Salen a la luz cuando la ciudad menos se lo espera despertando la admiración de propios y extraños. Y lo hacen casi siempre, paradojas de nuestro patrimonio, gracias a la pala excavadora y al martillo neumático. Sucedió hace más de un año con el derribo del conocido edificio de Los Gabrieles y ha vuelto a pasar ahora con la demolición del número 5 de la calle Rodríguez Paterna.
Si ya entonces las obras sacaban a la luz uno de los tesoros que permanecían ‘ocultos’ en una de las cornisas del Mercado de San Blas (y digo oculto porque desde la calle del Peso, sencillamente, no había giro de cabeza que permitiese la perspectiva visual que el derribo hace ahora posible…), hoy las mismas hacen lo propio con los muros de la cabecera sur y de la parte inferior de la torre de la iglesia de San Bartolomé (pues en estos días puede contemplarse el torreón en su integridad por vez primera desde como poco el siglo XIX).
Hoy, como hace ahora más de un año, ya hay voces que, recurriendo al si yo fuera…, abogan por frenar la edificación y recuperar parte de ese espacio para la ciudadanía y, como ya pidiesen en Bretón de los Herreros, plantean incorporar el espacio resultante, en el segundo de los casos, a la plaza de San Bartolomé.
Difícil se antoja… muy difícil, pero dicho queda. Más fácil sería estar atentos por lo que pueda pasar en torno al antiguo edificio de Correos, pues lo del hotel va… va y en serio.
P.D.
Fotos de Juan Marín, Miguel Herreros y Justo Rodríguez.