Anoche asistimos en el Ayuntamiento de Calahorra a una espantada del alcalde y sus 10 concejales. Se iba a debatir la moción de urgencia que presentaba el Partido Popular para asimilar el Real Decreto del Gobierno de España, por el que se rebaja el sueldo a los funcionarios y a los cargos políticos liberados. Pero redactado a la calagurritana – es decir- con algún que otro añadido que según manifestaban los trabajadores, no es fruto de dicho Real Decreto, sino de una interpretación lesiva con los propios trabajadores, que el Ayuntamiento de Calahorra hace del mismo.
En éstas se estaba, cuando uno de los trabajadores allí presentes (el incombustible Guillermo) dijo: “«Retírela. Los trabajadores del Ayuntamiento no se lo merecen. Es injusta y va más allá del Real Decreto», El alcalde se comenzó a poner nervioso y no se le ocurrió otra cosa que decir:
«A mí el cuerpo me pide levantarme e irme con los trabajadores». Nada nuevo. Por todos es conocido, que este alcalde hace siempre lo que le pide el cuerpo. Aunque más le valía hacer lo que le exige la ley.
Abandonó el pleno, dejó su puesto de alcalde y se marchó. Lo mismo hicieron sus 10 concejales. Unos se largaron al despacho, otros por las puertas laterales, mientras el propio alcalde se abalanzaba contra las bancadas del público, como queriendo entrar en comunión con los trabajadores, los cuales al ver como se acercaba salían disparados hacia las escaleras.
En mitad de este despropósito -y con cara de póker- los concejales del PSOE y de la CIC mantenían – alucinando- sus posiciones en los escaños. De pronto el portavoz del PSOE tomó la palabra, acusó al alcalde de desvergüenza política, de desfachatez democrática por abandonar su responsabilidad como alcalde. Ante el cobarde abandono de la totalidad de los concejales del PP, anunció que se daba por terminado el pleno, al menos para los concejales socialistas, que abandonaron el ayuntamiento, al mismo tiempo que lo hacían la práctica totalidad de los trabajadores.
Solamente los dos concejales de la CIC mantuvieron su escaño ocupado. Dos butacas llenas frente a 19 vacías…incluido el sillón del alcalde.
Los plenos con público siguen siendo una de las mil asignaturas pendientes de un alcalde que nunca da la talla.