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Jorge Alacid

Línea de puntos

Escenas de patrimonio

Cuartel de la Guardia Civil en Calahorra Foto de Isabel Álvarez

 

Aunque encierre tantas veces una perogrullada, en estos tiempos tan volátiles para el ecosistema informativo debería insistirse desde todo medio de comunicación en que la primera obligación del periodismo reside en informar. Y la segunda, y la tercera. Y hasta el infinito y más allá. Lo cual es compatible con otra clase de mandamientos, igual de relevantes: por ejemplo, contribuir en la medida de sus posibilidades a la construcción de una opinión pública no sólo mejor informada, sino también más responsable. Más dueña de su destino, para lo que resulta imprescindible que obren en su poder los datos precisos para cartografiar su entorno y auscultar la coyuntura que le rodea. Para eso también sirve el periodismo. Para que la ciudadanía tome nota y actúe en consecuencia. Sin sermonearla. Fiándose de su capacidad para alcanzar sus propias conclusiones, por sí misma.

De todos los subsectores en que se divide el trabajo periodístico, uno de los más singulares por su cercanía al territorio es el de corresponsal. A menudo, el alcalde de un pequeño municipio suele advertir que a ese cargo añade la condición de arreglalotodo. Alguacil, chapucillas (de la fontanería a la albañilería), terapeuta, confesor y hasta entrenador del equipo de fútbol. El corresponsal de un periódico es algo parecido. Aquel a quien cualquier vecino recurre cuando todas las demás puertas siguen cerradas. Con la esperanza de que el aviso al periodista que está de guardia, como el alcalde, casi las 24 horas durante 365 días al año contribuya a mejorar una calle, abrir más horas el centro de mayores o arreglar la iluminación de tal o cual barrio. Terapeuta, confesor y arreglalotodo: ahí reside el encanto de su trabajo. También el peaje que debe pagar.

Porque cuando ese corresponsal, desde sus humildes conocimientos y saberes, intenta contribuir a la mejora de las condiciones de vida del municipio donde presta sus servicios, a menudo tropieza con el rechazo de sus convecinos. O con su enfado, porque leen entre líneas lo que sólo existe en su cabeza: piensan que se les critica cuando el periodista, sin embargo, sólo les invita a fortalecer su presente en la medida de sus posibilidades. Cuando ayuda modestamente a que prenda entre sus vecinos la llama reivindicativa por un futuro mejor. Que suele ir asociada a una revisión de los mejorables usos del pasado: se trata de aprender alguna lección de la historia para no incurrir en los pecados de quienes nos precedieron. Una lección que nos incumbe a todos. Vivamos donde vivamos.

Porque se trata de una obligación que sirve también para dibujar el oficio del reportero callejero, enrolado en ese vivero tan fecundo y gratificante que es la información local. El periodista que se haya adiestrado alguna vez, por ejemplo, en la sección de Logroño de este periódico algo sabe de cómo compartir las cavilaciones de sus compañeros corresponsales. También le habrá tocado alguna vez enarbolar, en medio de la incomprensión generalizada, la bandera de la defensa del patrimonio común para que su ciudad no perdiera alguna de las valiosas aportaciones que dejaron a sus hijos las generaciones anteriores. Debe anotarse que, siguiendo el mismo caso de Logroño, sus desvelos apenas fueron atendidos. Desde la restauración democrática, el relato de bienes desaparecidos, que hubieran ayudado a dotarnos de una ciudad mejor, más bella, han tendido al fracaso. En algo se parece por lo tanto la capital de La Rioja al resto de municipios de la región: con todo ese riquísimo patrimonio que han perdido, con las piedras que duermen el sueño eterno, se hubiera podido levantar una tierra todavía más hermosa.

Esta reflexión viene a cuento de algún acontecimiento reciente, desolador. En Grávalos despidieron hace nada a su vieja posada, recuerdo de un tiempo en que este tipo de edificios, grandes en su humildad, eran moneda corriente en La Rioja interior (y en su capital). En Calahorra, estos días debaten sobre la mejor manera de cargarse el edificio de la Guardia Civil, un cuartel con muy buena pinta que, reutilizado, mejorado y embellecido, dotaría de algún encanto a ese rincón de la localidad donde se aloja. Cualquiera que se haya dado algún paseo por el mundo civilizado habrá observado que este tipo de inmuebles admite otros usos, para sorpresa de quienes no habían reparado en la joya que tenían ante sus ojos, las posibilidades que encierra: cuarteles, templos desacralizados, antiguas factorías, vetustas instituciones que han perdido su función pero no el contenedor que las albergaba son hoy una estupenda nuestra de cómo convivir con el pasado mejorando el presente. Porque esa clase de edificios dotan de mayor nobleza al entorno donde se ubican. De paso, suministran gratis lo antedicho: una lección de historia.

Supongo que el cuartel de Calahorra acabará siendo pasto de la piqueta. En eso, con alguna salvedad, hay una rara unanimidad entre los partidos políticos, el tipo de coincidencias sospechosas que generan algún escalofrío. Su derribo será una pena pero no importa: La Rioja entera está tan acostumbrada a salir perdiendo cada vez que florece uno de estos debates que puede permitirse nuevas pérdidas. Hay quien sólo consideraría valioso un edificio, merecedor de ser conservado, si entre nosotros surgiera de repente un nuevo Partenón o el Panteón de Agripa, prodigio que me temo que no ocurrirá: para entendernos, lo cual significa también entender nuestra historia, necesitaremos antes del auxilio de algún ejemplo de los arriba mencionados (La Gota de Leche, la Bene o la antigua Tabacalera) que la Torre Eiffel, que jamás se construyó en La Rioja según tengo noticia. Necesitaríamos, sin ir más lejos que Logroño, seguir contando entre nosotros con la vieja plaza de Toros, todo el frente de edificios de Miguel Villanueva, el primer palacete de Vara de Rey o los restos arqueológicos que anidaban ocultos al pie del Puente de Piedra. Cada cual puede aportar su propia lista de irreparables pérdidas. Y derramar por ellos (y por nosotros) una imaginaria lágrima.

Este viernes, las gentes del IER recorrerán Logroño en busca de los tesoros que aún siguen en pie. Será un itinerario por los mejores ejemplos de la arquitectura escolar que se resisten a ser demolidos. El sábado protagonizarán una excursión semejante por La Rioja rural, donde es seguro que los viajeros se admiren ante los hermosos caserones levantados por tanto y tanto indiano que todavía sobreviven, a despecho de la incuria ciudadana, para pasmo del visitante y orgullo del vecino. Será una lección de historia que ese mismo día puede prolongarse por la capital, donde un grupo de jóvenes profesionales guiarán a quien lo desee por las entrañas de la obra de Fermín Álamo, aprovechando que todavía quedan en pie alguno de sus luminosos hallazgos. Unos y otros deben darse prisa: el destino de gran parte de esos edificios será, conociendo nuestra historia reciente, el mismo que aguarda al cuartel de la Guardia Civil de Calahorra. Se arriesgan a convertirse en escombros, ruinas como nuestra ruinosa memoria.

De modo que un periodista, un periodista local, tiene trabajo. Que nunca falta. Pero esta vez no se trata (sólo) de informar, que también. Se trata además de hacer un poco de pedagogía. Porque la historia de su municipio, la defensa de nuestro patrimonio, son cuestiones demasiado importantes para dejarlas (sólo) en manos de nuestros políticos.

Un repaso a la actividad política de La Rioja (y resto del Mundo)

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.