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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

Los morros del Alfonso viajan al Amsterdam

 

Odalis, con una bandeja de morros, en el Amsterdam. Foto de Justo Rodríguez

 

En sus últimas días antes de jubilarse, Alfonso solía deambular por los alrededores de la calle Villegas en una ronda que le obligaba a viajar. A viajar mucho, según confesión propia: “Hay días que voy de Dallas a Amsterdam“. Pido perdón en su nombre por el chiste tan malo. El ejemplar mesonero aludía con esa humorada al hábito de frecuentar dos bares cercanos a su local, así llamados: uno Dallas y el otro Amsterdam. El chiste me recordaba aquel célebre dicho del Logroño antiguo, según el cual el tramo de Portales entre Sagasta y Gallarza era la calle más larga de España: iba de La Villa de Madrid hasta la Ciudad de Londres, como estaban bautizados dos comercios que hacían en efecto esquina. Como se observa, los viajes de Alfonso son más cosmopolitas.

E incluyen su aparición por el cercano Amsterdam, en el cruce con Escuelas Pías. Un bar con sabor. Un bar con sabor a barrio. Como antaño eran costumbre en medio Logroño, los bares que hoy a punto están de convertirse casi en una reliquia. No es el caso del Amsterdam, que resiste en perfecto estado de revista. El propio Alfonso me acompañó una mañana a tomar el vermú a su barra, bien provista y mejor defendida por la jovial Odalis, llegada desde la lejana América para labrarse un futuro en este rincón de España, subsector hostelero. Luego detallaré los bares donde se ha desempeñado. De momento, el improbable lector deberá conformarse con saber que el propio Alfonso derramaba sobre ella sus bendiciones. Y que esa complicidad entre quienes se dedican a la misma profesión había desarrollado un instinto de camaradería de mayúscula dimensión. Reflejado en un detalle que compartió Alfonso cuando alcanzamos la calle: “Estoy pensando en pasarle la fórmula de los morros“.

Los morros. Ah, los morros. Los mágicos morros que por entonces se disponía a dejar de servir en su benemérito mesón, para desolación de sus incondicionales. Me pareció una idea estupenda y así se lo participé. Desde aquel mediodía me ha tenido Alfonso al tanto de sus conversaciones, que finalmente cristalizaron hace unas semanas. Y los morros viajaron. No desde la tejana Dallas, sino desde los fogones del Alfonso hasta esta recomendable barra donde saludan a la clientela acompañando a otro clásico que también ha recorrido esos metros que separaban a ambos locales: los suculentos torreznos.

Y la parroquia se felicita, claro. Porque hay unos cuantos miembros de ellas que se reconocen huérfanos desde que el Alfonso cerró y dejó un vacío irreparable en estas calles que mantienen viva la esencia del Logroño de siempre, la castiza ciudad que no renuncia a seguir siéndolo. Y que mantiene igualmente vivo el tesoro de estos bares donde la clientela se reconoce a sí misma nada más entrar, entabla conversación con el recién llegado como si fuera de la familia y hasta tiene el detalle de pagarse una ronda como antes era costumbre y ahora una rareza. Una caña y un morro para estos señores, por favor.

Y aquí llega el platillo. Sabrosísimos, los morros no han notado efectos perjudiciales en el breve trayecto desde del Alfonso. Odalis, que aparece y desaparece de la barra hacia los fogones como una hechicera, ha dado con la fórmula. El producto sigue siendo de primera calidad, se presenta perfecto de textura (sin grasas, la piel delicadamente chamuscada) y mantiene la intriga de qué especies mágicas le adornan y le dotan de ese sabor tan singular. Cuando se le preguntaba a Alfonso por el ingrediente secreto, se encogía de hombros y soltaba una de esas risas tan suyas, hacia adentro. Y Odalis mantiene el enigma. Elude desvelar el toque mágico y se limita a reconocer que sí: que tomó el relevo de los morros del Alfonso, obra de la maga Elena, con algún respeto: “Es que ella llevaba años preparándolos y yo llevo sólo quince días”. Pero ha atinado con la receta, como le confiesan sus parroquianos, temerosos al principio, muy reconocidos y confiados ahora. “Yo quería hacerlo bien”, avisa. Lo ha hecho. Este viaje, como tantos otros viajes, ha merecido la pena.

P. D. En la foto que ilustra estas líneas, Odalis aparece tocada con el célebre gorro llamado ‘kevin‘. Célebre porque decoraba el viejo mesón de Alfonso, otro testimonio del cercano bar que ha viajado con los morros al Amsterdam. Ella se ríe traviesa mientras desvela la anécdota y repasa una trayectoria muy fecunda en sus anteriores destinos: Los Olivos, La Redonda, Los Fueros, Cóndor, Urcey, Pato Borracho, Gambrinus… “Hasta fui panadera”, vuelve a carcajearse. Nacida en la lejana República Dominicana, llegó a Logroño a los 15 años (ahora luce 42), así que se considera una vecina más de la capital. Mucho ojo. “Soy riojana de crianza y de adopción”, proclama.

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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