La Rioja

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Línea cuatro
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Teri Sáenz | 21-01-2013 | 09:52

autobusMañana no será igual. Cuando el autobús urbano enfile la rotonda donde siempre espera la niña a la salida del colegio, ya nadie le saludará desde la distancia mientras gira el volante. El autocar abrirá sus puertas con el estruendo hidráulico que tanto miedo le daba al principio, pero no habrá quien le pellizque suavemente la mejilla ni diga como todos los días qué tal te has portado hoy en la escuela. No estará el que le pasaba el bonobús infantil para contabilizar el viaje como una mayor –pero qué grande te estás haciendo– el que le informaba en bajito de que al fondo hay dos sitios libres y quien una vez, en Navidad, le dio por sorpresa sin casi conocerla un aguinaldo para que te compres  alguna chuchería. El autobús seguirá recorriendo la calle atestada de ruido y prisas a esas horas. Esquivará furgonetas de reparto, frenará ante algún peatón despistado, aguardará al usuario rezagado que corre gesticulando al otro la de la ventanilla. Está por ver si quien sustituya al conductor que acaba de jubilarse lo hará sin lanzar ningún exabrupto ni dar frenazos con cara agriada.

Lo más difícil será hacer comprender a la moceta que el autocar seguirá haciendo cada mediodía el mismo trayecto  aunque el chófer de siempre ya no esté pero, sobre todo, que aún existe gente amable y honesta como él, sin cuentas ocultas en Suiza ni áticos en Marbella. Esos que nunca (por suerte) cogerán a la línea cuatro que lleva del colegio a casa.

 

Fotografia: Juan Marín

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