Los aficionados a los deportes somos dados a las metáforas. Y a las abstracciones. Y al autoengaño: poniéndonos en la piel de esos muchachos que sudan, nos damos a pensar que lo hacen por nosotros. Más aún: que si ganan, de algún modo ganamos nosotros.
Es mentira, claro. Gana quien gana, pierde quien pierde, y cobra quien cobra. Siempre me ha divertido escuchar la palabra «mercenario» aplicada a un deportista como si fuera un insulto. Es de un candor casi tierno: le afeamos al futbolista que esté en nuestro equipo por dinero, en lugar de por amor a los colores. Que es lo lógico, parecemos decir. Como si nosotros estuviéramos en nuestra empresa por amor a su consejero delegado. (Casos habrá, no lo dudo).
Un reducto enorme de tanta ingenuidad es el Ahtletic Club de Bilbao. Allí, a la mistificación normal de los aficionados futboleros se une un componente de terruño que en el resto de los clubes ya ha desaparecido. Los leones son «nuestros», dicen, aunque ese posesivo se estire como un chicle según las conveniencias.
Tanta ingenuidad como se respira en San Mamés lleva a que, luego, el choque con la realidad sea más doloroso. Que se lo digan a Fernando Llorente. El chico tiene ya 27 tacos, no es un niño caprichoso. Lleva mucho jugado y mucho sudado.
Ahora resulta que quiere irse a jugar a otro lado. Cosas que tiene la libertad, mira: hasta nuevo aviso, la gente tiene derecho a decidir dónde trabaja.
Que la afición se autoengañe, borracha de mitología, vale. Que lo hagan los gerentes de un club es otra cosa. Dejémonos de tontadas: Llorente tiene derecho a irse. Lo demás, txorradas.