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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

Menéndez Pelayo, una sabrosa manzana

Vista de Menéndez Pelayo. Foto de Justo Rodríguez

 

Estas líneas se empezaron a alumbrar la otra mañana, mientras observaba una foto antigua, custodiada por Jesús Rocandio en la Casa de la Imagen. Es la imagen que aparece más abajo: estuve un rato intentando calibrar desde dónde la había tirado el gran Teo, porque no caía, no caía… Al fondo se alzaba la iglesia de Santa Teresita, un poco más cerca unos jardines cercaban algún edificio invisible para el ojo humano, una anciana y ¿su nieta? miraban al fotógrafo mientras trabajaba, esa costumbre tan española. La calle era en realidad un camino, un lodazal, una bañera urbana bien provista de charcos según era norma en la infancia de quienes comparten generación con quien esto escribe. Pero de repente… De repente…

De repente atiné con la localización. Era la calle Menéndez Pelayo. Por donde había deambulado unas horas antes, practicando el recomendable rito del aperitivo sabatino. No había tampoco ese día demasiada gente. En eso sí que se parecían la antigua calle de la foto y la nueva cuyas baldosas venía de pisar. En todo lo demás, salvada sea la mentada iglesia, Menéndez Pelayo era otra. Una calle radicalmente distinta. De la calle en blanco y negro recuerdo bien que ese chalé que se entreveía en la instantánea de Teo alojaba la sección B, por así decirlo, de los Escolapios, orden religiosa que defendía en tan magro edificio su colegio menor: el mayor se ubicaba donde todavía hoy resiste, en Doce Ligero. Entonces, el chalecito coqueto coronaba el tránsito desde la calle Santa Isabel y hacía frontera con la auténtica nada. Poco más tenía Logroño que ofrecer lejos de esas calles. Campas infinitas para delicia de las ranas, otro colegio (Jesuitas) un poco más allá y en general unos andurriales sin asfaltar por donde podías encontrarte fumando a los internos de la Bene, pioneros entre nosotros en raparse la cabeza. No por estética. Por piojos.

 

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Ese Logroño murió, como sabrá el improbable lector. Este otro Logroño ha encontrado en el breve tramo que nace en Somosierra y muere en Huesca, una alternativa para los incondicionales de las rondas que evitan desplazarse hacia el ombligo de la ciudad. Porque en realidad, aunque sus parroquianos hablan de Menéndez Pelayo como si toda la calle fuera un espacio para la ingesta de alcoholes y bocados, sólo esa manzana aloja los bares de su predilección. Una leve manzana, aunque sabrosa. Entre ellos, alguno que ha aparecido por aquí otras veces. El Barrio, el primero que llamó mi atención cuando decidí mirar hacia Menéndez Pelayo con otros ojos. Cuando me alertó, nada más nacer este blog, un caballero de que seguía despachando en su local los célebres pachuquitas que hicieron famoso al llorado Pachuca, aquella barra mínima de Marqués de Vallejo cuyo eco guía mis pasos. Cuya rotulación preside estas líneas desde que fueron alumbradas, va para seis años.

Aquel bar se llama Taberna de Pelayo. Vecino del citado Barrio, lo encontrará usted cerca de la calle Huesca. Especializado en cazuelas y demás golosinas propias de todo bar logroñés, como el resto de hermanos de esa calle se ha especializado en procurar un estupendo ambiente al mediodía Tan estupendo que sus habituales tienden a estirar el vermú más allá de la hora del almuerzo, lo cual no es difícil: aquí se practica con tanta generosidad la terapia del picoteo que algunas de estas gollerías permiten regresar a casa con el estómago lleno y el paladar reconfortado. El propio Barrio Bar dispone de su barra muy pródiga en raciones retén, como su exquisito bocata de calamares, y otrosí sucede en los locales aledaños. La tortilla del Serenella, por ejemplo, dispone de un reconocido prestigio. Viene de ganar este año el concurso que organiza Diario LA RIOJA, mérito que alcanzó en otras ediciones precedentes. Y acaba la ronda con el Teide, bar que completa el grupo de negocios abiertos en esa acera y que ofrece unos metros más allá su versión restaurante: el Orpas, celebrada casa de comidas de la calle Santa Isabel.

 

Vista antigua de la calle Menéndez Pelayo, foto Teo (Archivo Casa de la Imagen)

 

Fin de la historia. Aunque acto seguido me desmentiré a mí mismo, en realidad ahí se agota la oferta hostelera de Menéndez Pelayo. Es cierto que quien pretenda organizar una excursión más prolongada para saciar su hambre y su sed, o su curiosidad, puede perpetuar su paseo por las calles aledañas, que forman con la citada una alternativa cada vez más pujante a otras rondas urbanas, sobre todo porque enlaza a través de Somosierra y República Argentina con Gil de Gárate y compañía. Se cierra entonces el círculo festivo y gozoso. Un círculo que obedece a sus propias consignas, porque en tan escasos metros cuadrados se reúne una clientela diversa y variopinta, otra de sus grandes virtudes. El neojisterismo local tiene en el Barrio uno de sus faros, por el Serenella puede tropezarse el paseante con alguna consejera del Gobierno riojano y los parroquianos conspicuos no perdonan su ronda eterna añadiendo un toque camp al paisaje que termina de completar una gloriosa fotografía. Más reluciente que la original, esa que inspiró este paseo por Menéndez Pelayo y sus bares. Aquel Logroño en blanco y negro, aquel Logroño sin asfaltar. Aquel Logroño donde un fotógrafo aún llamaba la atención.

Aquel Logroño tan querido.

P. D. Anótese que Menéndez Pelayo completa su oferta hostelera con una casa de comidas vegana, el popular restaurante El Sol, lo cual todavía representa una rareza entre nosotros. Y dispone de otra rareza más, en la misma calle. Una rareza que antes no lo era (tanto). Un despacho de vinos, el que defiende la familia Bobadilla en la esquina con Santa Isabel, gemelo del que sobrevive al final de Pérez Galdós. Todo un emporio: dos negocios de vinos en Logroño, casi los últimos que resisten de aquel antiguo linaje que antaño fue tan usual. Y puesto que mantenerlos abiertos constituye a mi juicio un desempeño de mayúsculo mérito, prometo volver sobre mis pasos y dedicarles a los Bobadilla una entrada en exclusiva.

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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