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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

Tizona, la tortilla que sabe a pasión

La familia del Tizona, con su tortilla. Foto de Justo Rodríguez

 

La tortilla del Tizona sabe a lo que saben todas las golosinas que ocupan su suculenta barra. Sabe a ilusión, a entusiasmo y pasión. Es un bocado excelente, fino y delicado, pero también sabroso. Pero llega adornado no sólo por un punto de ligero picante, sino por esa clase de complicidad forjada entre quienes defienden con sentido de la profesionalidad una barra y la clientela fiel, con quienes Carlos y Ana ejecutaron en su momento su particular desfile culinario de Hamelín: desde la cercana avenida de Colón, donde recogieron el testimonio también modélico de Jesús y Ana cuando éstos se jubilaron, se mudaron hasta Ciriaco Garrido. Tomaron bajo su tutela un bar que no terminaba de cuajar luego de varias encarnaciones, lo rebautizaron como el Tizona y se emplearon en hacer lo que mejor saben: desplegar un derroche de profesionalidad y sabiduría gastronómica, que han forjado una alianza de éxito en esta zona peatonal del centro de Logroño.

Y que además ven saludada su apuesta no sólo por el reconocimiento de su parroquia, sino también por los éxitos que jalonan su trayectoria. Sus triunfos en unos cuantos certámenes distinguen una trayectoria inquieta, como se puede apreciar traspasando su puerta o viajando por el éter. Sacar adelante un negocio hostelero exige esfuerzo, quién puede dudarlo. Pero cuando sus promotores se aplican con ingenio, compromiso y originalidad se sitúan en el carril correcto para culminar sus propósitos a entera satisfacción. Es el caso del Tizona. Y si además de sus cocinas siguen saliendo esas golosinas tan suculentas, se entenderá el estupendo aspecto de clientela que presenta su barra y las mesitas para los almuerzos y las cenas informales, terraza incluida.

A este panorama tan fetén le acaba de nacer un aliado poderoso: el Tizona viene de ganar el concurso de tortillas que organiza Degusta La Rioja con elevadísimo impacto. Y con elevadísimas consecuencias: los fogones tienen ahora que multiplicarse para satisfacer el aumento de la demanda que el premio acarrea. Lo ganaron por cierto en la modalidad clásica; el premio reservado para las tortillas que añaden otros ingredientes viajó hasta Nájera, en la primera edición del concurso abierta a los bares de toda la región. El Virginia, ejemplar establecimiento ya destacado aquí unas cuantas veces y las que haga falta, se hizo con ese galardón. Habrá que volver por sus lares a catarla, aunque se supone que ya habrá notado la feliz repercusión que también experimentan en el Tizona. Valga un ejemplo: como explican Ana y Carlos, de una media de 7 tortillas a la semana, han pasado nada menos que a sumar 100 más. Ha leído bien el improbable lector: 100 más. Hasta un promedio semanal de 117. Lo cual explica un cartel que estos días se exhibe en su barra, donde alertan de que los pedidos deben hacerse con 24 horas de antelación y se anuncian ciertas normas para el funcionamiento fetén del resto de comandas. Las servidumbres del éxito, ya se sabe.

No se trata por otro lado de ninguna novedad, sino de un fenómeno semejante al experimentado por los ganadores en años precedentes. Seguro que es también el caso antedicho del Virginia najerino. Mientras llega el día de probar su tortilla ganadora, aquí va el resumen de mi experiencia con la del Tizona. Sobresaliente. A mi humilde juicio, llega a la mesa en su punto justo de textura: ni mazacote, ni convertida en papilla como es moda en otros bares. Dan ganas de pedirse otro pincho pero la operación bikini no lo permite. Prometo volver para indagar en su secreto, que en realidad no existe: el misterio, como sus propios hacedores confesaban hace unos días en las páginas de Diario LA RIOJA, consiste en que se emplean productos de primera calidad, una mano diestra en las sartenes y los otros intangibles antedichos. Es decir, una generosa dosis de ilusión, otro chorro similar de amor por el oficio, un punto de entusiasmo genuino y una pasión infinita. El resultado se puede adivinar. Desde luego, también se puede catar: una tortilla excelente. Y también se puede felicitar a sus responsables, mientras intentan superar el (dichoso) lío en que se han metido. Y dedicarles por ejemplo el mismo elogio con que abandoné el otro día su jurisdicción, con un sabor de boca inmejorable: (casi) mejor que la tortilla de La Concordia.

P. D. Mencionar el Tizona es regresar en la memoria hacia los gratos años de los vermús dominicales y masivos en la zona de Jorge Vigón, vecina a la de avenida de Colón donde se alojaba el establecimiento original. Aquella ronda ha aparecido unas cuantas veces por este mismo espacio: pido disculpas por canso al improbable lector por repetir el querido itinerario: del Vivero era norma saltar a los tres bares cercanos, en la avenida aledaña. El Tizona, por supuesto. También el Texas, ya llegando hacia la calle Villamediana. Y cerca de Jorge Vigón, el único que aún se mantiene abierto aunque con otra denominación: el Apolo. También tuvo una larga y fecunda etapa el Tizona en sus años finales, bajo la dirección mencionada de Jesús y Ana, una garantía para el picoteo de fin de semana por la alta calidad de las cazuelas que despachaban sus fogones. Hoy, su puerta permanece cerrada. Pidiendo a gritos la resurrección que merece por tan buenos ratos pasados acodados a su barra o sentados en aquellas mesitas bajas donde se regalaba a la clientela una dosis gratis de gimnasia.

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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