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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

Los que se fueron

 

El pasado lunes, el improbable lector observaría cómo se cumplía el rito llamado Día de la Marmota, sobre el cual no conviene extenderse: está al alcance de cualquiera entender de qué estamos hablando con pasearse por la Wikipedia o acercarse al video club que aún resista y alquilar ‘Atrapado en el tiempo’, la película que registra los extraños avatares de la mascota llamada Phil y demás héroes y heroínas de esa historia tan singular. El día de marras se emplea también como metáfora de cuanto sigue: la tendencia, que también anida en estas líneas, de regresar siempre sobre nuestros pasos, con una declarada vocación melancólica y derramar en nuestro caso una lágrima imaginaria por los bares que perdimos durante el año pasado. Nada que no quedara ya escrito en el 2019 respecto al 2018. Y así sucesivamente: van desapareciendo algunas barras conspicuas con puntualidad ferroviaria y uno no deja de lamentarse, porque pierde el paisaje ciudadano y pierde en consecuencia el vecindario donde se alojaban.

Es un lamento cíclico y también común. El recién reelegido al frente de la patronal riojana, Francisco Berges, se quejaba en sus primeras declaraciones esta misma semana por ese continuo goteo de bares que se despiden por el sumidero de la crisis sistémica que azota al sector. Bares del centro de Logroño, de su periferia y también (por supuesto) de La Rioja interior. Todos esos bares que se fueron el año pasado, que en algún caso tenían puesta la fecha de caducidad desde meses atrás: alrededor del último día del 2019, ese 31 de diciembre fatídico para su suerte, sus dueños decidieron que no aguantaban más y se ahorraron con el cierre los gastos consiguientes que acechaban a la vuelta del siguiente año: ese 1 de enero que además traía consigo subidas tributarias o de otra índole, que terminaban de complicar su existencia.

¿Qué contaba Berges en ese teletipo de la agencia Efe, desde su privilegiada atalaya del Ópera de la calle San Antón? Una serie de frases temibles, un análisis sombrío del universo de nuestros bares. Que el 2019 fue “peor que el anterior” para el sector hostelero riojano y de ahí su pesimismo respecto al futuro: según sus fúnebres presagios, descontando los cierres de bares y restaurantes de las nuevas aperturas, hay un déficit de 85 negocios menos en La Rioja en apenas un año. Con una serie de causas bien identificadas: “La hostelería ha cambiado mucho y muy deprisa”. “En el centro de Logroño cada vez hay más cadenas grandes y menos establecimientos pequeños, mientras que en los pueblos han cerrado muchos locales familiares”, añadía. Y su mensaje evitaba todo resquicio a la esperanza en el 2020 todavía recién estrenado, que llega con subida de impuestos, “mientras que los hosteleros tienen complicado aumentar los precios a los clientes, quienes han reducido mucho el consumo”. Por ejemplo, Berges detecta una anomalía curiosa: la parroquia parece haber renunciado “casi totalmente” a las copas durante las noches de los fines de semana.

El dilema al que se enfrenta el sector en su conjunto recuerda bastante, según se desprende de las palabras de Berges, al que reflejaba aquel entrenador llamado Tim, para quien el fútbol era una manta pequeña: si te cubres la cabeza, los pies se quedan fríos. Porque de ese preocupante panorama no puede salir la hostelería con la falta de mano de obra cualificada que se observa desde hace demasiado tiempo (“Hay muy poca gente que quiera trabajar en festivos y fines de semana, los jóvenes relegan la hostelería a un trabajo de paso y, en cuanto pueden, se marchan a otro sitio”) pero tampoco manteniendo el actual ecosistema de retribuciones: los camareros se quejan en general de salarios bajos, lo cual explica su tendencia a emigrar. A otras barras o a otros negocios. Un panorama que se refleja en la frase con que Berges resume la situación del sector: “Es bastante complicado conseguir un buen camarero y después conservarlo”.

Resumen: que viene un año complicado. Aunque algunas recientes aperturas alegran el espíritu (el Kabanoba, por ejemplo, recién aterrizado en Laurel), mientras se repasa estas declaraciones del jefe de la hostelería riojana pesa en mi ánimo la tristeza por alguna de esas despedidas todavía recientes. El 2019 fue el año en que dijimos adiós al Iturza, por ejemplo. O al recordado Alfonso. Y también al último intento de resurrección de La Granja. Cuya actual fachada, un insulto al buen gusto y un homenaje al incivismo, preside estas líneas y sirve como desolador símbolo de todos esos bares que ya se fueron.

P. D. El feo aspecto que presenta el sector del comercio en general no sólo se refleja en el preocupante balance del 2019 en materia de bares. Cualquier paseante por Logroño y alrededores habrá observado cómo el primer día del año en curso significó la desaparición de unos cuantos establecimientos emblemáticos, cuyos dueños bajaron para siempre la persiana. Comercios de todo tipo: cada logroñés sabrá valorar cuáles de esas despedidas le afectó en mayor medida: vaya aquí un recuerdo para uno que me dejó noqueado. El cierre del videoclub Chaplin de la calle Padre Claret, que significa también el fin de toda una época. La época en que un negocio de esta naturaleza tenía sentido.

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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