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Marcelino Izquierdo

Historias Riojanas

Generación Lejárraga

 

Primero fue Tarsicio y, después, su hijo Teodoro. La familia Lejárraga lleva 50 años ‘guardando’ el monasterio de Suso, en San Millán de la Cogolla

JOSÉ DELPÓN ORMAECHEA

Corría 1963 y se lloraba el magnicidio de John F. Kennedy cuando un vetusto monasterio con más de mil años de antigüedad veía cómo se pasaba el testigo de un cuidador a un guarda.

Ignacio Echevarría, vecino de Berceo, subía montado en su animal por un camino angosto (no se había realizado ni la actual carretera que une Yuso con Suso) y vigilaba, por encargo de la entonces Diputación, que el monasterio no tuviese goteras y poco más. Pero el patrimonio que ahí se cuidaba estaba agazapado, esperando a que alguien con interés, cariño y devoción al lugar no sólo lo cuidase, sino que lo mostrase al mundo, abriese sus puertas al entendido y al ignorante, a todo aquél que se acercase a unas cuevas y piedras muy antiguas que pedían a gritos su lugar entre los elegidos; en esto que la Diputación y el entonces alcalde de San Millán de la Cogolla, José Luis Llorente, deciden que un buen hombre de San Millán se podía hacer cargo del monasterio y le encargan la tarea a Tarsicio Lejárraga.

Al finalizar la carretera empezaron a subir vehículos. Un Fiat fue el primero que accedió al cenobio, y Tarsicio empezó a abrir sus puertas a los visitantes, con sus limitaciones y penurias. Las limitaciones las fue limando a base de interés, sobre todo con la ayuda del agustino recoleto Joaquín Peña que le dejaba libros que leer y solventaba las dudas que tenía, que eran muchas, en los largos paseos que daban juntos; las penurias se sobrellevaban como se podía, como recuerda su hijo Teodoro: «Al principio, tenía mi padre un caldero con algo de lumbre y lo escondía tras la tumba de Nuño Salido, el ayo de los Infantes de Lara, hasta que al final vino alguien de Logroño y le pusieron en un cuartito una cocina francesa para poder calentarse y comer».

Lo de comer en Suso era necesario, ya que Tarsicio se pasaba las horas en el monasterio y había veces que ni se acordaba de bajar. Entonces su mujer, Fermina, subía por el camino del Calvario o mandaba al joven Teodoro, que contaba por entonces con 11 años, a subirle la comida a su padre; y mientras degustaba el rancho, tanto la esposa como el hijo atendían a los turistas ocasionales. Tal era la devoción de su padre por Suso que «si estaba bajando a casa una vez cerrado el monasterio, cuenta Teodoro, y venía un coche, se daba media vuelta y se lo enseñaba. Muchos fueron los domingos que subíamos a Suso toda la familia y así podíamos comer con nuestro padre».

 

Escritor y poeta

Pocos eran los que subían al monasterio, pero los que lo hacían sabían a lo que subían, y eso despertó al poeta que Tarsicio llevaba dentro. De ahí sus recordadas poesías a Gonzalo de Berceo o al santo que recitaba con cariño en el viejo portaleyo de Suso o junto a la lumbre en su cuartito, donde entraban los turistas para compartir calor y sapiencia de un buen hombre de boina calada.

Pero los años no perdonan y en agosto de 1979, por orden del entonces delegado de Cultura Gabriel Moya Valgañón, tuvo que «ceder los trastos» a su hijo, un joven Teodoro que con 24 o 25 años trabajaba en ‘los frigos’ de Logroño. «Me pensé muy mucho si dejar mi futuro en la capital –relata Teodoro–, por un trabajo en San Millán con los inconvenientes de no descansar los fines de semana y que no se cerraba ningún día». Pero como el cariño no se retira, el padre subía algunas tardes a acompañar a su hijo y a los Infantes de Lara, o a echar una mano si venían muchos grupos, que ya empezaban las visitas de autobuses. En la temporada 1987-88, los libros de visitas de Teodoro, que guarda como oro en paño, suman total de 525 autocares, lo que desmitifica la idea de que a San Millán venía poca gente antes de ser nombrados Patrimonio de la Humanidad.

Pero la fecha en que la UNESCO reconoció a Suso y Yuso con los honores que se merecen está muy marcada en la mente de Lejárraga. Comenzaron las tan necesarias obras de restauración en Suso, de afianzamiento de sus muros y de costura de sus grietas, limitando a su vez el acceso al edificio para evitar el progresivo deterioro al que era sometido por las masivas visitas. «Si mi padre viese que solo pueden entrar unos poquitos cada media hora y que hay un horario estricto, se muere de nuevo. Si ya cuando le dije que quería cerrar los lunes se enfadó muchísimo, es como si lo viviese ahora, nunca se me olvidará».

Pero la vida no es justa y a pesar de que su padre se ha llevado la gloria, Tarsicio fue reconocido con la Medalla de La Rioja, la de Bellas Artes o la del Mérito Turístico, él se ha llevado el trabajo, e inclusive muchas visitas creen que les mostró el cenobio Tarsicio, cuando en realidad fue Teodoro, pero con la paciencia de alguien que ama lo que hace resta importancia al detalle y sigue mostrando las cuevas visigodas.

Fueron muchos los artículos en revistas, en prensa, o libros escritos en esos momentos de soledad y las personalidades que visitaron Suso dejaron recuerdo en la memoria de Teodoro, «como el Dr. Zurita, cuñado del Rey, que visitó el monasterio», pero de la Casa Real nadie más y nadie se acuerda de decirles que Suso existe, «a pesar de que a la Reina sé que le gustaría mucho». También recuerda a presidentes del Gobierno, como Calvo Sotelo, o al vicepresidente Alfonso Guerra, «que subió con una corte tremenda de coches y gente, que casi no caben en el aparcamiento». Aznar conocía mucho Suso, «ya que estuvo destinado en Logroño y subía muchas veces con mi padre; cuando vino siendo presidente del Gobierno mi padre fue a verle y éste le dio un fuerte abrazo, eso no se olvida fácilmente».

La continuidad de la saga Lejárraga como guardas de Suso, es algo que queda en el aire ya que aunque sería el mayor deseo de Teodoro que alguna de sus hijas, Oria o Elsa, siguiesen su camino es algo que no depende de él, y por ello prefiere no pensar de momento en su retiro y ceder la llave de un viejo monasterio, como hiciese su padre con él, entregando con ese trozo de metal a su vez una gran parte de su corazón.

 

 

El guardián del español

 MARCELINO IZQUIERDO

Aunque, a primera vista, pudiera pasar Tarsicio Lejárraga por un simple pastor reconvertido en historiador autodidacta, lo cierto es que su nombre y su obra gozaban de enorme autoridad académica en universidades tan prestigiosas como la de Salamanca. Autor del ensayo ‘Monasterio de Suso’ (Logroño, 1972), el guardián del arte decía de sí mismo: «Hasta el mes de agosto de 1964, fecha en que recibí el cargo de ser guarda de Suso, prácticamente este monasterio carecía de una tutela y vigilancia necesaria. A partir de mi nombramiento se le fue concediendo a Suso la importancia que se merecía. Al poco tiempo se comenzó a delinear la carretera de acceso, que era del todo imprescindible para la afluencia de turistas y visitantes. Limpié el monasterio». Siendo todavía un becario imberbe, tuve la suerte de que me concediera la primera entrevista que escribí en mi vida profesional. Era el verano de 1978, un año antes de su jubilación. Nadie subió al cenobio aquella tarde, así que Tarsicio habló y habló hasta que la noche fue cubriendo el valle del Cárdenas. Recordaba sus animadas charlas con «don Ramón Menéndez Pidal» o con Juan de Contreras –el marqués de Lozoya–, y hasta de su parentesco con María de la O Lejárraga. Volví al año siguiente y me encontré con su hijo Teodoro, que ya lleva 35 agostos como guardés del monasterio donde el español dio sus «primeros vagidos», que inmortalizó el propio Menéndez Pidal.

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Certezas, curiosidades y leyendas del pasado, de la mano de Marcelino Izquierdo

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diciembre 2013
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