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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

Días sin bares (tercera parte)

 

Como para cualquier integrante de mi generación, el acontecimiento que rescataremos siempre de nuestra infancia será (junto al éxito de Massiel en Eurovisión) el alunizaje de Armstrong, Collins y Aldrin, unas imágenes que todavía me admiran: entiendo perfectamente a quienes sostengan que es un cuento de la Nasa toda la conquista espacial porque, en efecto, esa maravilla tiene mucho de increíble. De los distintos hitos que caracterizaron aquella epoyeya, cada cual tendrá sus predilecciones. En mi caso, hay un momento estelar: cuando la plataforma se descuelga del cohete y cuando vuelve a conectarse con él, luego del paseo más famoso de la historia. Aunque debo confesar que otro momento muy intrigante de la conquista de la Luna me sorprendió entonces con tal intensidad que me viene cada día a la memoria en estas hora de confinamiento: la llamada descompresión.

Dícese de esos días que, luego de su regreso a Cabo Cañaveral (me encanta ese nombre), tuvieron que aguardar nuestros tres héroes metidos en una especie de burbuja para despojarse de los efectos negativos derivados de su viaje hacia los confines del universo. A mí me hipnotizaban aquellas imágenes, tanto como esas otras durante las cuales se veía al trío de astronautas divirtiéndose en una especie de chiquipark de la época donde la pista de bolas de nuestros días era entonces un espacio carente de gravedad, donde flotar hasta el infinito (y más allá). La descompresión posterior debía entenderse como lo contrario al entrenamiento previo: otro adiestramiento para la vida que aguardaba a los tres tripulantes del Apolo una vez que habían inscrito sus nombres en la posteridad. Descomprimirse significaba, según iba entendiendo yo a medida que se prolonga el cautiverio de esos tres caballeros, una manera de volver a la vida. Natural por lo tanto que el claustro donde entretenían la espera me recordara tanto al vientre materno. Sólo le faltaba su propio líquido amniótico, aunque supongo que los químicos de la NASA algo ayudarían para mejorar la salud de sus chicos.

Si recuerdo hoy aquella peripecia es porque no dejo de darle vueltas a esa idea de la descompresión. Cómo será nuestra vida futura cuando este suplicio concluya. Cómo volveremos a ser nosotros mismos y, por ejemplo, cómo será nuestra conducta como clientes de nuestros bares de confianza. Preguntas que me hago. Respuestas que surgen espontáneamente: dudo mucho que nos comportemos igual que hasta la llegada del maldito virus. No creo que toleremos con la deportividad de anteayer la falta de higiene de algunas barras: donde veíamos pintoresquismo y color local, observaremos mañana escasa prolifalixis. También sospecho que cuando tropecemos con un bar atestado de clientela, abandonaremos ese hábito tan nuestro y dejaremos de probar suerte a ver si cabemos (“Allá al fondo veo un sitio”). Otro tanto ocurrirá, me malicio, cuando ingresemos en la calle Laurel hoy vacía (como se observa en la magnífica e inquietante imagen de Justo Rodríguez que preside estas líneas) y a la altura del Ángel y el Donosti, por citar los dos locales que ejercen de fieltro, no consigamos avanzar porque lo impide la muchedumbre de rigor.

Son sólo tres detalles, tal vez menores, pero elocuentes a mi humilde juicio de los días que nos aguardan. Porque estoy seguro de que volveremos igual que estoy seguro de que la cuarentena nos habrá transformado. Seremos otros, quién sabe si mejores. Pero otros. Otros clientes más exigentes en materia de consumo de nuestros bocados y tragos favoritos, lo cual elevará en consecuencia su propio nivel de exigencia al sector de la hostelería en general. Obsérvese un caso reciente y curioso, una de las primeras hazañas del virus: incluso los bares de San Sebastián se ven ahora obligados a tapar sus pinchos y guarecerlos tras unas vitrinas, como es norma en otros sitios (Logroño, sin ir más lejos que al bar de la esquina). Según deduzco de las opiniones recogidas en esta casa misma casa por mis compañeros de redacción, los dueños de los bares son los primeros en reconocer que deberán transformar sus estrategias para captar de nuevo nuestra atención. Al menos, en las primeras semanas luego del confinamiento. Durante las cuales, todos nos deberemos someter a nuestra propia táctica de descompresión. Por si algún improbable lector está interesado, la mía consistirá en regresar a mis bares favoritos sólo cuando me garanticen que sus propietarios cumplen con las medidas higienistas que ahora colonizan nuestros días. Y que deberían haber llegado para quedarse.

P. D. La foto arriba mencionada, ese querido rincón donde la calle Laurel se funde con la Travesía, junto al callejón que conecta con Bretón a través del muro del Blanco y Negro, me instaló en un estado de melancolía nada más tropezar mis ojos con ella. Melancolía por partida doble. Porque añoro como el que más los felices y despreocupados días de ingesta en nuestros bares predilectos. Y porque me pregunto más que nunca sobre la pertinencia de una costumbre (el reparto de viandas a domicilio que protagoniza el ciclista de la foto) que me resulta extraña y hasta perjudicial en época de mayor celo profiláctico. Me ha parecido siempre que tenía algo de caprichoso pedir que nos sirvan a domicilio mercancías que cualquiera puede prepararse en su fogón o su horno, pecado en el que yo mismo alguna vez incurrido. Hoy me resulta directamente temerario. Para todos. Para el que lo encarga, el que lo sirve y para quienes nos podamos cruzar en su camino.

Temas

Laurel, virus

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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