«Galicia está pobre, y a la Habana me voy;/ ¡adiós, adiós, prendas/de mi corazón!» Mediado el siglo XIX, Rosalía de Castro puso voz al desgarro de tantos gallegos que partían a Cuba en aquel tiempo. El cólera y las malas cosechas trajeron la miseria que empujó a los jóvenes a emigrar para vivir. El gallego Urbano Feijóo de Sotomayor, político, empresario y negrero, aprovechó la ocasión para mejorar sus negocios en Cuba. Quiso sustituir a los esclavos negros y con ese fin reclutó a los zagales más fuertes y sanos. Engañados, aquellos jóvenes embarcaron con un hatillo en el que metieron una muda y esperanza cuando ya no tenían esperanza.
¡Pero se fueron con un contrato!, gritan los de VOX. Sí, por supuesto, las condiciones contractuales las apañó el negrero, la mafia organizada de aquel tiempo y los jóvenes firmaron con la huella, no sabían leer. Transportados como animales, al pisar la tierra prometida fueron recluidos y esclavizados en las plantaciones de caña de azúcar de Feijóo de Sotomayor. De los indianos se contaron historias exitosas pero los fracasos se ocultaron por vergüenza. La tragedia de estos 1.700 gallegos, no los únicos, que terminaron siendo esclavos la escribe Bibiana Candia en Azucre y, créanme, estremece.
Tras la guerra civil, medio millón de españoles huyeron a Francia. No fueron bien recibidos sino recluidos en campos de concentración y explotados en campos de trabajo. Según los datos, que tomo del catedrático Carlos Barciela, entre 1947 y 1960, otro medio millón emigró a Iberoamérica. Desde 1960, al menos millón y medio marchó a Alemania o Suiza. Partieron con una vieja maleta atada con cuerdas en la que metieron una muda nueva y esperanza cuando ya no tenían esperanza. ¡Pero se fueron con un contrato!, gritan los de VOX. Pues no, la mitad salió irregularmente y a la otra mitad le pasó como al protagonista de ¡Vente a Alemania, Pepe! La mayoría salió adelante como pudo haciendo trabajos que ningún nacional quería. El propio Franco animó la emigración al darse cuenta de que no sólo bajaba el paro y el malestar social en España, sino que recibía divisas. Emigrar siempre fue sinónimo de sufrimiento.
Gritan los agitadores del odio y la ‘prioridad nacional’ que vienen 500.000 extranjeros con la regularización. Pero están aquí entre nosotros, cuidando a nuestros ancianos, a personas dependientes, limpiando nuestros hogares, sirviéndonos cafés, recolectando fresas y todas esas cosas que los españoles no queremos hacer. A su pesar, no pueden tener contrato, ni cotizar, ni pagar impuestos y ahora queremos que ni siquiera se acerquen por el centro de salud salvo si están muertos. Grita VOX: ¡los españoles primero! Es el modelo de odio de Trump, un inmenso fracaso porque, desde el punto de vista ético, un país no se hace grande desde la crueldad con el más débil o con el diferente. La prioridad nacional pasa por el respeto y la fraternidad para sostener unidos todo lo conseguido en esta España nuestra. Eso sí es patriotismo.