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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

Un par de novedades en Laurel

 

Alguna vez ha aparecido entre estas líneas el suculento espacio de bares vertebrado alrededor de la calle Ponzano de Madrid, un núcleo irradiador de tragos y bocados muy recomendable. Con una particularidad, donde reside a mi humilde juicio parte de su encanto: la fenomenal diversidad de tipología de todas aquellas barras. Donde cabe desde la querida taberna al castizo mesón, pasando por la marisquería madrileña de toda la vida, el bar de barrio, el fenómeno gastrobar y hasta la churrería, primer rincón que debe visitar el improbable lector en cuando aparque el coche. Es una dicha enorme ir de bar en bar como quien cambia de universo hostelero, como un viaje alrededor de todas esas posibilidades que hay de practicar nuestro pasatiempo favorito. Un total de 80 locales, a los que debe añadirse los emplazados en las calles adyacentes, que participan del mismo éxito. El típico éxito que puede acabar expidiendo tu certificado de defunción.

Pero esa es otra historia. La que sigue tiene que ver con la extensión del modelo Ponzano hasta los confines de Logroño, el corazón de su propia ronda de bares. La calle Laurel. Donde se viene practicando esta moda reciente de la diferenciación tipológica, de manera que a los bares de toda la vida, devotos del monopincho más o menos (la tortilla del Sebas, la ensalada de El Soldado, el champi del Soriano o del Ángel, la oreja del Perchas) se han ido añadiendo alternativas que profundizan en una renovación de la calle. Que tiene sus detractores pero que a mí me parece que por el contrario contribuyen a animar nuestro entretenimiento predilecto: oxigenan la ronda, la dotan de atractivos y configuran una paleta de bares más rica que la de antaño.

El fenómeno es reciente, más o menos, en términos históricos pero continúa añadiendo nuevs cuentas a ese rosario. Desde hace apenas unos días, dos nuevas incorporaciones revelan que en efecto cabían más bares en la calle. Ambos, por cierto, ocupan el espacio que dejaron vacante dos negocios caídos en distintas épocas; casi sin que se terminaran de cerrar las puertas del anterior establecimiento, el Kabanova reabrió en ese tramo postrero de la calle con una oferta más gastronómica y de restauración que propiamente de bar, aunque (por eso aparece por aquí) también es un bar: dispone de una sucinta barra, muy rica en jugosas golosinas, y una estimable carta de vinos y cervezas. Entre los primeros, por cierto, unas cuantas botellas de otras denominaciones, una tendencia cada vez más habitual. Y cuenta además con unas mesitas donde despachar sus suculentas creaciones, que se preparan a la vista de la clientela. Más al fondo, el restaurante en sí, que recupera para la causa una marca que ganó justa fama en su anterior emplazamiento: algo querrá decir que se mude a la Laurel. Cuya personalidad, por cierto, brilla entre las creaciones que nacen en sus fogones en formato pincho.

 

 

Unos metros más allá, Casa Víctor ocupa el espacio que dejó vacío (un vacío como el alumbrado en nuestro corazón tan logroñés) el añorado La Simpatía. Ya se ha mencionado aquí la alegría desatada tiempo atrás, cuando supimos que reabría sus puertas, bajo nueva dirección, renovadísima fisonomía y una apuesta muy decidida por convertirse en un bar de los agrupados bajo la tipología de abierto las 24 horas. O casi. Quiere decirse que sirve para el picoteo matinal, para prolongar el aperitivo, para las rondas nocturnas y casi que ingresa incluso en la medianoche, el territorio antaño vedado para la clientela conspicua que ahora, sin embargo, cada vez reclama más bares que alberguen sus incursiones en las horas fronterizas con la madrugada. El día de su inauguración, presentaba un lleno tan apoteósico que obligará a una nueva visita para calibrar con mayor fidelidad sus posibilidades y su desempeño. De momento, debe felicitarse a quienes emprenden un proyecto tan renovador. Que ayuda a configurar una nueva identidad para la calle emblemática de Logroño en sus bares y demuestra, por otro lado, que la convivencia entre dispares representa una feliz realidad en el ombligo de la ciudad. Y que supone una admirable adaptación al signo de los tiempos: me malicio que ese turisteo que ha convertido la calle en su espacio temático para los fines de semana reclama bares de este tipo igual que se chifla con los de siempre. Laurel, como Ponzano: bares para todo el mundo.

 

 

P. D. La calle Ponzano vive por cierto estos días un conato de rebelión, promovido por los vecinos que allí residen. La calle, y el barrio, se han puesto tan de moda que han acabado sucumbiendo a la temible gentrificación, de perversos efectos. Suben los precios de vivienda en propiedad y alquileres, también los de la cesta de la compra, crecen el ruido y otras molestias y el vecindario de toda la vida acaba poniendo el grito en el cielo, reclamando espacio para sus quejas en los medios de comunicación. Como se trata de una zona residencial, alojada en el corazón de Chamberí, se entiende que allí, al contrario que en Logroño, la convivencia resulta más complicada. Ventajas de la calle Laurel: cuenta con pocos vecinos y por lo general las molestias mencionadas aquí no son tales. Con la particularidad que para la medianoche la calle declina y con el añadido de que la animación casi se limita a un par de noches a la semana. No, Laurel no es Ponzano. ¿Todavía?

Temas

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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