El ser humano anduvo siglos, más bien milenios, dándole muchas vueltas a la cabeza para comprender las reglas del universo y las de la Tierra en la que vivía. Así fue desde el amanecer de los tiempos y en la posterior evolución. En el origen inventaron dioses, los adoraron, los desobedecieron o los retaron buscando su propio destino. Estos días, Christopher Nolan nos ha recordado en su Odisea a aquel Ulises que, para superar la fatalidad, hubo de burlar todas las trampas que le pusieron dioses y diosas para impedir su regreso a Ítaca. Los héroes también lloran. En los siglos posteriores la historia escribió los éxitos y fracasos de la humanidad. El racionalismo no resolvió todas las tragedias de la humanidad, así que llegó el Romanticismo, una explosión de libertad, un rescate del sentimiento, pero también del fatalismo de nuestra pequeñez ante la fuerza de la naturaleza. Tormentas eléctricas, océanos enfadados, terremotos súbitos… son el recordatorio de nuestra fragilidad por muy inteligentes que nos creamos.
Este tostón introductorio viene a cuento de la oleada de horribles incendios que arrasan esta España nuestra. Vemos a bomberos, voluntarios de Protección Civil, militares de la UME o vecinos de los pueblos tratando de contener las llamas furiosas como Ulises los castigos de los dioses. Su valentía y su tesón son evidentes y, pese a todo, vemos reflejarse en su esfuerzo nuestra debilidad e impotencia ante fuegos gigantes que extienden su furia más allá del horizonte. Más que a los lestrigones gigantes que atacaron a Ulises me recuerdan esas pinturas románticas del siglo XIX (Ivan Aivazovsky) en las que los barcos se enfrentan a un mar embravecido, a una tormenta que los desarbola y ante la que perecen.
Si no podemos abandonarnos al pesimismo cósmico de los románticos del XIX, tampoco podemos sucumbir a nuestra propia estupidez en el s. XXI. La soberbia siempre mató a quienes se creyeron más fuertes. No hay nada más absurdo ni más peligroso que negar la evidencia y el cambio climático, advertido por la ciencia, es un hecho en España, en Europa y en el mundo entero. Guste o no, el cambio se acelera por la acción humana. En enero de este año, la Fundación BBVA reveló que el 5% de los españoles (casi 2,5 millones) creen que la Tierra es plana, el 22% que no hemos llegado a la Luna y el 15% que el cambio climático no existe. Y subiendo.
Hay, en esta España nuestra, quienes sueñan imperios y creen que estamos en los torneos de la Edad Media cuando se competía a caballo con largas lanzas. El ganador era el que derribaba al contrincante que, a veces, moría del lanzazo. Hay que guardar las lanzas porque nos jugamos el futuro común. Para ganar esta batalla, el único camino es actuar con sabiduría y sensatez para pactar ‘entre todos’ una nueva forma de gestionar los incendios y el territorio que nos proteja de esta emergencia climática que algunos rechazan y todos vemos. Nos va la vida en ello, la Tierra no es plana, aunque algunos deseen creerlo.