Dos ruedas, siete valles. Cruzando La Rioja en bicicleta de montaña (1ª etapa) | Ruta de escape - Blogs larioja.com

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Javier Ezquerro

Ruta de escape

Dos ruedas, siete valles. Cruzando La Rioja en bicicleta de montaña (1ª etapa)

Ya anticipaba en el post anterior el propósito de cuatro buenos amigos de atravesar La Rioja en bicicleta de montaña desde Ezcaray hasta Alfaro cruzando las sierras de la región. Pues bien, hoy ya puedo decir que el desafío se ha cumplido y con plena satisfacción aunque en la última etapa hubo que modificar los planes para finalizar la aventura en Arnedo en lugar de Alfaro por motivos de logística. En cualquier caso, pudimos completar la denominada ruta de los Siete Valles, sin duda una de las mejores travesías de BTT que se pueden hacer en nuestra región, tanto por los desafíos técnicos como por el esfuerzo físico que entraña, pero también por la escenografía natural y cultural que envuelve al ciclista durante todo su recorrido. Fueron solo tres días, pero la experiencia ha cundido tanto entre nosotros que compartimos la sensación de que hemos estado mucho más tiempo pedaleando y saboreando las riquezas que atesoran las sierras de nuestra región. La diversidad paisajística de La Rioja se hace patente en tres jornadas en las que se empieza atravesando hayedos y prados alpinos de la Demanda y se finaliza extasiado por la austeridad vegetal y el silencio más rotundo de los valles más orientales de este pedacito de España encajado entre el País Vasco, Navarra, Aragón y Castilla.

Sí, como decía, la travesía comenzó en Ezcaray con mucha ilusión y cierta inquietud motivada por un día nublado y algo lluvioso que podía multiplicar las dificultades de una jornada ya de por sí dura. Ante nosotros teníamos más de 70 kilómetros de una etapa de alta montaña que prevíamos finalizar en El Rasillo. Rumiando nuestros temores, enfilamos el primer tramo de la etapa siguiendo el curso del GR-93 en dirección a Turza, una primera ascensión sin apenas complicación por el fondo de un valle repleto de humedad que enseguida nos depositó en la aldea ezcarayense, cuyo caserío goza hoy de un aspecto bastante más saludable que hace unos años, cuando era pura ruina. De aquí al refugio de Bonicaparra, algo más arriba, optamos por seguir la pista asfaltada que serpentea entre un hayedo impresionante, fresco y oscuro, un tesoro vegetal de este rincón atlántico de La Rioja. Ya en el refugio, las vistas se abren hacia el valle del Oja y las cumbres más occidentales de la región en una inmensa postal que hacia el sur brinda los alicientes de las cercanas cimas peladas que preludian la proximidad del San Lorenzo. Tras un corto pedaleo hacia el norte, retomamos enseguida el GR en dirección a Pazuengos, que se alcanza tras un divertido descenso por el sendero y una puñetera ascensión por una pista ganadera. Asoma así Pazuengos, sus prados y una gran cantidad de cabezas de ganado en un enclave muy conocido por acoger un afamado sorteo de reses bovinas al que acuden todos los años ganaderos de varios puntos de la región. Tras un breve paréntesis para saludar a unos amigos que han hecho de este maravilloso balcón serrano su segundo lugar de residencia, continuamos ruta hacia el valle del Cárdenas dejándonos llevar nuevamente por el GR, que nos guió hacia nuevas sorpresas como una deliciosa senda entre un tupido bosque, primero de hayas y luego de robles, que acaba asomándose a uno de los enclaves más emblemáticos de la región, San Millán de la Cogolla. Desde las alturas, sus monasterios destacan como hitos arquitectónicos más visibles en una panorámica de montañas cayendo hacia el valle del Ebro y desparramándose en parcelas de cultivo a modo de almazuelas cosidas por hileras de chopos. Y a nuestras espaldas, una fila de cumbres elevándose progresivamente hasta culminar en el San Lorenzo, esquivo por las nubes que danzaban en su cima en una mañana en la que por fin empezaba a lucir el sol.

Comenzó en este punto el que, quizás, fue el descenso más complicado de la aventura, una caída hacia Lugar del Río con tramos muy técnicos, de puro enduro, que sólo los más valerosos y avezados ‘bikers’ pueden salvar sin morder el polvo. De manera que cuando la cosa se puso difícil, el que suscribe y el compañero José optaron por bajarse de la bicicleta mientras el especialista David gozaba como las cabras dando brincos entre las rocas en una rápida bajada hasta el fondo del valle. Agrupados de nuevo en Lugar del Río, entablamos conversación con un vecino para cotejar los datos que teníamos de la ascensión a las alturas del valle del Cárdenas, un territorio ignoto para los tres que emprendimos la aventura en Ezcaray. Este segundo gran desafío de la jornada discurrió tranquilo en su primera mitad, mientras la pista avanzaba en una subida progresiva sin mucha complicación por el fondo del valle, acompañados en todo momento por el sosegante sonido de las aguas del Cárdenas. Pero la cosa cambió a partir del área recreativa de los Corrales de Urre, en donde, con buen criterio, repusimos fuerzas antes de encarar las primeras rampas de la ascensión, que tuvimos que acometer con ‘todo metido’, como se suele decir en el argot ciclista. El objetivo era alcanzar nuevamente el GR que une la pista con el Collado de las Saleguillas por encima de los 1.600 metros de altitud. Tras unos largos minutos de zigzagueante subida que se dilató algo más de la cuenta por un extravío del que nos salvó el GPS volvimos a enlazar con el sendero, que nos obligó nuevamente a echar pie a tierra en tramos de alta dificultad técnica que quedaron compensados con creces por las grandiosas vistas sobre el valle del Cárdenas, esta vez en toda su inmensidad, desde las laderas de los Pancrudos hasta su salida en San Millán y Berceo.

 

Acuciados ya por las prisas y con la mente puesta en Valvanera con la idea de llegar antes de las tres de la tarde para no quedarnos sin comer, nos plantamos en el santuario de la patrona en un ‘plis plas’. Primero completamos un trecho por pista en suave ascenso que se asoma al valle de Tobía y el Rajao; después tocó un divertido descenso, a ratos por un camino, a ratos por una entretenida senda entre pinares y escobonales con algún tramito algo más complicado. Como si lo hubiésemos medido, el reloj de Valvanera daba las tres de la tarde cuando atravesamos los soportales de su patio. La larga travesía desde Ezcaray dejó un profundo hueco en nuestros estómagos que había que rellenar inmediatamente para no desfallecer, de modo que nos pusimos manos a la obra en el restaurante de la abadía. A falta de caparrones de Anguiano (se habían acabado) optamos por otras variantes del menú menos contundentes que engañaron el apetito, pero no nos saciaron como esperábamos. La verdad es que echamos en falta raciones algo más generosas. El café fue en el bar y, en mi caso, también un chupito de licor de Valvanera, por eso que dicen de que es digestivo. El resto de nuestra corta estancia en Valvanera se completó con una visita a la iglesia y unos instantes de silencio antes de retomar la ruta con el estómago aún digiriendo los alimentos.

Desde el monasterio, bajamos por la carretera, enfilamos el valle del Najerilla y en unos minutos estábamos ya en el valle del Roñas, una preciosidad, un verdadero vergel, pero también un reto colosal en la segunda mitad de su recorrido. La pista que asciende hasta el Collado de las Tres Marías es un calvario sin compasión, más si se hace después de comer, como fue el caso. Renqueando, con las pulsaciones desbordadas, sin palabras y sin más sonido que el de la propia respiración, cada uno de nosotros alcanzamos el collado al ritmo que pudimos. Otra vez a más de 1.600 metros de altitud, ahora por lo menos teníamos el aliciente de haber completado la última gran subida del día antes de precipitarnos en un relajado descenso por el valle del río Castejón hacia las proximidades de El Rasillo, final de etapa y origen de nuestra afición a la bicicleta de montaña. Coronado el valle del Roñas, hacia el este se abre el valle del Iregua y empieza el territorio de Cameros, que cruzaríamos al día siguiente en la segunda etapa de nuestra odísea ciclista. Pero antes se imponía tomar una buena jarra de cerveza con limón en el bar Plaza, de nuestro amigo Mati, estar con la familia y reponer fuerzas en casa.

 

 

MAPA Y DATOS DE LA RUTA

LONGITUD: 72,5 kilómetros.

DESNIVEL ACUMULADO: 2.644 metros

CARACTERÍSTICAS: La ruta combina tramos de pistas, senderos (GR-93 y GR-190) y algo de carretera. Los tramos de mayor dificultad se encuentran en los últimos kilómetros de bajada a Lugar del Río y en el sendero GR 190 que conecta la pista del alto valle del Cárdenas con el collado de las Saleguillas.

Impresiones, fotografías y rutas de mis escapadas por rincones de La Rioja.

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