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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

Casalarreina en sus bares

Bar El Montañés, de Casalarreina. Google Maps.

 

El viajero se sube al volante de su vehículo a motor, conduce apenas unos kilómetros desde su Logroño natal autopista mediante, toma la salida a la altura de de Haro, rechaza la tentación de curiosear por el Suizo (el difunto Suizo) y alrededores y opta por encaminarse hacia Casalarreina. En sólo unos minutos, acaba de llegar a otro mundo. A un hermoso, hermosísimo rincón de La Rioja: porque poco después de subirse al coche, ya aflora la magia. Mientras pasea por el delicado interior de su monasterio de La Piedad, inundado de belleza y de silencio (dos tesoros que se baten entre nosotros en retirada), uno se pregunta cómo es posible que haya tardado tanto tiempo en maravillarse ante estos imponentes muros, sus esbeltos vanos, su claustro tan sutil, las filigranas platerescas que saludan al visitante una puerta tras otra. Y se impone no volver a incurrir jamás en semejante pecado. De penitencia (dulce penitencia), vermú por el centro del pueblo.

Que es adonde quería llegar. La visita a Casalarreina está justificada por unos cuantos argumentos de orden histórico-artístico. El pulcro orden de sus parques, calles y plazas, el elegante y macizo puente sobre el inesperadamente caudaloso Oja que deposita al viajero en dirección a Tirgo y Cuzcurrita (otros dos pueblos merecedores de su propia visita), la armonía que se respira incluso en su mercadillo, arracimado en torno a una calle coquetamente porticada… Todo es memorable. Los palacios y casas blasonadas que salen al encuentro del caminante, su calle central pavimentada para espantar al tráfico de alta densidad que antes cruzaba por aquí camino de Burgos, la dinámica actividad propia de un sábado por la mañana, cuando el reloj avanza en dirección al aperitivo. Cuando lugareños y forasteros comparten tragos, tapas y tertulias por el territorio propio de este blog: los bares. Casalarreina en sus bares. Que merecen esta nueva excursión por los alrededores de Logroño, con la esperanza de que el improbable lector se anime a compartir esa misma experiencia: Casalarreina bien vale una visita.

Que arranca, luego de entregarse al turisteo feliz, con el cafelito matinal, tan castizo. Para el que se aconseja uno de mis bares favoritos de toda La Rioja. El Montañés, con su terraza benemérita que dispone de estupendas vistas hacia el monasterio, la hospedería vecina que ocupa una de sus alas y el resto de edificios allí alineados: el inmueble que fue escuela y cuartel y que hoy alberga la sala de cultura, la sede del Ayuntamiento… Aunque el encanto del Montañés reside en su interior: así eran antes tantos y tantos bares. Antes de que una mano anónima pasara por ellos y los homogeneizara a todos, reconvirtiéndolos en el mismo bar mil veces repetido por toda la geografía riojana (y nacional). El Montañés resiste más o menos como uno lo conoció, como siempre lo ha recordado, con sus bancos corridos festoneando la pared que da a la plaza vecina, por donde asoman los andamios del palacio dispuesto a convertirse en hotel un día de estos… Otro tesoro que habla de la riqueza genuina de la localidad: ese riquísimo caserío que informa de su brillante pasado.

Casalarreina, como otros pueblos de la comarca, cuenta con una población flotante que llega a rebasar las ocho mil personas en verano, temporada de pleno apogeo de ese mundo de la segunda residencia que atrae hasta aquí a visitantes de origen casi siempre vizcaíno, asiduos también durante los fines de semana del gozoso otoño riojano, deslumbrante de riqueza cromática (y enológica, y gastronómica). Lo cual explica que haya una quincena larga de bares al servicio de una población censada que por poco supera las mil almas: serán escasas, pero hospitalarias. Y adictas al rito del vermú, como puede corroborarse en los locales que tuve el grato placer de visitar. Buen servicio, estupenda barra, grandes vinos del entorno: la descripción vale para (por ejemplo) el Idefix, célebre por su tortilla de patata. O para (otro ejemplo) el Caperos, antaño irresistible parada para quienes cruzaban por Casalarreina y sus alrededores y se regalaban un almuerzo de esos: de los de antes. Hoy, bajo renovada dirección, garantiza lo antedicho: buenos vinos, buena barra, buen servicio. Y tercer ejemplo, que ya iba siendo la hora de sentarse para el almuerzo y detener la costumbre del chiquiteo: el Boulevard, espectacular bar de primorosa decoración, al que puede aplicarse lo antedicho. Carta de vinos muy interesante, tapas y bocados igualmente seductores, profesionales esmerados al otro lado de la barra…

Natural que la calle central de Casalarreina, esa carretera que uno no olvida de tantas y tantas veces que atravesó el municipio en dirección a la Meseta, se encontrara tan animada como atractiva a esa hora festiva del aperitivo. Como acompañaba el buen tiempo, brillaba el sol y brillaba también el turismo de fin de semana, la ruta por sus bares se transformó en gloria bendita. Y ejemplar, en sentido estricto. Porque es, en efecto, un ejemplo de donde algo podían aprender otros municipios (y no miro a nadie) nada lejanos, que ofrecen a esa misma hora un aspecto bastante más mustio de costumbre. Bares rancios, de oferta ininteresante, que animan a todo lo contrario. A alejarse cuanto antes de su jurisdicción. Hacia Casalarreina, que no le defraudará: ni el paisaje, ni el paisanaje. Ni sus bares. Hermosos bares para un hermoso pueblo.

P. D. Una excursión de este estilo a Casalarreina debe necesariamente coronarse con un homenaje culinario, aprovechando la estupenda oferta que le distingue también en materia de restaurantes. Es el caso de La Vieja Bodega, el tipo de casa de comidas de apabullante carta de tragos y bocados que hace no tanto era común también en Logroño. Un espectacular local, cuyos miembros se mueven por su interior como los integrantes de la Sinfónica de Berlín: en perfecta armonía, despachando a más de doscientos comensales (ha leído usted bien: más de doscientos) a la hora del almuerzo con una sincronía, eficacia y profesionalidad modélicas. Y que merece figurar en un blog sobre bares porque también lo es: a la entrada, una breve pero encantadora barra saluda al visitante con una versión contenida de lo que aguarda adentro. Natural que se arracimara una tropa de clientes en demanda de sus tapas y sus vinos. Un breve local pero modélico: el tipo de bar ejemplar donde uno se siente mejor que en casa.

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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