Desde la antigüedad los trucos de magia han fascinado al pueblo, a lo largo de la historia las plazas y los teatros se han llenado para contemplar a magos e ilusionistas. No es de extrañar que estos días, recién convocadas las elecciones municipales y autonómicas, se observe en la plaza pública que es España una dura competición para tratar de captar nuestra atención. La televisión y las nuevas tecnologías son hoy los nuevos territorios disputados por los partidos políticos para seducirnos con su magia, es decir, para tratar de ocultar con deslumbrantes artificios bien la falta de ideas o bien los desastres que su acción política ha ocasionado en nuestro frágil estado del bienestar.
En el preámbulo de la Semana Santa, Esperanza Aguirre ha tuiteado la noticia del fichaje de un economista estrella que trabaja en la City londinense. Parece que la nueva moda para tratar de conseguir credibilidad pasa por sustituir a políticos que llevan lustros sin bajarse del coche oficial por economistas de relumbrón. No seré yo quien discuta su sabiduría pero si puedo constatar que ninguno de ellos advirtió la que se nos venía encima y eso que ya había precedentes de crisis salvajes en la historia del capitalismo occidental.
Por eso estos días al ver como todos los partidos, los viejos y los nuevos, tratan de sacar lustre a sus idearios políticos para mostrarnos su mejor cara, no he podido dejar de recordar a aquel viejo sabio, economista y escritor, José Luis Sampedro, que con tanta lucidez nos advertía de que el modelo económico globalizado había puesto el poder económico por encima de un poder político que no estaba poniendo límites al primero, ni eliminando paraísos fiscales ni haciendo nada para tratar de equilibrar la voracidad especulativa de quien se considera impune porque impone las reglas a una clase política a su servicio. La economía gana la guerra por incomparecencia de nuestros representantes en el campo de batalla para tratar de frenar su devastador poder. Es la verdadera política con mayúsculas, la que tiene la obligación de proteger a los pueblos, a la mayoría de la ciudadanía. Si José Luis Sampedro decía que “hay dos tipos de economistas: los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que trabajamos para hacer menos pobres a los pobres”, habría que tener claro que políticos sólo debieran llamarse los que buscan mejorar la vida de la mayoría, no la suya y las de sus amigos. Aunque como también decía Sampedro, “gobernar a base de miedo es eficacísimo” y en los últimos tiempos hemos sido gobernados desde el miedo. Nos han hecho creer que sin los recortes sociales impuestos todavía estaríamos mucho peor y así poco a poco hemos consentido un retroceso evidente en nuestros derechos. Hemos puesto al zorro a guardar a las gallinas y a punto estamos de ser desplumados.
Si la libertad es el principal atributo del hombre está claro que en la sociedad actual no es fácil ejercerla. Cinco millones de parados no pueden elegir; cientos de jóvenes científicos o un trabajador que cobra 600 euros, tampoco. Con la aprobación de la nueva Ley Mordaza ni siquiera podremos protestar. Así que sólo hay una salida y pasa por devolver a la política la capacidad de limitar los excesos de ese capitalismo salvaje que ha hundido la esencia de la democracia que se basa en la capacidad de decisión de los pueblos como suma de la libertad individual del conjunto de la ciudadanía. Por eso más que economistas de postín, que protegen a tiburones de la especulación y que viven alejados de los efectos devastadores que la desigualdad económica genera en la sociedad, necesitamos políticos con el talento y altruismo suficientes para ser capaces de anteponer el compromiso social al interés particular y a la propia ambición. Saquen la lupa porque vamos a tener que ponernos a buscar personas con esas cualidades si queremos evitar que, con la excusa de la crisis, nos roben la libertad.