Cuentan que una noche fría, cuando nadie transitaba por las calles, las esculturas que habitan espacios urbanos de Calahorra bajaron de sus pedestales para una reunión urgente. Estaban atónitas y ofendidas por el maltrato recibido por su compañera Liberpaz.
La Matrona, creada en 1878 por Adolfo de Aréizaga, es la decana y pronto dio la voz de alarma. Tiene experiencia, ha sido muchas veces maltratada. Nosotras, explicó, adornamos esta ciudad bimilenaria y evocamos su historia pero muchos olvidan que también tenemos nuestro corazoncito. Os he reunido por la agresión a nuestra hermana Liberpaz. En cuanto lo supe, abandoné mi pedestal del Mercadal y corrí a la plaza de la Constitución, esa que simboliza la concordia entre todos los españoles. ¡Qué tristeza comprobar la certeza de los rumores! Nuestra hermana yacía acostada entre un montón de escombros. La he abrazado y preguntado por lo ocurrido. ¡Horrible!, me ha dicho. Primero vinieron con máquinas y hablaron de transformar la plaza. Yo que, como vosotras, soy frágil me eché a temblar pues en ningún momento dijeron cómo me protegerían para la que se avecinaba. Asustada vi que un día talaron los árboles que daban sombra y vida a la plaza. Después comenzaron unas horribles vibraciones para levantar el pavimento, me dolió tanto que mis manos se rompieron y al poco, me quebré. Aquí me han dejado, hermana. No sé cuánto tiempo estaré porque más parece que me estén preparando para un funeral que para una reanimación. Según el Ayuntamiento me llevarán «a un local seguro, tal y como estaba planificado». ¿Matarme con vibraciones estaba planificado? Querían hacer la obra a toda prisa y yo era un armatoste que les molestaba. Mi querida Matrona, tú que simbolizas la fuerza y la rebeldía de esta ciudad antigua, sabes que me dejarán morir donde guardan los restos del puente de hierro, del friso del Mercadal, del murete y la verja del antiguo atrio de San Andrés…Me voy joven, no he llegado a cumplir los cuarenta, así que tú deberás advertir al resto. Si no levantáis la voz, muy pronto todas nos reuniremos en el basurero del olvido.
La Matrona les contó que Liberpaz estaba tan mutilada que creyó que agonizaba, no pudo tomar su mano pero sí vio que lloraba. Quintiliano, más joven que la Matrona, estaba enojado. Bajó su brazo alzado, tiró el pergamino y dijo: ¡No hay derecho, es un mal presagio que en la ciudad de los Mártires, hasta las estatuas podamos ser martirizadas! Del casco antiguo, en su rocín, llegó don Quijote y exclamó: ¡Qué locura y desatino es éste! ¿Cuál será la siguiente? ¡Algo habrá de hacerse! Sancho medió: ¡mi señor, lo primero, contarlo y que sepan todos cuantos quieran ver y entender que el maltrato hacia las estatuas es motivo de general enojo y de censura de los culpables! ¡Tome nota la autoridad!