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María Antonia San Felipe

Entre visillos

La luna

En el horizonte que marca el final del paseo todavía quedaban restos del reflejo rojizo de la luz del atardecer. En segundos, se abrió paso la obscuridad y sobre ella se alzó el resplandor lejano y sugerente de una luna rotunda de esas que te miran y te insinúan historias. A mí la luna siempre me recuerda la infancia, esa edad en la que al mirarla inventabas cuentos imposibles o imaginabas aventuras sin fin. Me dije a mí misma, ¡pero qué tonta eres!, ¿quién va a mirar la luna teniendo a su disposición la pantalla del móvil? No hay realidad más estimulante que la que está enmarcada entre las cuatro líneas de la pantalla de tu teléfono. Parece que vives en la prehistoria, me reproché. Es cierto, me hago mayor.

En círculo, sentados en mitad del paseo en línea con mi visión de la luna una decena de jóvenes compartían su tiempo mirando con fruición las pantallas de sus smartphones de última generación. Ninguno levantaba la vista. Abducidos por lo que veían o interesados en lo que escribían en sus pantallas táctiles a toda velocidad como si les fuera la vida en ello. No levantaban la vista un segundo del aparato luminoso que, a su vez, iluminaba el círculo. Quizás estaban resolviendo un problema de física cuántica, por el interés y la atención que ponían. Quizás fuera algo más sencillo y simplemente le estaban diciendo al de enfrente que lo estaban pasando bomba comunicándose a través de las redes porque hacerlo de viva voz no tiene emoción. Eso es cosa del pasado, siempre imperfecto y prescindible. A su lado pasó una anciana apoyada en su bastón y enlazada del brazo de otro anciano. Caminaban despacio hablando de la cena que tomarían al llegar a casa.

-Haré una tortilla francesa y una ensalada con ese tomate que te ha traído la Asunción del huerto de su sobrino.

Él asintió con la cabeza.

-Esta noche va a refrescar, Elena. Ya sabes lo que dice el refrán, ¡en agosto frío al rostro! Dormiremos mejor.

Sonrieron. De pronto, Elena tropezó y cayó al suelo, más o menos a la altura del círculo luminoso de los jóvenes con smartphones. Nadie se movió. La atracción de la pantalla tenía tal fuerza que la realidad no existía más allá del círculo luminoso que formaban. El anciano intentaba con escaso acierto levantar a su mujer del suelo mientras se sujetaba con una mano los riñones que, a todas luces, se dolían en el esfuerzo. Desconcertado miró a los jóvenes suplicando ayuda ofuscado. Nadie lo miró y el anciano siguió con su tarea con poco éxito hasta que también quedó de rodillas en el suelo. De pronto, algo milagroso sucedió. Uno de los jóvenes observó con desagrado como la pantalla de su móvil se iba a negro. Enfadado, exclamó:

-¡Vaya! La puñetera batería me ha dejado tirado otra vez. Ya le dije a mi madre que había que comprar uno nuevo.

En ese momento, obligado a alzar la vista vio a su lado a los dos ancianos.

-La gente está loca –exclamó- mira que a su edad tirarse al suelo.

El anciano solo alcanzó a decir:

-¡Por favor!

El gesto suplicante fue como una foto de instagram que había visto hacía dos días y comprendió por fin lo que pasaba. Se levantó y ayudó a los ancianos a superar la realidad de su desafortunada caída.

-¡Gracias! ¡Muchas gracias! –exclamaron a un tiempo los ancianos mientras componían sus figuras de nuevo.

Nadie más levantó la vista del teléfono. Al fondo, la luna seguía dominando el horizonte. Noté que me guiñaba el ojo y poniendo un dedo sobre su boca me dijo suavemente al oído:

-No temas, todavía queda esperanza en este tiempo en el que yo no existo.

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.


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