En estas últimas semanas, el Mogreb es un incendio, aunque, bien mirado, África ha sido un incendio casi siempre. Recordemos, en lo que la vida nos alcanza o, alargando el tiempo un poco más, en el siglo XX, África siempre ha tenido guerras. Comenzó ese siglo funesto con la española guerra de Marruecos y con la guerra de Inglaterra contra los boers, colonos holandeses; después, Italia invadió Abisinia, antes de que la segunda guerra mundial extendiese sus batallas por el desierto africano; Francia tuvo su guerra de Argelia, Egipto la del Sinaí y nosotros la de Ifni; y Bélgica dejó el Congo con otra guerra civil por la secesión de Katanga. Cuando parecía que la descolonización generalizada acabaría con las guerras, comenzaron multitud de conflictos armados: Rhodesia, Etiopía y Eritrea, el cuerno de África, Sudán, Angola, Zaire, Ruanda, Sierra Leona, Liberia, Chad… y la guerra encubierta de Sudáfrica, motivada por el “apartheid”; guerras civiles o guerras étnicas, toda África negra ha sido un campo de batalla, con un mercado muy próspero para los traficantes y fabricantes de armas y un martirio para mujeres y niños: las mujeres han sido carne de violación y los niños han podido elegir entre el hambre y el Kalashnikov. Las grandes potencias, y no tanto, se han conformado con colocar sus armas obsoletas y favorecer gobiernos amigos que pusieran a su disposición los recursos naturales.
El Mogreb, con gobiernos semidictatoriales que ponían freno al islamismo radical, parecía librarse de esta epidemia guerrera, hasta que, en las últimas semanas, parece que se incendia. Primero, en Túnez, el pueblo se levanta contra sus gobernantes y propicia su caída; después, en Egipto, parece que está ocurriendo lo mismo, y el contagio continúa. De entrada, uno mira con buenos ojos estas mareas humanas que piden libertad, pero la experiencia de otros lugares hace ser más cauto, porque las elecciones suelen acabar en triunfos islamistas y en gobiernos teocráticos. En cualquier caso, cada país es muy libre de elegir su forma de gobierno, aunque acabe siendo dominado temporalmente por una Inquisición con turbante.
Parece una maldición, lo del continente negro, sumido siempre en sangrientas guerras inacabables, y la culpa es de todos: de las potencias coloniales, incapaces o sin voluntad de dejar democracias en sus antiguas colonias; de las grandes potencias, más preocupadas en mantener gobiernos amigos que en fomentar gobiernos democráticos; de los países exportadores de armas, que no quieren perder sus pingües beneficios, aunque los fusiles acaben en manos infantiles; de los propios africanos, incapaces de superar su concepción tribal de la vida o su concepción religiosa; y de todos los que miramos hacia otro sitio, ante lo que sucede, y callamos.
“ALONSO CHÁVARRI”