Sabemos que cuando termina un funeral solo pervive el dolor. El pasado 3 de mayo de 2018 vimos pasar ante nuestros ojos el cadáver de ETA, querían engañarnos pero su olor delataba que hacía tiempo que había muerto. En el funeral no hubo flores solo el desprecio lo cubrió por completo. Por primera vez no sentí dolor en un entierro.

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María Antonia San Felipe

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El entierro

eta¿En qué lugar de la historia se ocultarán las mentiras? ¿Cómo interpretará el tiempo las palabras que construyen los engaños? Estas cosas me vinieron a la mente escuchando el último comunicado de ETA. De nuevo, quienes justifican la violencia como forma de participación política vuelven a transitar por el sendero de la infamia, a persistir en la falsificación de una realidad vergonzosa y vergonzante para ellos.

ETA está derrotada, fue derrotada hace tiempo, el 20 de octubre de 2011 se rindió sin conseguir ni uno solo de sus objetivos. La semana pasada, intentando cambiar la historia, anunció “el final de su trayectoria” dando “por concluidos el ciclo histórico y la función de la Organización” (sic). ¡Cuánto cinismo! Si alguien ha cursado un máster de obscenidad en el último medio siglo han sido los ideólogos de la banda terrorista ETA. Su aportación a la historia se resume fácilmente, terror y muerte. Ese es su histórico balance. La muerte y el dolor multiplicados exponencialmente desde la crueldad. Una aportación demasiado tétrica como para olvidarla tras la nueva representación teatral que han montado en el sur de Francia.

Además de muerte su otra aportación a la historia no es menos inquietante, se llama terror y miedo. Con ambos instrumentos y la complicidad de quienes les apoyaban, exculpaban o banalizaban su violencia, sus extorsiones y sus amenazas llenaron Euskadi y Navarra de alambradas invisibles que recorrían las calles y circundaban las plazas. Con mensajes subrepticios, silenciosos o explícitos del tipo: “sabemos cómo piensas”, “sabemos dónde vives”, “conocemos a tus hijos” crearon un clima sórdido e irrespirable. Sin elecciones se proclamaron intérpretes de las aspiraciones de los vascos, la disidencia suponía un tiro en la nuca, una extorsión, el repudio de los vecinos… Un manto de silencio y plomo cubrió sus acciones y en torno a los hogares de los señalados con su dedo totalitario se levantaron unas alambradas que sitiaban su libertad. Eran invisibles pero eran reales, las malditas alambradas las levantaba el miedo.

Durante años muchos vivieron amedrentados, incluso habiendo luchado por la libertad solo podían ejercerla en el limitado recinto de su domicilio detrás de la alambrada. Porque al otro lado muchos fingían que no veían, no sabían, no escuchaban. Toda excusa era buena para no afrontar la dura realidad, la complicidad con quienes habían levantado esos muros de aislamiento que sitiaban a las víctimas de la intimidación infligida por los delatores y mensajeros de los pistoleros. Llenaron España de dolor y Euskadi y Navarra, de alambradas. Muchos se sintieron, ya lo dije hace tiempo, como en el Niño con el pijama de rayas. El niño alemán limpio y sonriente ve, al otro lado de la alambrada, al niño judío sucio y con hambre, con la diferencia de que éste no puede traspasar la valla del terror que le mata lentamente como a un perro solitario.

La quiebra de la convivencia alimentada por los etarras y sus cómplices es el otro “mérito histórico” de la banda que todavía perdura en muchos pueblos vasconavarros. Este es el reto de los próximos tiempos. Algunos ya han comenzado a reconocer sus propios errores, otros no. Tímidamente la Iglesia católica ha pedido perdón por sus “complicidades, ambigüedades y omisiones”. Es un modo de comenzar, no debemos renunciar a la esperanza.

Durante años hemos acompañado a las víctimas en su dolor, hemos sufrido con las infamias que recibieron, hemos asistido solidariamente a sus funerales y hemos llorado a sus muertos. Desde ese dolor incalculable les recordaremos siempre. Sabemos que cuando termina un funeral solo pervive el dolor. El pasado 3 de mayo de 2018 vimos pasar ante nuestros ojos el cadáver de ETA, querían engañarnos pero su olor delataba que hacía tiempo que había muerto. En el funeral no hubo flores solo el desprecio lo cubrió por completo. Por primera vez no sentí dolor en un entierro.

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.


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