Jeffrey Epstein es ese pedófilo del que todo el mundo habla. Se hizo tan rico que sólo los superricos y los poderosos accedían a su amistad y depravadas juergas. El cóctel de dinero, poder y sexo se agita desde la impunidad, ese lugar donde lo más abyecto se mezcla con el champán más caro. Todo tipo de sed puede saciarse en esas fiestas. Ghislaine Maxwell, que hoy cumple su condena en una prisión de Texas, era su fiel amiga y la colaboradora eficiente con la que tejió una red de trata y abuso sexual de menores captadas en ambientes vulnerables. Este depredador se instaló en las Islas Vírgenes por dos razones ‘maravillosas’ (diría Trump): pagar menos impuestos y llevar allí a sus amigos, en su avión ‘Lolita Express’, a disfrutar de sus fiestones. En 2019, apareció muerto en su celda de una cárcel de New York. Dijeron que fue un suicidio por ahorcamiento, otros creen que fue asesinado para asegurar su silencio. Epstein fue enterrado en Palm Beach en una tumba sin nombre por temor a que la profanen.
Epstein ya no puede hablar pero sí sus ‘archivos’ que muestran la dimensión de su red internacional de explotación sexual y hace que los invitados a sus parrandas inconfesables se pregunten si no habrá resucitado para vengarse. Su espíritu vagabundea por el mundo y los señalados abjuran de su amistad, incluido Donald Trump. Epstein, hoy repudiado por los suyos, me recuerda, salvando las distancias, la novela de Scott Fitzgerald. A las fiestas del gran Gatsby acudían lo más granado de la sociedad pero cuando fue asesinado y la prensa devoró su fama, nadie fue a su entierro. Hoy los archivos Epstein tienen en jaque a dos monarquías, a los presidentes Clinton y Trump, avergüenza a políticos, filántropos (Bill Gates), actores o tecno ricos (Elon Musk)… La lista es larga. Su amiga Maxwell, desde una cárcel de Texas, se ha negado a declarar ante el Congreso pero está dispuesta a exculpar a Trump a cambio de su indulto. SuperTrump aparece citado 38.000 veces en la criptonita de Epstein, dicen que más que Harry Potter en toda la saga. ¿Habrá indulto a cambio de silencio?
Estaba el presidente urdiendo la treta que tape esta basura cuando apareció Bad Bunny en la Super Bowl. Sintió que el puertorriqueño le propinaba una bofetada con esa contagiosa alegría latina en un país que los detiene sólo por su acento y color. Entonces escribió en su red social que el espectáculo era una bofetada a los EEUU. ¿Dónde estaban sus milicias del ICE que no detenían a un tipo que canta en español y baila escandalizando niños? Pensé, ¿desde cuándo a Trump le preocupa la infancia? ¿Desde las niñas de Epstein o desde que su gestapillo detiene niños latinos de 5 años con gorro azul? ¡Gracias Bad Bunny! Aprendan esos políticos y peleles que elogian la crueldad de este odiador inmoral.