En Brasil, el desengaño ha debido ser inmenso para producir un giro completo del electorado. Por tanto, la reflexión no debe hacerla quien ha ganado sino quien tanto ha desilusionado. En Europa sería una paradoja que, tras haber conseguido estados de bienestar, tengamos que plantearnos como única meta preservar las democracias de los autoritarismos.

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María Antonia San Felipe

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El soufflé

bolsonaroEl secreto del soufflé está en batir bien las claras de huevo para que una vez puesto en el horno suba como la espuma. Igual ocurre con el pastel que cocina la ultraderecha global, que está creciendo a velocidad de vértigo. Utilizando métodos democráticos (que detestan), sin esconder a sus electores lo que de verdad pretenden y huyendo de lo políticamente correcto como mejor forma de enardecer el impulso instintivo de sus posibles votantes, la extrema derecha progresa. Ocurrió con Trump y acaba de ocurrir con Jair Bolsonaro al que, simplificando, ha votado más de la mitad de Brasil.

Este militar, que anticipa un gobierno castrense, no ha ocultado su añoranza de la dictadura durante la campaña electoral. Es autor de frases que estremecen: “El error de la dictadura fue torturar y no matar”, “Sería incapaz de amar a un hijo homosexual”, “Los negros no sirven ni para procrear”, “Tengo cinco hijos: fueron cuatro hombres, ahí en el quinto me dio una debilidad y vino una mujer”… Y todo esto lo cuenta con la naturalidad de quien cree que no existe más verdad que la que expresa y ha convencido a más de 57 millones de brasileños de que solo él garantiza un futuro mejor.

La realidad es innegable, la ultraderecha autocrática avanza para asombro de los demócratas del mundo, también lo hace en Europa. El anuncio de Angela Merkel de no concurrir a un nuevo mandato tiene que ver con el discurso reaccionario y xenófobo que abandera Alternativa para Alemania (AfD) y que está haciendo mella en los votantes tradicionales de la CDU. En España la radicalización del discurso del PP y de Ciudadanos, tras la aparición de VOX, tiene que ver con el mismo fenómeno y con la frustración que cunde en capas importantes de la ciudadanía.

El resultado es que se está normalizando un discurso que añora dictadores y oculta sus crímenes, que estimula el enfrentamiento y alienta la crispación como forma de tensionar al electorado para presentarse como garantes de la seguridad, la ley y el orden. Un discurso viejo y simple que apela al instinto estimulando el odio al que piensa diferente. Con esas reglas los consensos son imposibles. En realidad no tienen soluciones a los complejos problemas de la sociedad actual, pero el griterío es tal que hacen creer que se acerca el fin del mundo. Quienes crean que Bolsonaro se moderará en el gobierno se equivocarán como con Trump. El tiempo hará balance de estas aventuras.

Pero no cabe lamentarse ante la constatación de esta realidad. Es obligación de las fuerzas progresistas analizar las causas que originan esta mutación del electorado realizando un examen crítico de sus propios errores. Que una parte, no pequeña, de la sociedad añore experiencias autoritarias que la historia ya ha demostrado cómo terminan es realmente preocupante. En Brasil, el desengaño ha debido ser inmenso para producir un giro completo del electorado. Por tanto, la reflexión no debe hacerla quien ha ganado sino quien tanto ha desilusionado. En Europa sería una paradoja que, tras haber conseguido estados de bienestar, tengamos que plantearnos como única meta preservar las democracias de los autoritarismos. La socialdemocracia europea, no puede quedarse sin discurso, no puede resignarse a la irrelevancia, como sucedió en Francia y puede ocurrir en Alemania. Debe reflexionar y analizar este fenómeno que recorre el mundo antes de que sea demasiado tarde para frenar el auge de una ultraderecha que se manifiesta sin complejos y con la complicidad de poderosos medios (la bolsa aplaude el triunfo de Bolsonaro).

Es tiempo de mirar un pasito por delante, solo se puede volver a convencer desde las ideas y desde la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Yo estoy con Pepe Mujica, el expresidente uruguayo: “La vida es una lucha permanente con avances y retrocesos. No es el fin del mundo. Debemos aprender de los errores que hemos cometido y volver a empezar”, porque “no hay derrota definitiva ni triunfo definitivo”. Lo contrario sería aceptar de antemano el fracaso y permitir que el soufflé siga subiendo hasta explotar el horno.

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.


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