Cuando ascendió al trono, don Juan Carlos tuvo el buen sentido de reducir su corte a lo mínimo imprescindible: apenas él, su mujer, sus hijos y algún secretario fiel. Muchos nobles, grandes de España e hidalgos sin oficio se quedaron con un palmo de narices: ellos pensaban que iban a poder medrar a la antigua, sin dar un palo al agua, viviendo de la sopa boba mientras hacían reír al Rey y le ponían los ciervos a tiro.
Y ahora, después de tanto tiempo manteniendo una línea discreta, menor, prudente…, va y nos sale un yerno torcido. Nosotros pensábamos, ay, que el consorte flojo era el otro, el que se paseaba por la Castellana en patinete mientras se adornaba con foulards de colores y barrocos pantalones de florecillas. Fíese usted de las apariencias.
Creíamos que Iñaki, el vasco-catalán, el deportista, el guapo, era un tipo austero y de confianza, dedicado sin aspavientos y casi en exclusiva a su dulce e inofensiva tarea reproductiva. Pero resulta que no: parece que este mocetón no se conformaba con engendrar hijos rubios y pluscuamperfectos. Ni siquiera le alcanzaba con el pastón (unos 700.000 euros) que Telefónica le pagaba por hacer de figurón y vender algún telefonillo de feria en feria. Él quería más.
Lo de menos ya es que sea o no culpable de un delito. Eso lo decidirá el juez. Pero la sola idea de que un miembro de la familia real (aunque sea un yerno plebeyo) se dedique a hacer negocietes por ahí, aprovechando su sobrevenida condición borbónica, resulta inmoral e inadmisible. O don Juan Carlos corta pronto por lo sano o Iñaki, su yerno guapo, el gentil procreador guipuzcoano, va a dejar pequeñito al oso que mató al rey Favila.
(Foto: Efe)