Acabo de topar con el fisco: con media docena funcionarios, otras tantas ventanillas, la máquina de los tickets de espera, varias sonrisitas y un modelo 390 rellenado como he podido por una declaración esporádica de IVA olvidada, aunque pagada. Pero lo malo es que me voy con el temor de tener que volver a pasar por lo mismo.
La historia se remonta a finales del 2010, cuando me encargaron una colaboración literaria externa. Expliqué a mi pagador que estaba exenta de IVA, pero me dijo que tenía que corroborarlo con la Agencia Tributaria antes de modificarme la factura. Acudí a la AET e indiqué a una funcionaria el tema, pero, con el manual del IVA en mano, me explicó que la exención del impuesto era interpretable, así que, para resolver el tema cuanto antes, le dije que me pusiera el tipo general (16%) y que yo pagaba lo que fuera porque mi pagador debía cerrar el ejecicio fiscal.
Cumplimenté un impreso de declaración trimestral y hace unos días recibí un aviso con advertencia de “grave sanción pecuniaria” si no presentaba la declaración anual. El caso es que por la mañana he ido a Hacienda a aclarar el asunto y recogí el preceptivo ticket para ser atendido en información. Unos diez minutos después, le explico el problema a una funcionaria y, sobre todo, que, por motivos personales ajenos a mi voluntad (que a ella le detallo), he perdido aquella declaración trimestral que yo daba por finalizada. Le pido que por favor acceda al ordenador y me diga los datos para cumplimentar la anual, pero me aclara que debo pedir un certificado de la declaración y que además en dicho certificado no va a figurar más que el resultado y que, en cualquier caso, tengo que cambiar de ventanilla.
Voy donde otro funcionario al que vuelvo a contar mi vida personal para justificar mi error y le pregunto si puede consultar la pantalla para darme los datos. Echa una sonrisita: “Así que ¿ya te han dicho que lo único que te podemos certificar es el resultado?, pues así es”. Coño, me dan ganas de pedir disculpas por ser tan imbécil, pero le insisto. “¿Pero la Agencia Tributaria no tiene copia de aquella declaración?”. “Lo único que le puedo dar es el resultado”, insiste. Pues gracias amigo, pienso yo, pero “¿me vale para algo?”. “Si calculas el tipo de IVA, el 18%, sobre el resultado podrás obtener la base liquidable…”, me responde. “Ya, pero -apunto- esto era del 2010 y creo que había otro tipo de IVA”. “Ah!, pues no lo sé –me replica el funcionario-, de eso tendrás que informarte”.
Pienso por momentos si me he equivocado de puerta y estoy en la pescadería. El caso es que, supongo que al verme la cara de perdido, al final me aclara el mismo funcionario que el IVA entonces era el 16% y sospecho que, mirando la pantalla como le había pedido inicialmente, me da por fin los datos: tanto de liquidación como de IVA aplicado y del tanto pagado.
De ahí, paso a recoger los impresos en una ventanilla que está al lado y vacía. Le pido el modelo 390, el del IVA anual. “¿Ha cogido usted ticket?”, me dice otro funcionario. “Pues no –respondo-, es que como no había nadie”. Cojo el ticket y vuelvo a la misma ventanilla. “Ahora, sí”, me contesta amablemente y le pago dos leuros por los impresos.
Abro la carpeta y compruebo que hace falta al menos talar un árbol para obtener papel para tamaña documentación. Por supuesto, no entiendo nada de lo que dicen las casillas fiscales, así que, después de rellenar el NIF y el nombre y apellidos, me acerco a la cuarta ventanilla (entrega de declaraciones), previa impresión de ticket por supuesto esta vez pese a que no hay nadie tampoco, y le pregunto a la chica si puede ayudarme. “No, yo no tengo ni idea; debe usted ir a información, pero no se preocupe que, con este mismo número de ticket , yo le paso”.
Vuelvo a donde empecé y espero al monitor que confirma las citas. Efectivamente, una leyenda dice en el monitor que se puede utilizar un mismo número para varios trámites, pero pasan cuatro, cinco… contribuyentes más, y decido coger un ticket nuevo específico para información. El número único supuestamente para agilizar coincide con el nuevo que he cogido a la hora de ser atendido, así que el sistema no funciona demasiado bien. Es otra funcionaria diferente a la primera la que me atiendo ahora, así que vuelvo a contarle mi descuido, y mi vida personal, y le pido por favor que me ayude con la documentación, que en la segunda ventanilla me habían dicho que era muy fácil, pero que no entiendo nada de las doce hojas que me han dado para rellenar.
Amablemente, me ayuda y me dice que, cómo no pido devolución ni bonificación, no me preocupe, que es sólo un trámite y que sólo tengo que rellenar una casilla con lo cobrado y lo pagado y seguirla hasta abajo a lo largo de la declaración. Eso sí pongo, mis datos fiscales y nombre en la docena de hojas. Vuelvo a registro y la funcionaria me quita al menos ocho de las doce hojas, que supongo van a la basura (bueno, los dos euros los he pagado yo) y, por fin, presento la declaración.
Aunque supongo que hasta la próxima comunicación de la Agencia Tributaria en la que me advertirá, bajo riesgo de “grave sanción pecuniaria”, que he cometido algún error y que debo presentar otra, ya que el tonto del IVA, que ya pagó, se ha fijado en que en los impresos que rellené estuve a punto de marcar una casilla que dice “declaración sustitutiva” y que supongo que será para que repitamos el proceso aquellos que no entendemos nada.
Me voy a trabajar, pero de camino mecagüen las muelas de todos estos marqueteros, cuyas frases acaban todas en ‘ing’ que han inventado eso que llaman procesos y que, segmentando departamento por departamento con la excusa de lo que han llamado ‘excelencia’ en la gestión, han conseguido que lo que debía ser un trámite administrativo se haya convertido en el más ineficaz de los vodeviles tributarios.