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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

Llanto por el Chufo

 

Conocí a Abel en otra glaciación, cuando lucía melenita yeyé, pantalón de campaña y pelambrera en la pechera, como camarero en las piscinas de Cantabria. Ya entonces era el actual Abel. Un camarero, eficaz, discreto. Muy vivo, un profesional de los que ya no quedan: sabía lo que ibas a pedir antes que tú mismo. Un camarero anticipatorio, a quien luego observé en otras encarnaciones a lo largo de las diferentes barras logroñesas que fue defendiendo: El Pasaje, la cafetería que aún resiste entre Gran Vía y Avenida de Portugal, y Tívoli. Apenas lo recuerdo sin embargo en otro local donde compartió felicidad con su compañera en tantas andanzas, la ingeniosa Rosa. El bar de Puente Madre, alojado junto a la Fuente de los Zapateros: emblema del Logroño castizo y última parada de la pareja antes de aterrizar ahí donde lo recordará el improbable lector, en su destino postrero: el Mesón Chufo. Donde se desempeñaba durante 28 años con el mismo rigor, la misma clase, el mismo estilo. Un camarero fino, servicial, atento. Y una barra ejemplar, en la esquina entre Guardia Civil y Saturnino Ulargui que dice adiós. Lloremos con ellos.

Lloremos de pena pero también de felicidad. Porque la jubilación prometida, ese edén que tardaba en llegar, se materializa ante sus ojos y los nuestros y merece por lo tanto celebrarla como merece, lágrimas incluidas si es necesario. Pero son también lágrimas de pesar porque durante largo tiempo han hecho de su local una referencia ciudadana con tanto mimo, con tanto éxito, que verles partir hacia la condición de pensionistas, en efecto, da un poco de pena. Pena doble: porque Logroño pierde una de sus barras conspicuas, modélica, y porque no han tenido éxito Abel y Rosa en la búsqueda de sucesores. Meses y meses esperando que alguien se animara a tomar su relevo sin que haya fraguado la posibilidad de que el Chufo prosiguiera su actividad bajo otras manos.

Y no. No hubo suerte. Así que Abel y Rosa dejan vacante esa esquina igual que dejan vacío otro recuerdo, su legendaria aportación a la memoria gastronómica logroñesa. Fueron ellos los primeros en servir en la ciudad esa rareza llamada erizos de mar. O los cogollos de Tudela en ensalada, manjar desconocido hasta que ellos se animaron a servirlo. Sus alcachofas con foie y huevo, por ejemplo, servían como bandera del Mesón, igual que otra misteriosa condición que conocen sólo los más devotos: el Chufo, como sede oficiosa de los Jueves Flamencos, porque los primeros artistas que inauguraron esta veta de la programación del vecino Bretón empezaron a dejarse caer por allí y… El resto es leyenda. Leyenda logroñesa.

Una leyenda agigantada por el confort que aseguraba la pareja de futuros jubilados. Ingresar en sus dominios aseguraba ese grial que el parroquiano suele reclamaba de sus bares favoritos: estar en ellos mejor que en casa. Es un intangible que pocos locales adquieren que, en el caso del Chufo, se sustanciaba en esa carta repleta de ricas golosinas, un servicio muy profesional y una atmósfera sosegada, que predisponía a la tertulia. Disponía incluso de ese otro intangible que tantos locales ansían y pocos atrapan: contar con una legión de clientes que eran más que eso. Fanáticos seguidores de su cocina, de esa manera de entender la hostelería que se bate ya en retirada. Familias que se suceden a través de varias generaciones, ese éxito que pocos bares llegan a alcanzar pero que era muy evidente en su caso: los niños que se iniciaron en el recetario de Rosa acuden ahora con su propia prole a darse un homenaje que se acaba de interrumpir repentinamente.

Su cierre depara una oleada de nostalgia y también algún desconcierto. Porque sucede justo cuando esa zona presenta un aspecto fetén, con una gavilla de bares muy atractivos desparramados en poco espacio, una ronda alternativa a la calle Laurel y alrededores que tiene muy buena pinta y el aspecto de ir creciendo en alicientes. En esta coyuntura puede alegarse que la despedida del Chufo causará sorpresa pero debe añadirse que cuando alguien, una pareja como Abel y Rosa, convierten su bar en algo más que un bar (una enseña, una manera de estar en el mundo) ese bar se va con ellos. Lo han adherido con tanta intensidad a sus propias personalidades que se explica que el Chufo no haya resucitado bajo otra dirección. Porque, entre otras cosas, ese Chufo no sería lo mismo. No sería nuestro Chufo. El mejor mesón de Logroño que hoy dice adiós.

P. D. Abel Carazo está dotado para la cháchara y el anecdotario. Se lanza con la moviola y se ve a sí mismo como queda retratado en el comienzo de estas líneas: cuando era un jovencito que atendía la barra de una discoteca de moda en Playa de Aro y tropezó con Julio Iglesias, nada menos. Cuenta también sus andanzas tronchantes por Tenerife, por su Soria natal, por los locales donde prestó servicios en Logroño recién llegado luego de una breve etapa en Burgos. Su paso por el Llacolén o por la cafetería de Los Bracos hasta desembocar en el Chufo a las órdenes de Julio Bayano y tomar después bajo su mando la dirección del local en compañía de Rosa. Ella, en los fogones; él, tras la barra. Una estampa logroñesa que ya no volverá.

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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