Parece que fue ayer, pero de la primera visita que el prestigioso arquitecto portugués Álvaro Siza realizó al Casco Antiguo de Logroño han transcurrido ya más de seis años y medio. Cuando el Ayuntamiento «vendió» el proyecto de Siza como un «emblema de la arquitectura mundial» –Conrado Escobar dixit–, parecía que todo iba a cambiar de la noche a la mañana en la mal llamada Judería. Es cierto que Siza regresó a la capital riojana en noviembre pasado. Sin embargo la zona sigue de mal en peor: más edificios en ruina, menor cohesión social… y sólo la reurbanización del entorno de San Bartolomé puede dar un giro copernicano a Rodríguez Paterna.
Por no cambiar, la Judería no ha cambiado ni de nombre cuando, en realidad, se llama La Villanueva. Cierto es que la existencia de una aljama siempre da pedigrí a cualquier zona vieja de cualquier ciudad con patrimonio, pero el hecho de que sean siete las calles que conforman el mencionado barrio o que algunas de ellas tengan nombres vinculados a oficios no quiere decir nada desde un punto de vista histórico-científico, si no hay más pruebas concluyentes.
En el siglo XXI, desterradas ciertas teorías obsoletas, los argumentos que avalan la certeza de que entre las actuales Rodríguez Paterna y avenida de Navarra nunca existió una judería son incontables, y sería imposible exponerlas aquí. Pero –como le ocurre al algodón– la documentación no engaña. El Archivo Municipal de Logroño guarda un documento fechado en 1488 en el que los Reyes Católicos instan a Juan de Luján –corregidor de la ciudad– «a buscar un barrio en el que recoger a los judíos». Si cuatro años más tarde (1492) Isabel y Fernando decretaron la expulsión hebrea de la Península, ¿cuándo existió tal Judería?