¿Quién dijo que la política era aburrida? En la política actual no hay día sin sobresalto. En Francia, Marine Le Pen ha sido condenada por malversación de fondos públicos junto a ocho dirigentes de su partido. El tribunal le ha impuesto una pena de inhabilitación de cinco años con ejecución inmediata, cuatro años de prisión y una multa de 100.000 € por crear un sistema que desviaba fondos europeos para financiar su partido. Todo indica que la líder ultraderechista puede quedar fuera de las elecciones presidenciales de 2027.
Hubo un tiempo en el que una sentencia por corrupción política conllevaba alejar al condenado de la vida pública. Pero eso está anticuado, ya no se busca la ética en el ejercicio de la política, la nueva moda al alza pasa por deslegitimar las democracias para ensalzar el autoritarismo. Esta sentencia es la excusa perfecta para agrupar a los partidarios de Le Pen en torno a una nueva Juana de Arco ‘injustamente’ condenada por la judicatura de una democracia que ellos niegan que sea tal. Hacerse la víctima da muchos réditos en política. El camino que van a recorrer Marine Le Pen y su partido Reagrupamiento Nacional ya lo anduvieron con éxito Donald Trump y Silvio Berlusconi. Sus fervientes seguidores convirtieron los delitos comunes que cometieron en invenciones de los enemigos políticos para perseguirlos.
El resultado en los EEUU ya lo conocemos. Un señor que presumía de no pagar impuestos, un condenado por abuso sexual y difamación es hoy presidente de un país de larga tradición democrática que avanza directo hacia autoritarismo. La intención de Trump de optar a un tercer mandato es un desafío a su propia nación. Cambiar la constitución y las leyes para perpetuarse fue la patraña utilizada tanto por Putin como por Maduro. El portavoz del Kremlin afirma que “cada vez más capitales europeas toman el camino de la violación de las normas democráticas”. Un cinismo como para cortarse las venas. Hoy toda la ultraderecha mundial habla de ataque despiadado a Marine Le Pen olvidando el delito de malversación por el que se la condena.
El principal problema que tienen hoy el mundo y Europa es que desde el interior de cada país, sin que nadie consiga frenar la sangría, la ultraderecha está convenciendo a los ciudadanos, sobre todo a los más jóvenes, de que el autoritarismo es mejor fórmula de gobierno que la democracia. Trump es el dios Helios que les guía mientras él se mira en el espejo de Putin. Las democracias se destruyen desde dentro y en ello están. Veremos cuando llegan las decepciones porque no está claro que quienes votaron por Trump vayan a vivir mejor ni en una América más grande. Hay que reaccionar, el rearme democrático es el reto más urgente de la vieja Europa que, a su pesar, está incubando en su seno el huevo de la serpiente.