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María Antonia San Felipe

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Mentiras verdaderas

De pequeños nos enseñan que no debemos mentir y de mayores aprendemos que en esta vida casi todo es mentira. Si observamos la vida pública española, el alboroto es tan elevado que duelen los oídos, sobre todo, los de la inteligencia. Si a ello añadimos que el cinismo y la abundante mediocridad van al alza entenderemos por qué el hartazgo ciudadano alcanza niveles insoportables. Aunque existen algunas excepciones, la calle tiene la sensación de que la clase política no está pensando en el bien de España sino en cómo sacar ventaja electoral destruyendo al otro. Es decir, la virtud no está en construir futuros sino en destruir adversarios, cada vez más asimilados a enemigos. Éste es el bullicio en el que vivimos y que ha convertido lo accesorio en importante. Da la impresión de que en vez de competir en el campo de las ideas lo hacen para ver quien nos engaña mejor. A nosotros en casa nos hubieran castigado pero ellos reciben su premio agotando nuestra paciencia.

Antiguamente para acabar con alguien lo más expeditivo era soltar un bulo y en corrillos en el bar, en el mercado o en la panadería el bisbiseo constante multiplicaba su poder destructivo y socavaba el honor de la víctima elegida. Eran las redes sociales de la época. La historia nos cuenta que este método utilizaba Franco para fulminar adversarios, incluso con su cuñado, Ramón Serrano Suñer. Ahora que las redes sociales se han convertido en un pilar de la comunicación política, el poder multiplicador del bulo crece exponencialmente en eficacia respecto al cotilleo de años atrás.

Pondré un ejemplo. Antes de las olimpiadas del 92, cuando fui alcaldesa de Calahorra, alguien, por supuesto sin mala intención, se dedicó a propagar una historia que incluso hoy me resulta sorprendente que personas con dos dedos de frente pudieran creerla. Se decía que el alcalde Pascual Maragall estaba “limpiando” Barcelona de personas de raza gitana y que los estaba “enviando” a Calahorra donde la alcaldesa los acogía a cambio de 1.000.000 de pesetas por familia. Nunca se supo si las personas llegaban en autobuses o si el dinero llegaba en sobres. Lo único que quedaba claro era que la malvada alcaldesa se forraba y llevaba al borde del precipicio a la ciudad situándola entre las más peligrosas del mundo. Por supuesto, ningún periódico publicó el cotilleo (¿hoy lo hubieran hecho?) pero mucha gente lo creyó. Incluso actualmente todavía hay gente que lo cuenta como verdad.

Estos pensamientos me han acompañado estos días tras la noticia, publicada por ABC, de que los socialistas riojanos querían implantar el euskera en La Rioja en detrimento del español. La noticia la conocí por un watsapp y hube de frotarme los ojos pensando que aquello no podía ser cierto. A partir de ahí el tropel de declaraciones oficiales han sido constantes: el presidente del gobierno de La Rioja, representantes de todos los partidos, el líder nacional del PP (“hablar euskera en La Rioja es como hablar valenciano en Almería”- Casado dixit) han multiplicado el eco de algo que, incluso antes de ser desmentido, no tiene ni pies ni cabeza. Todo se resume a mencionar en el Estatuto el hecho conocido de que las primeras palabras en euskera se encontraron en el Códice 60 de las Glosas Emilianenses y que, por tanto, forman parte de nuestro acervo cultural. El supuesto intento de euskaldunización de La Rioja se ha contemplado como una traición, una cesión más del “okupa” de la Moncloa ante los vascos, ante ETA y ante las fuerzas del Mal.

Un escándalo ficticio que toda la clase política riojana, incluso la que más vocifera, sabe que no tiene base real. Una semana perdiendo el tiempo en una tierra que bosteza ante sus verdaderos problemas. La mentira en política no debiera perdonarse pero la ingenuidad, tampoco. Estamos en un tiempo de colapso ideológico, en un erial de inteligencia en el que la ausencia de propuestas y de visión de futuro se cubre bajo el velo de batallas entre mentiras verdaderas. España y La Rioja son lo de menos, lo importante es dejar al otro ciego aunque uno se quede tuerto. No tenemos remedio.

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María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.


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