Ya se sabe que “al perro flaco todo se le vuelven pulgas” y que “por si éramos pocos, parió la abuela”; pues eso, que, como no nos llega la ropa al calcetín, están mirando como dar un tijeretazo y cortar el pantalón por la rodilla. Así que se está especulando, y supongo que analizando, qué impuestos se pueden aumentar o añadir a esa dolorosa lista, que no es la de Schindler precisamente. Con los impuestos ocurre como con la lotería, pero al revés, nos gustan aquellos que sólo tienen que pagar los demás. Por eso me gustaban el impuesto de patrimonio y el del tabaco, porque no me tocaba pagarlos, pero me repatean los impuestos al automóvil que, por cierto, son “tropecientos”. Si uno se pone a analizar los impuestos relacionados con el coche, resulta que, al comprarlo, ya se paga un impuesto –antes se llamaba “de lujo”, ahora no sé a cual está asimilado, pero se paga-; también se paga el impuesto de circulación al Ayuntamiento, que se supone es para poder circular y aparcar en la calle, pero si aparcas tienes que echar monedas, que es otro impuesto; y por el garaje también se paga la contribución, que ahora se paga de dos veces, para que no se note que ha subido; si vas por autopista, a pagar, y de la gasolina mejor no hablamos, porque la mayor parte de su precio son impuestos y de los que te torean: resulta que casi todos compramos coches diesel, porque el gasoil estaba a mitad de precio que la gasolina y, en unos años, le dan la vuelta y ya está más caro que su hermana gasolina. Y hay más impuestos relacionados con el automóvil: I.V.A. de las piezas de recambio y de la mano de obra en las reparaciones…, y algunos que me dejaré o que ni conozco.
Pues bien, acabo de ver en el teletexto la noticia –tal vez sea un globo sonda o un avance para acostumbrar al personal- de que quieren poner un impuesto para el que utilice las autovías. La primera versión del rumor dice que pagarán aquellos que las utilicen más de 40 kilómetros diarios, de media, pero ya saben que en sucesivas versiones las cosas cambian y acabaremos pagando casi todos, como siempre. De todas formas, esperaré a que se concrete este impuesto para pronunciarme sobre él; ya saben, si me toca pagarlo, será una vergüenza y, si no, puede que me parezca hasta conveniente. De lo que no me cabe duda es de que tiene gran probabilidad que se concrete este impuesto, más que el ahorrar suprimiendo el Senado o desapareciendo asesores que no asesoran. Ya sabemos que donde hay capitán no manda marinero. Y a alguno, que frecuenta demasiado las gasolineras, podría aplicársele aquello de “el trapo llegado a toalla no encuentra clavo donde colgalla”.
“ALONSO CHÁVARRI”