Si, tras Torrente, presidente, Santiago Segura está pensando en una nueva secuela de su personaje, el juicio del caso Koldo es un temazo argumental, con un par de detalles el guion le quedaría maqueado. La imagen de los protagonistas sentados en el banquillo del Tribunal Supremo es un poema que no necesita metáforas, aditamentos ni maquillaje. Apenas necesitaría recurrir a la ficción porque el corruptor, Víctor de Aldama y los corrompidos, José Luis Ábalos y su compinche Koldo García son como la reencarnación de lo casposo y cutre que Segura retrata como nadie.
Es imposible no recordar a Luis Roldán, el exdirector general de la Guardia Civil, en calzoncillos y calcetines en sus inconfesables juergas. A Ábalos se le ve desmejorado, ojos hundidos y orejas salientes, aguantando la vergüenza que produce su propia desvergüenza. Es lo que tiene ver expuesta su total desnudez, no física sino moral, ante toda España. Parece que los presuntos delitos cometidos no han precisado de artimañas sutiles, ingeniería financiera, empresas pantallas o sofisticados engaños. Es la corrupción y picaresca de siempre, el retorno de Lázaro de Tormes pero, en este caso, las uvas que se comieron los pícaros, ya fuera de una en una o de tres en tres, las pagamos todos. En España, la historia nos enseña que, desde los reyes hacia abajo, el ejercicio del poder y el mal de entrepierna nublan a muchos la razón y produce monstruos que, tarde o temprano, los devoran.
En los primeros días testificaron los enchufados, aunque los ojos y el morbo enfocaban a las enchufadas. A Joseba García, que no creo que entrara por oposición a la empresa pública, le preguntaron por los recados que hacía a su hermano. El abogado de Ábalos, en lo más tosco del asunto, para tratar de vincular a Víctor de Aldama con Jéssica Rodríguez, le preguntó a bocajarro si se dedicaba a la prostitución. Tensión en la sala. El presidente del Tribunal le pidió que reformulara la pregunta: soy odontóloga colegiada y antes, azafata de imagen. Silencio en la sala, precaución en los interrogadores, España estupefacta, Ábalos enfangado en sus miserias. Es de tontos creer que humillar a quien dijo que era su pareja le va a eximir de su responsabilidad penal. Se juzga su implicación en una trama corrupta de cobro de mordidas, en efectivo o en especie, a cambio de contratos públicos. Jéssica aceptó vivir en un piso de lujo que pagaba la trama y no acudía al trabajo porque se lo permitió quien, como ministro, actuó de forma impropia y abusó de su cargo para vivir una relación sentimental.
Si Santiago Segura hace esta película de trama tan torrentiana puede ofrecer un papel a Ábalos para que pueda invertir sus ganancias en ese estercolero de quienes creen que el amor y el respeto se compran. ¡Qué cutre, qué triste y qué grave!