Hace un tiempo asistí a un seminario en el que se abordaba la relación entre el terrorismo y el lenguaje. Entre otros asuntos, se disertó sobre los diversos debates éticos en los que los medios de comunicación nos involucramos a la hora de informar sobre los ataques terroristas. Como ejemplos, surgieron determinadas esclavitudes lingüísticas en las que los periodistas caemos –naturalmente, sin esa intención– en nuestro afán por ser lo más precisos posible. Triste situación que se ha repetido en demasiadas ocasiones en España con motivo del terrorismo de ETA (¿Alguien ha olvidado el «Movimiento de Liberación Vasco?», no sólo empleado por Aznar y la BBC?).
Desgraciadamente, lejos de mejorar, la situación ha empeorado con el terrorismo yihadista, especialmente el del DAESH o ISIS. ¿Cuántas veces –aun sabiendo que el islamismo no es lo que representa esta banda terrorista– lo calificamos como el «autodenominado Estado Islámico», tal y como ellos desean? El error no tendría mayor recorrido si no fuera porque el DAESH busca denodadamente que los medios occidentales transmitan su ideario sea como sea. Y nosotros, a veces, olvidamos que el terrorismo difunde su mensaje totalitario de psicosis y miedo con todas las herramientas posibles, incluyendo la manipulación del enemigo (o sea, nosotros).
Yo no tengo datos para valorar si las ofensivas militares de Siria e Irak están teniendo éxito o no. Pero me temo que cada vez que un periodista o comentarista occidental emplea la construcción «autodenominado Estado Islámico», obviando el carácter terrorista de esta organización de desalmados, entra en un juego que el DAESH retuerce para volver en nuestra contra.