Dos muestras de los mensajes que se pueden leer en el buzón del Cabezo del Santo.
Pocos buzones de montaña deparan tantas sorpresas como el situado en el monte Cabezo del Santo, a 1.854 metros de altitud. Más que exponer la experiencia que entraña ascender a este coloso riojano, del que me ocupare en otras líneas, este relato viene a reconocer el mérito de los aficionados al monte que dejan estos escritos como testigo de su esfuerzo tras alcanzar la cumbre. Inspiradas por los paisajes y el silencio, pero condicionadas muchas veces por la adversa climatología, estas piezas de texto suelen tener como común denominador su brevedad, un apunte de su procedencia y la rúbrica de sus protagonistas.
Hablamos del Cabezo del Santo porque el buzón enclavado en su cima esconde no una ni dos ni tres notas, como suele ser costumbre en los montes riojanos, sino cuadernos enteros. Asi tuvo ocasión de comprobarlo este periodista y los dos acompañantes que el pasado verano compartieron excursión a esta montaña. La lectura de las cuartillas nos brindó un entretenimiento durante un buen rato antes de lanzarnos pendiente abajo hacia Brieva. Valgan de prueba las imágenes que acompañan a este relato.
La primera fotografía recoge la desafortunada experiencia de un montañero a quien se le iba congelando el boli azul mientras escribía a cuatro grados bajo cero. Dan fe de ello las líneas escritas más abajo en color negro, al parecer con otro boli que se conservaba más caliente. El autor, según anotó más abajo, debía proceder de la vecina Soria y tuvo la valentía de subir a la montaña un 9 de febrero. El mismo boli, también negro, debió emplear el navarro que hizo cumbre 14 días después y que no acertó a dejar más que un escueto mensaje de tres líneas escrito en euskera. Es de suponer que también hacía mucho frío.
Y qué comentar de la segunda imagen. Reproduce el escrito de un tal ‘Yo’ que se lió con un tal Dani tras hacer cima en el Cabezo. “Por fin, Dani y yo en esta cumbre solitaria hemos salido del armario”, reza el texto del mensaje. Ya no era febrero entonces, sino finales de junio y uno se imagina que hacía más calor y las vistas eran magníficas. A saber lo que ocurrió allí. Menos finura desprende el texto que dejaron en la misma página tres días después. “Hace un día cojonudo”, escribió su autor para expresar su enorme regocijo. ¿Procedencia? ‘Aupa Montemediano’. Y más abajo, un par de renglones en ¡¡¡INGLÉS!!! Y yo que creía que el Cabezo era una montaña solitaria.