Se busca camarero | Logroño en sus bares - Blogs larioja.com

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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

Se busca camarero

 

Uno de los grandes placeres que nos distinguen a los aficionados al universo de los bares surge cuando tropezamos en nuestras andanzas de barra en barra con un gran camarero. Un camarero excepcional. Uno de esos profesionales que abrillantan su oficio ejerciéndolo con un suplemento de eficacia que va desapareciendo, tal vez porque todo cambia: los hábitos de la clientela, por ejemplo, menos exigente. Más conformista. Que ya no reclama ser atendida por aquel tipo de camarero que alguna vez ha aparecido por aquí encarnado en tantos y tantos sobresalientes ejemplos que encontramos en el Logroño de ayer y el de hoy. Ese camarero que sabe lo que quieres tomar según ingresas en sus dominios, que despacha la comanda con rapidez y eficacia, que dispone de visión panorámica para adivinar qué ocurre en las zonas más alejadas de su jurisdicción. Que sabe anticiparse a las siguientes oleadas, que no para de moverse (allega una copa, sirve un bocado, fregotea la cristalería, pone a funcionar la cafetera: un mago) y que sin embargo no te abruma con chismes ni contándote su vida. Esa clase de profesionalidad fría, sin tomarse grandes confianzas, que tanto hace disfrutar a quienes nos aposentamos al otro lado de la barra.

Esos son los camareros que han ido desapareciendo. No se trata de una cuestión de edad. Observo algunos inmarcesibles ejemplos de eficacia en su trabajo en miembros de las generaciones más jóvenes (las gentes del Barrio Bar, ahora también en Clandestino: una visita recomendable), igual que hay casos de detestable desempeño en el oficio entre las sagas más veteranas. A mi humilde y pobre entender, se trata de lo antedicho: de que cambian los modos y costumbres. Lo que antes nos parecía inaudito (compartir espacio en un bar con una mascota o con una familia cambiando el pañal a su criatura) ahora se convierte en norma. Y que te puede atender cualquier recién llegado que lo ignora todo su profesión. Porque se tiende a pensar además que el oficio de camarero es una profesión sencillísima, carente de misterio. En mi (de nuevo) humilde y pobre entender, ocurre lo contrario: como en otras áreas de la actividad humana, para ejercer con sentido del deber como camarero hay que estar muy bien adiestrado. Y no. No es tan fácil.

Lo demuestra una tendencia que se detecta en los últimos años y que alcanza, según las confidencias compartidas por unos cuantos dueños de bares, la dimensión de problema grave, central para su economía: la ausencia de profesionales. De buenos camareros. O simplemente de camareros que se inician en el oficio pero tienen ganas de aprender. De labrarse un futuro. Lo habrá visto el improbable lector en sus propios paseos: esos carteles que nos saludan cuando entramos en algún local, donde puede leerse alternativamente ‘Se busca camarero’ o el más apremiante ‘Se necesita camarero’. En algunos casos, carteles que duran alguna eternidad, señal de que la necesidad no ha sido atendida y se prolonga en el tiempo. Y que pueden encontrarse también, con la misma dilatada espera, en los anuncios por palabras que publica esta casa: como si quienes los insertan ya se hubiera resignado a seguir aguardando un milagro.

La crisis de profesionales, en cantidad y calidad, es asunto serio. Acaba a veces con la vida de algunos bares. Uno cerrado recientemente era digno de estudio: cambiaba la plantilla de camareros a una velocidad vertiginosa, con la particularidad de que el nuevo solía empeorar el desempeño del anterior, hasta extremos desconcertantes: pedías un blanco de Rioja, por ejemplo, y te sacaba un Albariño. Y tenían todos con la máquina de café los mismos problemas que yo cuando estrené el smartphone: era inevitable compadecerse de esa falta de habilidad compartida. El caso es que, como me anotaban incondicionales del citado bar, el dueño (que tenía otras ocupaciones profesionales) acabó bajando la verja. Otros colegas del ramo te participan de la misma frustración: como no encuentran profesionales de talla, dispuestos a seguir el ritmo que implanta el jefe, prefieren ocuparse ellos de su tarea. También los habrá contemplado el improbable lector: esos bares donde la única mano de obra es la del propietario. Lo cual depara el consabido desenlace: que la estancia se prolonga para los parroquianos hasta ser atendidos más allá de lo razonable.

El propio presidente del ramo en La Rioja confesaba que ahí radicaba uno de los principales problemas del sector. Faltan camareros. Buenos, regulares y hasta malos: hay una franja de la población que descarta emplearse en un trabajo tan esclavo, propenso a los horarios irregulares, que obliga a aguantar pelmazos con demasiada frecuencia, amén de otras penosas exigencias. La clave, como casi siempre, reside en el dinero. El maldito parné. El salario que se ofrece a quienes militan en este apartado del mercado de trabajo: pretender que haya buenos profesionales al otro lado de la barra por según qué sueldos también tiene mucho de milagro. Dos problemas transformados en vasos comunicantes que desembocan en un preocupante escenario, paradójico: cada vez hay más bares, cada vez pesan más en nuestra sociedad y nuestra economía, pero también cada día que pasa sigue detectándose esa misma ausencia, clamorosa. La de los camareros fetén. Ese personaje a quien entregarías tu alma si a cambio te proporciona lo que demandas en cada barra: aliento, sosiego, comprensión, buenos bocados, mejores tragos… Buscar un buen camarero será siempre el primer placer cuando atraquemos en nuestros bares favoritos. Y brindar por la salud de quienes nos atendieron y atienden haciendo honor a tan noble oficio.

 

 

P. D. La lista de camareros que componen en mi memoria el ‘dream team’ de mis favoritos es tarea ociosa. Por varias razones. Porque sería injusto olvidarme de alguno que me ofreció consuelo y ejerció de terapeuta en mi alborotada adolescencia y porque la lista de aquellos a quienes sigo venerado tiende a ser interminable. Cuando me ha preguntado alguien por mi camarero predilecto, por no indisponerme con ninguno busco un atajo y señalo a uno de ficción: el inolvidable Tío Pío, el camarero que defendía la barra del club donde Rita Hayworth se transformó en la no menos inolvidable Gilda. Divertido, ingenioso, eficaz y gentil. Si existe un cielo para los adictos a los bares, su barra la debería dirigir él: Tío Pío (Steven Geray para el mundo).

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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