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Un tal Pérez.

Se debatía entre la ansiedad que le producía -sentir como aquello se tambaleaba- y la prudencia de esperar a que la fruta estuviera más madura.

Las dos opciones tenían sus inconvenientes. Claro, como casi todo en esta vida. Posiblemente si ayudaba con el típico hilo de coser, se adelantaría mucho camino; aunque si todavía estaba bien agarrado sangraría y, lo peor de todo…Dolería.

Después de mucho pensar optó por Pérez…El Ratoncito. Se fue para el baño y frente al espejo se armó de valor; retorció aquel dientecillo sin raíz hacia la izquierda, luego a la derecha hasta que se desprendió. Soltó un poquitín de sangre. La justa. La atajó con un pedacito de papel higiénico y bajó las escaleras corriendo para enseñárselo a su madre. Estaba emocionada y al mismo tiempo preocupada. Era muy posible que Pérez no le dejara ni regalo ni nada. Es más…Igual hasta cogía un enfado por abusar.

No en vano, este dientecillo ya era el que hacía la docena y según le contaban las amiguitas del cole, el ratoncito Pérez no suele hacer trueque más que con uno o dos dientes…Tres como mucho. Así que ni corta ni perezosa y, desconfiando de los comentarios de unos y otros,  decidió hacer lo más apropiado…Preguntarle a Pérez.

Por la libertad de expresión.

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