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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

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Aficionados logroñeses de la selección viendo por la tele de un bar el Mundial de Sudáfrica. Foto de Juan Marín

 

Uno. Bar Chacal, calle Fermín Irigaray. Un discreto pasadizo entre avenida de La Paz (entonces dedicada al general innombrable) y Duquesa de la Victoria. 1979, final de la Recopa, torneo menor ya desaparecido. Me cuelo en el local acompañado de un compinche, fanático del Real Madrid. Que accede a seguir mis pasos con la esperanza de que nos dejen ver el partido por televisión, izada sobre la puerta. Fingimos más edad de la que tenemos (yo, casi un párvulo: 16 tacos), nos apoltronamos entre las parejitas que se meten mano en el piso superior y asistimos a una proeza jamás vista por mis ojos: el Barcelona llevándose un título europeo ante el Fortuna de Dusseldorf, un equipazo de leyenda que todo el mundo ha olvidado, comandado por los hermanos Allofs según recuerdo. El Barça, dirigido por Quim Rifé (me encantaba ese nombre), se lleva la púrpura en un partidazo del Lobo Carrasco, aquel mago que necesitaba un par de balones para él solito. Euforia máxima: un clímax tan mayúsculo que nos vamos sin pagar. El dueño nos grita algo desde la esquina. Echamos a correr hacia avenida de Colón: qué felicidad. Mi primer simpa.

Dos. Una noche de diciembre de 1983, una breve multitud transita por la calle Laurel. De vez en cuando, los chiquiteadores incondicionales de las infinitas rondas ingresan en algún local que dispone de televisión, que todavía por entonces tenía algo de extravagante rareza. Mientras trasiegan aquellos trallazos de trillita llamados vinos de la casa, vigilan de refilón el España-Malta. La proeza es imposible. Ganar por más de once goles es un prodigio que ni siquiera se cumple en el torneo de verano de Cantabria, referencia futbolera local de la época. Son los primeros 80 pero la Movida ni siquiera existía (o no nos habíamos enterado de ella por casa, lo cual viene a ser lo mismo). Quiere decirse que la juventud contemporánea todavía no gastaba la trenca de Adolfo Domínguez, tan célebre: se llevaba más una especie de chambergo intitulado coreano, que nos protegía de la intemperie entre bar y bar. El Donosti, por ejemplo, defendido entonces por Juanito y familia. Donde acabamos imantados ante la tele: los goles, oh maravilla, iban cayendo como las hojas en otoño. Lo imposible parecía posible, que diría Rajoy, a quien ya estamos echando de menos. Y llegó, claro que llegó. Llegó el gol de Señor, el gol de José Angel de la Casa y el mío, en la portería custodiada por el patrón del Donosti. Porque con la euforia del 12-1, media barra se fue sin pagar. Aún siento remordimientos

Tres. Ese gol coreado por un gallo antológico que permanece en la memoria de una generación abrió la puerta a la Eurocopa’84 que seguí desde el bar más futbolero de Logroño. El Negresco, alabado sea El Orejas. Sus pizarras, como las del Carabanchel cercano, marcaban los goles en cada división nacional con la misma puntualidad y eficacia que internet, ese invento cuyo creador tal vez se inspirase lejanamente en aquel carrusel de tiza. El local de Martínez Zaporta garantizaba además una frescura inigualable. Ideal para los partidos de la últimas tardes de primavera, cuando el calor empieza a apretar y se agradece que los ánimos se enfríen: lo propio de cuando jugaba la selección de entonces, siempre tan tiritona. La guiaba el mítico Miguel Muñoz, a quien atribuían aposentar sus posaderas sobre una flor que le acompañó hasta la final del torneo, que tuve la desgracia de visionar (entonces se empleaba mucho ese verbo) en la soledad del hogar familiar. No fue el caso de la fase de grupos: el Negresco fue mi hogar provisional hasta que una tarde, mientras concluía no sé qué partido, dejé por unos segundos la silla, me acerqué a la barra a pedir algo y cuando regresé a mi asiento, lo encontré ocupado por un tipo de aspecto patibulario, pionero en el arte del tatuaje, a falta de un par de afeitados y pinta de llevar encima mucha mili. Ah, bendita inconsciencia juvenil. Decidí plantarle la cara y rogarle educadamente que se levantara, mientras la selección sesteaba por la tele. Un silencio glacial inundó el bar. El caballero me miró como si estuviera ante un extraterrestre, se puso de pie hinchando el plexo torácico y acercando mucho, mucho, mucho (pero que mucho) sus ojos a los míos me respondió que no le daba la gana. Tenía intención de plantarle la cara (sí, de nuevo la bendita inconsciencia juvenil) cuando el amigo Luis Santos se me acercó. Me tomó por el brazo y me condujo a la salida. Protesté. Le dije que no había pagado la consumición pero no me hizo caso. “Anda, vete para casa, hijo”. Y me fui sin pagar. Yo empezaba a ver una pauta en todo eso.

Cuatro. Mundial de México de 1986, gran acontecimiento: llegan a España las pantallas gigantes. El Kaiser, legendario local al que dediqué ya alguna entrada hace tiempo, luce la primera que dispuso un bar de Logroño. La noticia corre como la pólvora entre los veinteañeros locales, que ni siquiera sabían de la existencia de esa calle (Labradores) y mucho menos de una barra con semejante nombre. También lo desconocíamos todo sobre su plato estrella, la hamburguesa, que nos sonaba demasiado yanqui cuando aún cometíamos la tontería de adorar al Che, enfermedad de la que algún compañero de quinta sigue sin curarse. La selección nacional va avanzando hasta la orilla final donde solía morir, pero ese triste epílogo todavía lo ignorábamos mientras asistíamos a esas hazañas en tamaño king size que procuraba aquel megapantallón donde vimos los cuatro goles de Butragueño en Querétaro y la pifia de Eloy ante Bélgica, el penalti fallado que nos devolvió a la realidad. Y que también nos devolvió a casa. Y que a mí me devolvió a la vida cotidiana: la humilde pantallita en blanco y negro del Tívoli, donde vi la mano de Dios de Maradona y el golazo que precedió al de Messi ante el Getafe anotado esta vez para superar a los belgas y llegar a la final, que seguir desde la terraza de Bretón de los Herreros, tan querida. De donde era por cierto muy frecuente irse sin pagar: no fue mi caso. Me hacía mayor y renegaba de la tradición. Aunque siempre me pregunté quién se ocupó de pagar las cervezas el día que desalojamos el Kaiser tras doblar la rodilla ante el guardameta Pfaff y resto de diablos rojos. Creo que ese no fui yo.

Y cinco. En 1981, había asistido a un prodigio. El Amazonas, bar de Jorge Vigón que contaba al fondo con una salita donde se jugaba a las cartas y de vez en cuando se veía la tele, fue el lugar elegido para deleitarme con la primera final de Copa de Europa que vi disputar al Real Madrid. Sí, el de Florentino, cuyo reino ya se sabe que no es de este mundo sino galáctico. El mundo propio de los seres superiores. Sí, fue fantástico: era el único de toda la concurrencia que quería que ganara el Liverpool, lo cual me hacía ya entonces sentirme un mal español. Gozo doble, por lo tanto: ah, la irreverencia adolescente, cuánto la añoro. El partido fue un tostón. Tan aburrido que sólo recuerdo de aquella noche el clímax. Enfilaba la recta final cuando un tuercebotas llamado Alan Kennedy, lateral izquierdo de mis adorados Reds, ató la pelota a la puntera, caminó con ella hacia la portería y chutó con tal puntería que obró el maravilloso milagro de silenciar a la cuadrilla de beodos adoradores del club merengue que me acompañaban. Yo había quedado para ver el partido en otro bar que no recuerdo, pero me confundí de sitio. Para cuando observé que ningún amigo me acompañaba, estaba ya demasiado absorto viendo a toda aquella parroquia exultante porque se veía segura de la victoria madridista y pensé la maldad siguiente: no quiero perderme qué sucede si la Copa viaja a Liverpool. Que fue lo que ocurrió, para mi íntima satisfacción: tuve que contener la alegría con tal intensidad que alcancé la calle y es posible, sólo posible, que me fuera del bar sin pagar. En justa venganza, el dios del fútbol me condenó 34 años después a a aceptar la derrota en ese mismo torneo del amado club de Anfield, con la famosa llave de judo incluida.

De donde deduzco que sí: que me fui sin pagar del Amazonas.

P. D. Vienen a cuento estos recuerdos ahora que observo la tradición tan extendida de dirigirse al bar favorito para observar las maniobras de Iniesta y compañía. El fútbol encuentra en las pantallas de las barras de guardia, o en las terrazas de ciertos locales, su aliado predilecto, aunque desde luego ha degenerado hoy en un tipo de juego que yo a ratos detesto. Todo choque ahora es falta, si el choque es muy abrupto merece siempre tarjeta (una obsesión compartida entre locutores, futbolistas y árbitros, claro) y si ocurre en el área, penalti fijo, sobre todo con tanto jugador ducho en el arte de la simulación. Así que cada partido es una invitación a que surjan por el campo unos cuantos francotiradores, que disparan misteriosos misiles con tal acierto que los jugadores se desploman… a la misma velocidad del rayo con que luego se levantan una vez conseguidos sus objetivos. Cómo será que ha nacido una estrella reciente a quien apodan Penaldo, auténtico as de estas payasadas, con perdón para los payasos. A mí me aburren tanto como ese invento reciente, el llamado VAR. Que sólo se salva porque esa denominación me permite el tontorrón juego de palabras con que titulo estas líneas mientras trato de recordar lo antedicho: si pagué o no pagué todas esas cuentas. O si me fui sin pagar.

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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