En segundos su vida cambió, en segundos sus familias los perdieron para siempre, en segundos sólo les quedó el recuerdo del último abrazo, los últimos segundos compartidos, lo que iban a contarles cuando llegaran… Unos segundos después se encontraron abrazados a un vacío infinito que sólo llenaba un dolor que será eterno. La reacción inmediata a tanta aflicción es encararse con el azar y exigir explicaciones al insondable destino: ¿Por qué? ¿Por qué yo, por qué mi hermano, por qué mi hija,…? El destino jamás responde y, asustados, los demás pensamos: podía haber sido yo o uno de los míos. ¡Vivimos de chiripa!, eso fue lo que la mayoría sentimos al conocer el terrible accidente de Adamuz (Córdoba) y el de Gelida (Barcelona).
Y es que, cuando ocurre algo tan terrible, lo primero que descarrila es la esperanza mientras irrumpe la evidencia de la fragilidad humana. Como mecanismo de protección tratamos de olvidar esa certidumbre, es el remedio que usamos para poder seguir haciendo planes. Evitar pensar en la chiripa de la vida es la única manera de poder vivirla, de poder transitar por las vías de esta vida hasta la última parada de nuestro propio tren. Dicen los ingenieros que el acero de alta calidad de los raíles sufre fatiga por el uso y eso puede causar accidentes. Siendo vulnerables no me imagino cómo de fatigadas quedan las personas cuando la desgracia los elige, o nos elige, al azar.
Los que, todavía, podemos seguir mirando a los ojos a la vida estamos obligados a ofrecer solidaridad a las víctimas, porque su dolor pudo ser el nuestro. Ver la reacción de los vecinos de Adamuz reconforta. Ellos fueron los protagonistas de esos pequeños gestos de cariño con los infortunados, los que les ofrecieron un cálido abrazo cuando todo era tan negro como la noche. Ellos nos han demostrado que todavía no ha triunfado totalmente la crueldad y la maldad que practican los emperadores mundiales. También es encomiable el trabajo de los guardias civiles, de la UME, Cruz Roja, Protección Civil, médicos forenses, investigadores y todos esos servidores públicos anónimos pero imprescindibles en las catástrofes.
Opino que, también en nuestro nombre, el Estado debe estar a la altura que requiere la tragedia. El gobierno está obligado a investigar hasta las últimas consecuencias sin ocultar nada a los ciudadanos y, en su caso, pedir o asumir responsabilidades y disponer cuanto sea necesario para que vuelva la seguridad a las vías y la tranquilidad a los usuarios. El nivel de autoexigencia del gobierno debe ser rotundo. Ante las legítimas críticas de unos, los bulos y los gritos estridentes de otros, trabajar con rigor, contarnos toda la verdad y ofrecer soluciones es la única respuesta eficaz para demostrar que España no es ese país de mierda que algunos dicen.