La edad afecta mucho a la forma de vivir los ‘sanmateos’. Si hace algunos años (no diré cuántos), una sólo se preocupaba de cuántas noches seguidas se podía salir, de para cuántas jaranas daba la paga paternal o de cuántos días/semanas/meses quedaban para el siguiente cohete, ahora ya la historia ha variado sustancialmente.
Este año tuve la oportunidad de dar una vuelta y se me cayó el mito ‘mateo’. Las hordas de jóvenes sedientos de fiesta (y otras cosas) habían desaparecido. Admito que era un día entre semana, pero los bares estaban como cualquier otro día no festivo del año, las barracas apenas contaban con un puñado de perdidos solitarios y las calles se vaciaron con la caída de la tarde. Será la edad, ya les digo, o la crisis. O que tanta fiesta es demasiada y pide dosificación.
En su día comprendí la idea de ajustar San Mateo a la semana natural con aquellos razonamientos de los festivos escolares y aprovechar dos fines de semana por el tema hostelero (y el argumento no esgrimido públicamente de largarse unos días a precio de ganga), pero nunca terminé de acostumbrarme. Soy de ideas fijas y San Mateo siempre empezó para mí el 20 de septiembre con el cohete, duraba cinco o seis días y era el jolgorio padre. Por eso, cuando la semana pasada leí que el Ayuntamiento recuperaba las fechas tradicionales de las fiestas, me alegré.
Aunque, claro, ni esto está exento de polémica. Ahora resulta que hay quien está en desacuerdo (para variar). El PSOE alega falta de diálogo y, atiendan, ¡prisas! en el cambio. Los hosteleros dicen que se echa a perder un fin de semana… En fin, que llama la atención que en octubre se esté pensando en el septiembre del año que viene. Cuando no sabemos si llegará noviembre.