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María Antonia San Felipe

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Pa’ echarse a llorar

“Qué mala pinta tiene el mundo”, escribía el martes Emilio Ontiveros en El País, para concluir que no hemos de refugiarnos en la incertidumbre sino en la certeza de que el año que viene será peor. No hay duda de que el equilibrio global, siempre inestable, pende de un hilo o de cómo se levante Trump una mañana y le dé por iniciar una guerra comercial mediante un tuit que ponga patas arriba la estabilidad mundial. Él solo echa sus cuentas valorando su interés particular no el del mundo entero que es demasiado grande para su cabeza e incluso para sus intereses empresariales y políticos. Aprendí de pequeña en las clases de filosofía, esas que ahora se suprimen, que cuanto mayor es tu ignorancia de todas las cosas, no eres más feliz pero sufres menos. El mundo es una inmensa ventana abierta a nuestro conocimiento cotidiano y es difícil sustraerse a poco interés que se tenga en contemplarlo.

Ontiveros se refería a los nubarrones económicos que comienzan a ocultar el sol de la supuesta bonanza en que vivimos. Este bienestar se ha evidenciado sobre todo en la macroeconomía porque en la del día a día, no podemos decir lo mismo. Desde la parte baja de la pirámide social puede afirmarse que se vive igual la incertidumbre del futuro y la certeza del presente: los salarios no llegan ni tampoco la estabilidad laboral, especialmente a las mujeres y a los mayores de cincuenta.

Según los datos más recientes publicados por la Agencia Tributaria, fuente inagotable de sobresaltos y sorpresas, en el año 2017 había en España 611 contribuyentes que declaraban un patrimonio de al menos 30 millones de euros. Son un 74% más que los 352 grandes millonarios que había en 2011, cuando se restableció el impuesto sobre el patrimonio en medio de la crisis, esa de la que dicen que hemos salido y a la que podemos regresar. Los 611 supermillonarios del país en seis años han conseguido duplicar con creces su riqueza desde 2011, en concreto un 110%.

El número de ciudadanos que declaró propiedades valoradas en más de 1,5 millones también ha subido: en este caso un 35% hasta los 60.337. Es importante conocer que la totalidad de los 202.400 contribuyentes sujetos al impuesto declaran un patrimonio que ascendía a 669.062 millones de euros en 2017, lo que representa un incremento del 55% respecto al de 2011. ¡Ahí es ná!

La conclusión es sencilla, las crisis no las pasan igual todos los ciudadanos y por tanto no se vive de igual modo ni los tiempos de incertidumbre ni los de certeza. Para ello no se precisan estadísticas sino vivir la realidad mirando al vecindario más allá de tu propio portal. Cuando estos días escucho a los nuevos gobiernos autonómicos, como el de Madrid, hablar de rebajas de impuestos me echo a temblar. Ya nadie duda de que el peso del gravamen siempre cae sobre los mismos que son los más y el de las bonificaciones sobre los otros (a los que no pertenecemos) y que son los menos en número pero los más beneficiados en la lotería impositiva que se anuncia. A continuación estos mismos dirigentes exigen al Estado, en concreto, al gobierno de España que les transfiera más dinero de la bolsa común de todos los españoles. En fin, la incoherencia como principio. No olvidemos que rebajando ingresos la globalidad de los servicios públicos, los que frecuentan la mayoría social, acaban siendo peores.

El cantante colombiano Maluma se ha echado a llorar porque a sus veinticinco años ha conseguido su sueño de comprarse un avión privado. Escalar socialmente no es fácil y transmitir que solo deseándolo el sueño se hace realidad es mentira porque esa posibilidad es como la lotería. Sin pudor alguno ha caído en el error de la ostentación que practican los nuevos ricos. Ha declarado: -“con este avión tocamos la Luna”. Todo depende de a qué altura crea que está la luna. En cualquier caso, cuando mire hacia abajo verá que la pobreza, la guerra y el dolor ocupan la mayor parte del mundo. Eso sí que es para echarse a llorar.

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.


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