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María Antonia San Felipe

Entre visillos

España en el potro

         

          En España siempre hemos sido propensos a escarmentar en cabeza propia. Nos gusta olvidar e incluso desconocer nuestra propia historia. A veces pienso que hemos vuelto al clima de decepción por el sistema político de la Restauración, cuando los partidos de Cánovas y Sagasta se turnaban en el gobierno y el periódico satírico El Motín concluía en 1892: “sube el uno, baja el otro y España siempre en el potro”. El sistema clientelar, propenso al favor a los amigos y a la corrupción, se generalizaba como la pobreza lo que produjo el agotamiento de un sistema que no supo renovarse desde dentro, porque transformarlo suponía tener que inmolar a una clase política que protegía más los intereses particulares de quienes ejercían el poder que el interés público del Estado y de sus ciudadanos. Nada es igual, pero mucho se parece. Cuando la decepción se generaliza y las respuestas de los partidos políticos se traducen en encastillarse en las respectivas fortalezas orgánicas, escasamente transparentes y pobladas de vividores que se han forrado sin escrúpulos con sobresueldos y prebendas, no es extraño que la confianza del electorado salga corriendo por las ventanas.

Cada uno de nosotros somos un mundo, pero tengo la impresión de que en el horizonte es difícil divisar representantes políticos en los que depositar nuestras ilusiones y en cuyas manos encargar la construcción de un futuro que se parezca un poco al que ellos mismos se han afanado en destruir en los últimos años. Pensemos en lo ocurrido en Italia. La presión de la olla llegó a tal punto que “a la desesperada” muchos italianos apoyaron con su voto al movimiento encabezado por el cómico Beppe Grillo que aunó a descontentos con unos y con otros. Su movimiento, que se había fortalecido en el sentimiento contra los políticos tradicionales, se negó a apoyar al líder del centro izquierda Bersani y ahora el nuevo gobierno está a expensas de los hombres del excéntrico Berlusconi. Esta negativa a implicarse ha decepcionado tanto a sus seguidores que en las elecciones municipales de este fin de semana sus candidatos han sufrido un serio descalabro. No es difícil intuir la razón de esta bofetada electoral. El 25% de los italianos que les votaron querían que intentaran cambiar las cosas y no que se dedicaran a contemplar cómo los partidos tradicionales se abofetean mientras Italia se desangra. La gente quiere trabajo, derechos, libertad y futuro y esta vez el espectáculo de Grillo no ha sido del agrado del público.

La gente necesita recuperar la esperanza y pretende modificar sustancialmente el sistema democrático aunque no destruirlo porque hasta ahora no hay otra forma mejor de organizar el estado, en España bien lo sabemos. Para proteger la democracia de tentaciones totalitarias es preciso más transparencia, más controles efectivos, más independencia y eficacia judicial y, sobre todo más coraje para erradicar la corrupción en vez de protegerla, negarla o ampararla. Hace falta además una clase política bregada en el esfuerzo en su vida personal, capacitada en su trayectoria profesional y que sustituya a unos políticos cuyo único mérito en el currículum se reduce a haber sabido escalar en la estructura de su partido por haber hecho la pelota al jefe con suficiente afán, renunciando a su propia opinión e incluso a la evidencia del error. Los nuevos podrán ser jóvenes o mayores, hombres o mujeres pero sobre todo que tengan ideas claras debajo de la cabellera, principios firmes, honradez y un sentido de lo público a prueba de bombas. Aunque prolonguen la edad de jubilación yo creo que la mayoría de la actual clase política debiera prejubilarse, que para ello han blindado sus pensiones y, generosamente, propiciar un relevo. Si no lo hacen vaticino que los españoles no sé si votaran a alguien con el rostro de Beppe Grillo pero presiento que muchos pueden, como única salida, acabar refugiándose en el nuevo partido mayoritario: la abstención.

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.


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