritos.
Muchos han confiado en un pipiolo que iba con traje, engominado y presumiendo de buenos contactos, en lugar de mirar su currículum y comprobar qué ha hecho en la vida. Lo malo es que de estos hay unos cuantos en los partidos políticos, que van ascendiendo por contactos y apariencias, no por méritos, talento, resultados y porque sean útiles a la sociedad. Y así nos va. El problema es que nos hemos dado cuenta de que muchas cosas no son lo que parecían. Me llama la atención que mientras el país está inmerso en una profunda crisis de confianza, nos fiamos en cambio de un engominado de 20 años o de un demagogo populista.
Me temo que de esta crisis, la de confianza, nos va a costar mucho salir, pero al menos nos hemos dado cuenta de algo, aunque sea a golpes: de la necesidad de tener a los mejores en política y de la necesidad de responsabilidad cívica, de honradez, de valores éticos y morales, tanto en nuestros políticos, empresarios, sindicalistas, como en el conjunto de la sociedad. La falta de confianza es la verdadera crisis.

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Por Mayte CIRIZA

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