«Inventario de lugares propicios al amor» es un poema de Ángel González que evoca aquel tiempo en el que se reprimía cualquier expresión pública de afecto. Como dice el poeta: «Las ordenanzas, además, proscriben/la caricia (con exenciones/para determinadas zonas epidérmicas/-sin interés alguno…) /y el ‘no tocar, peligro de ignominia’/puede leerse en miles de miradas». Describe una sociedad tutelada por rígidas reglas morales impuestas por la estrecha alianza Iglesia-Estado que funcionó eficazmente e inspiró muchas normas de la dictadura. Crearon instituciones que vigilaban playas, cines, bailes o los bancos del paseo. Además, la propia sociedad asumió obediente la misión de delatar a la vecina, a la novia del hijo o a la propia hija. Y es que hubo un tiempo en el que besarse en la calle, usar bikini o caminar por la playa en bañador estaba prohibido y podían multarte por infringir esas normas. Nada de esto que cuento son opiniones, he visto los documentos que lo acreditan en los archivos Diocesano, del Gobierno Civil y en el Nacional de Cataluña o en el Archivo Secreto Vaticano. Entre la documentación de esos archivos he visto cosas que no creerían.
Por ejemplo, hacer el amor con tu novio o vivir ‘amancebada’ con él, no era sólo pecado, sino una tragedia que podía terminar con tus huesos de mujer en un reformatorio regentado por religiosas. Allí las mujeres permanecían encerradas contra su voluntad hasta que ‘alguien’ consideraba que estaban reeducadas ‘moralmente’ en los valores cristianos. Entonces volvían a la calle, no a ser libres, porque el estigma social no se borraba sino a apañárselas como podían. Ni te cuento si, sin estar casada, te quedabas embarazada, aunque fuera de tu novio. Entonces estabas perdida porque los ojos del régimen consideraban que eras una ‘mujer caída’ con riesgo de convertirte en una ‘magdalena’, en fin, una puta. Así que, siguiendo los cánones morales y el pánico social al ‘qué dirán’, hasta los padres pedían el internamiento para que la metieran en vereda. El adoctrinamiento era la forma de reeducar a las mujeres: la policía de la moral.
Esos ‘alguien’ estaban al servicio de instituciones como la Liga contra la Pública Inmoralidad o la Obra de Redención de las Mujeres Caídas, sólo sus nombres asustan hoy. Un papel clave y casi desconocido lo tuvo el Patronato de Protección a la Mujer. Su nombre parece más amoroso, habla de proteger y cuidar, pero la realidad era otra. Fue creado por un decreto de 6 de noviembre de 1941. La presidenta de honor era Carmen Polo, la esposa del dictador Francisco Franco. Había una Junta Nacional y una en cada provincia. Sus componentes eran nombrados por el gobierno civil de cada provincia y por el obispo de la diócesis que solía recurrir a miembros de Acción Católica auxiliados por algún policía adscrito. Sus fines eran “la dignificación moral de la mujer, especialmente de las jóvenes, …, apartarlas del vicio y educarlas con arreglo a las enseñanzas de la religión católica”. Una vez detectadas las mujeres ‘caídas o en riesgo de caer’ en el vicio las derivaban a centros gestionados por Adoratrices, Oblatas, Trinitarias, etc. No negaban que la pobreza empujaba a muchas mujeres a la prostitución, pero según sus psiquiatras de cabecera, la mujer tenía una propensión natural a caer en el vicio y a inducir a otros a pecar contra el sexto mandamiento.
Si una mujer vivía con un hombre y fruto de un chivatazo se sospechaba que no habían pasado por la vicaría, los eficaces hombres del Patronato, acompañados por la policía, se presentaban en su casa y sin pedir perdón ni permiso empujaban la puerta para comprobarlo. Si era cierta la denuncia ya podían temer lo peor. He visto documentos que narran atropellos como los de someter a duros interrogatorios a jóvenes para que confesaran que no eran vírgenes. No ocurría en la comisaría, sino en las oficinas del Patronato. En un caso, gracias a la intervención de sus madres y tras certificar un tocólogo que lo eran, las chicas quedaron libres pero aterradas. El derecho a la intimidad no existía, el régimen de Franco no era una democracia sino una dictadura. De estos sucesos terribles se sabe poco, muchas preferían olvidar. Estas cosas que cuento sucedieron en Barcelona, era en las grandes ciudades donde más poder tenía el Patronato.
Los años del primer franquismo fueron durísimos para todos, pero en especial para las mujeres y peor para las mujeres pobres. En cada casa pobre había una tragedia femenina. Estas estructuras de control social de los años 40 se crearon en el tiempo más escabroso de la dictadura, pero continuaron hasta 1985. Tras tanto sufrimiento individual, me alegra que el pasado 20 de marzo, el gobierno de España haya reconocido a 53 víctimas de la acción del Patronato de Protección a la Mujer y haya anunciado la creación de una subcomisión para investigar la violación de los derechos humanos en estos centros.
Que los procedimientos de reclusión de mujeres, sobrevivieran diez años al dictador, vulnerando derechos recogidos en la Constitución de 1978 demuestran que una dictadura no muere en la cama y de pronto nace la libertad. Las mujeres recluidas tuvieron que luchar por obtenerla. Esto también es historia de nuestra querida España, aunque haya quedado en el olvido. Las generaciones más jóvenes nada saben de estas cosas que pasaron. Hoy, muchos creen y defienden que con Franco se vivía mucho mejor. No sólo es mentira, sino que a nada que estudies el pasado, aprendes a valorar la libertad de la que disfrutamos. Ya ven qué bien vivieron las mujeres en la gloriosa España de Franco.