Esta crisis pasará; pero algunas heridas pervivirán en nuestra sociedad y podrían infectarse de nuevo. Asisto con curiosidad al vaivén de recetas económicas para sacarnos del atolladero. Reconozco, sin embargo, mi incapacidad para decidir si conviene que nos bajen el IRPF y nos suban el IVA o viceversa, aunque debemos recordar que (siempre en teoría) no hay gravamen más injusto que el IVA, que clava igual a un pordiosero que al señor Botín. Los economistas sacan porcentajes, hacen sumas y restas, simulan escenarios y quizá obren de buena fe, pero con frecuencia olvidan que vivimos en una sociedad de afectos y de pasiones, irreductible al hermoso y abstracto mundo de las matemáticas.
Por eso me asaltan sudores fríos cuando leo que España, según un estudio de Intermón Oxfam, es el país europeo con mayores desigualdades, solo por detrás de Letonia. Yo prefiero un país pobretón –sin exagerar– pero con la riqueza bien distribuida que un estado opulento con el dinero en manos de unos pocos.
He visto algún país así: en Brasil, ese estado emergente que tanto envidian los economistas, los ricos viven en ciudades paralelas, custodiados por pseudoejércitos armados, mientras todos los demás pululan por las calles peligrosas sorbiéndose los mocos. No quiero vivir en un sitio así. Ni siquiera aunque a mí me tocase la ¿fortuna? de ser uno de esos ricos enjaulados en cárceles de oro y piscinas cubiertas.
Por eso creo que Rajoy o Rubalcaba deberían colocar esto en el frontispicio de su recetario: hay que impedir que la brecha entre ricos y pobres se agigante. Y me parece que la lucha contra el fraude fiscal resulta esencial para este propósito, aunque eso signifique contratar más inspectores, dotarles de medios y dejarles trabajar con libertad, sin hacerles llamaditas para interesarse por cosas.
(*) En la magnífica fotografía de mi compañero Juan Marín, un hombre pide limosna en Logroño.