La Rioja
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La silla vacía
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Teri Sáenz | hace 12 horas| 0
juanin

Cuando alguien muere asalta la tentación de recordar la cercanía que uno tenía con el fallecido o rememorarlo con adjetivos excelsos. Yo tenía una relación muy periférica con Juanín y tampoco me atrevo a encumbrar gratuitamente las muchas virtudes que acumulaba. Le conocí la primera vez que pisé una redacción de verdad. Él era ya un periodista de largo recorrido y yo un alumno en prácticas. La voluntaria obligaciónde pasar el verano experimentado in situ lo que decían los libros me llevó un 1 de julio junto a otro compañero hasta el portal del centro de Logroño donde se ubicaba entonces Radio Nacional. Cuando traspasamos la puerta, topamos con un grupo de profesionales enfrascados en la tarea de elaborar el informativo del día. El director nos dio la bienvenida, hicimos un somero recorrido por las instalaciones y nos invitó a leer la prensa sin molestar demasiado hasta que alguien nos encomendara alguna tarea. Sólo recuerdo que no teníamos dónde sentarnos. O quizás no nos atrevíamos a hacerlo en un hábitat tan ajeno e imponente para nuestros ojos novatos. Al vernos ahí de pie, como dos extraterrestres despistados y cohibidos, Juanín se quitó los auriculares. Arrastró con toda amabilidad unos asientos vacantes, comprobó quién estaba de vacaciones y nos improvisó un par de puestos de trabajo en los que permanecimos hasta el final del verano. Años después coincidimos en alguna rueda de prensa. Luego, cuando se jubiló, paseando por la calle. Ahora que pienso en él sólo veo su sonrisa y una silla vacía.

Fotografía: Sergio Espinosa

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La memoria sólida
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Teri Sáenz | 17-10-2017 | 16:44| 0
justo

Que la Ley está hecha para cumplirse es una sentencia tan rotunda como líquida. Los ejemplos de cómo la norma se obvia, circunvala e incluso se contraviene en función del interés o interpretaciones espurias (léase con acento catalán) son tan abundantes que cuando es efectivamente acatada toma el rango de noticia. La Ley 52/2007 de Memoria Histórica es uno de esos textos acordados solemnemente que desde su aprobación ha sufrido un oprobio que habla mal de la democracia que lo gestó. En La Rioja, la laxitud en su cumplimiento había estado además afeada por otro hito: la declaración institucional bendecida por el Parlamento en mayo del 2006 de solidaridad con las víctimas y los familiares de la Guerra Civil en la comunidad autónoma y que hasta el año pasado había quedado en el limbo de las intenciones incumplidas. En ese contexto, la progresiva materialización de la proposición sancionada en abril del año pasado por el mismo hemiciclo (con la abstención del PP) instando a cumplir las Ley de Memoria Histórica y resarcir a las víctimas de aquella época tan ténebre merece un aplauso más sonoro que cualquier ideología. A la petición formal del Gobierno regional a los ayuntamientos para homenajear a los damnificados y sus familiares se suma ahora la creación del Consejo Asesor que tendrá la compleja tarea de que la norma siga la guía del consenso e impulsar, por fin, un catálogo de vestigios franquistas como prólogo para desterrar de tantos pueblos riojanos tantos símbolos anacrónicos.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Empresa imposible
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Teri Sáenz | 11-10-2017 | 15:21| 2
vaca

Cuando el yayo Tasio era chaval y aún correteaba en pantalón corto por las cuestas del pueblo, aprendía escuchando a sus mayores como yo ahora hago con él. A veces se arrimaba al poyo ubicado en lo alto de la era donde cuatro viejos echaban la tarde sentados con las manos posadas sobre sus respectivas cachavas. Se inventaba cualquier excusa y pegaba la oreja con discreción. Aquellos abuelos apenas hablaban. Se conocían tan bien, habían pasado tanto tiempo juntos entre tan poca gente, que parecía que lo tenían ya todo dicho entre sí. Desde aquella atalaya se limitaban a mirar al frente dejándose acariciar por el sol. Ante sus ojos, casas cada vez más huecas. El tejado de la iglesia hundido, el ganado menguante, las calles vacías de niños y el último colmado que quedaba abierto con la verja echada para siempre. De pronto, uno de los abuelos suspirara:«Si viniera una empresa…» Los demás asentían sin abrir la boca. Y de nuevo, silencio. En esas cuatro palabras se condensaba un deseo que contenía otros muchos. Un estímulo para que los pocos vecinos que iban quedando no se fueran a la capital; para que los que marcharon retornaran; para los que nunca había venido llegaran. A unos metros de ellos, Tasio se limitaba a procesar lo que oía. Pero sobre todo lo que no que veía desde aquella loma. Ninguna razón, ningún servicio, ni siquiera una carretera decente para que nadie quisiera no ya montar un negocio sino aventurarse a vivir allí. En ese instante, el futuro abuelo osaba intervenir con tristeza: «Sí, alguna empresa vendrá».

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Verano eterno
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Teri Sáenz | 09-10-2017 | 10:13| 0

autopista

La siniestralidad de la N-232 hace tiempo que ha rebasado el límite de lo insoportable. Cada nuevo accidente ahonda en esa herida, como si el propio asfalto levantara la voz a cada rato para denunciar una situación impropia de una comunidad como La Rioja. El reciente fallecimiento de dos niños y su padre no puede ser sólo otra muesca más de una estadística escalofriante. Y así lo han entendido todos los que al día siguiente del trágico accidente cortaron la vía para exigir una solución sin demora. El inicio de los trámites para la duplicación entre Calahorra y Alfaro sabe a casi nada. En primer lugar porque en el mejor de los escenarios la obra no estará concluida ante del 2026, pero sobre todo porque en cada anuncio oficial resuena la frase pronunciaba por José Ignacio Ceniceros en sede parlamentaria en noviembre del año pasado: fijar plazos en materia de infraestructuras no es garantía de nada. ¿Qué le queda entonces al contribuyente si se le amputa la confianza en que se cumplan los calendarios prometidos? El protocolo suscrito con Fomento para derivar a la AP-68 los camiones y tratar de contener la hemorragia de muertes en esta carretera infernal cumple lamentablemente esa premisa. Además de resultar que ni Fomento asumirá el grueso de la bonificación ni la totalidad del tráfico pesado estará obligado a desviarse, tampoco se ha materializado la previsión de aplicarse en verano. Será que algunos viven en un verano eterno mientras la mayoría sufre escalofríos al circular por la N-232.

 

Fotografía: Sonia Tercero

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Mil mamíferos ciegos
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Teri Sáenz | 02-10-2017 | 17:25| 0

milmamiferosciegosportada

Tras una abultada trayectoria literaria cristalizada desde en dos obras ilustradas hasta en su participación en varios volúmenes colectivos –‘La Aldea de F.’ y ‘Pelos’– y un transgresor libro de relatos propio –‘Casi tan Salvaje’–, Isabel González (Zaragoza, 1972) debuta en el territorio de la novela fiel a la originalidad apuntada hasta ahora y una voz tan genuina como los universos que explora. El andamiaje sobre el que construye ‘Mil mamíferos ciegos’ está sostenido por tres personajes enmarcados inicialmente en mundos distantes. El primero en asomar es Yago, un hombre desterrado de sí mismo que vagabundea aislado en el bosque mientras talla troncos y envía cartas en una búsqueda incansable de lo mismo que huye. En el contraplano, Santi y Eva se debaten en la ciudad contra sus demonios personales de pareja con la obligación de quererse pese a ellos mismos.

González construye sobre ese trío un crisol de contrarios que es precisamente uno de los imanes de la novela. Un enfrentamiento constante entre la naturaleza y lo urbano, la comunión social y la soledad del individuo, la necesidad de amor y el placer del desencanto. La autora extiende esa contraposición del fondo a las formas con un especial gusto por la experimentación, estructurando la novela en capítulos protagonizados de manera alterna por uno y los otros junto a sus respectivos mundos hasta que todo confluye en un sorprendente final. Una apuesta por la antítesis que alcanza también a la propia edición de la novela con la introducción de tramas en diversos colores e incluso interpelaciones a modo de fractura del hilo conductor, superando así el libro como una simple acumulación de palabras hasta convertirlo en un artefacto físico sin el que resulta imposible entender la historia que contiene. En ese nada condescendiente balanceo entre escenarios enfrentados, ‘Mil mamíferos ciegos’ se inclina, o al menos aporta sus momentos más lúcidos, en el hábitat que acoge a Yago. Quizás por su reconocida querencia hacia lo rural como origen y refugio, González captura en el retrato interior de su personaje y el paisaje donde se inscribe una esencia que destila el olor de otras propuestas que en los últimos tiempos toman el campo como punto de partida y meta, unas veces a modo de ensayo y otras como recurso narrativo. En el caso de la escritora aragonesa afincada en Madrid no cabe impostura en esa tendencia y se decanta por envolver con ese aroma lo que acaba siendo una fábula adulta sin moraleja. O, mejor dicho, tantas como cada uno de los lectores pueda reconocer de acuerdo a su propia experiencia. Ahí reside también otra de las singularidades de este desasosegante debú:interpelar sin exigir una sola respuesta.

Sin embargo, uno de los más estimulantes hallazgos de ‘Mil mamíferos ciegos’ es el acerado uso del lenguaje. Es esa reverberación poética con la que González presenta cada escena y disecciona el (intrincado) reverso de sus protagonistas la que dota al libro de una rotundidad que le condecora como una de las firmas con mayor proyección de entre quienes militan más allá de los convencionalismos y la ortodoxia.

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La peor fotografía
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Teri Sáenz | 18-09-2017 | 11:27| 0
felez

La imagen está tomado casi a ras de suelo. Parece que la fotógrafa ha optado por arrodillarse en el asfalto antes de disparar la cámara para capturar mejor todos los elementos que conforman la estampa. En el punto de fuga declina el sol y sobre la carretera reposan multitud de restos pulverizados de uno o quizás más vehículos. La raya blanca que marca la mitad de vía aparece resquebrajada y en uno los lados pululan lo que parecen bomberos y sanitarios enfundados en chalecos fluorescentes. El cuadro se completa con las dotaciones de los distintos servicios de urgencias aparcadas en el arcén mientras sus ocupantes trabajan en la zona. Sólo muy al fondo se atisba un camión cisterna cruzado y una furgoneta con las puertas desvencijadas, seguramente como consecuencia del impacto con el remolque. Ni una gota de sangre. Hay algo familiar en la aridez de los montículos que enmarcan el paisaje, la torre de electricidad al fondo que la luz de última hora de la tarde casi difumina. Cuando el lector baja la vista al pie de foto, lo confirma: La Rioja Baja, colisión, un muerto más. La fotografía es demoledora en su sencillez, aunque ninguno de los que protestaron agriamente porque a su juicio el periódico pecó de sensacionalismo en las imágenes que ilustraron los atentados de Cataluña han aplaudido la exquisitez de la que recoge el enésimo accidente en la N-232. Sin embargo, la voz que realmente se echa en falta es la de los responsables políticos que siguen demorándose para que nunca más deba repertirse una portada igual.

Fotografía: María Félez

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Dos en uno
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Teri Sáenz | 12-09-2017 | 11:21| 0
arrimadas

Rosa María llegó a su casa y encendió la tele. Seguramente se puso cómoda, abrió una cervecita y empezó a practicar ese deporte tan ibérico consistente en despotricar en la intimidad del salón contra los comentaristas de algún debate cuando lo que dicen no coinciden con nuestra postura. A Rosa María no le bastó desfogarse contra una pantalla de plasma. Las palabras que en ese momento pronunciaba Inés Arrimadas en un plató le molestaron tanto que necesitó contarlo al mundo entero. Cambió el mando de la tele por el móvil y deseó a través de Facebook que violaran en grupo a la dirigente de Ciudadanos al salir del programa. “No merece otra cosa semejante perra asquerosa“, dejó escrito. El comentario de la hasta entonces anónima telespectadora empezó a correr por Internet como la pólvora hasta que, cuatro horas más tarde, Arrimadas anunciaba lo que cualquiera en una situación similar: iba a presentar una denuncia contra Rosa María. Lo llamativo es que el foco de la polémica no se ha ceñido al calibre de la barbaridad que eructó para luego arrepentirse, sino en el hecho de que la empresa en la que había encontrado trabajo de teleoperadora a través de una ETT la ha despedido ante el grosor de los insultos y la magnitud del guirigay, aduciendo que una opinión a título personal (sic) no puede interferir en el ámbito laboral público. ¿Confiaría usted en alguien capaz de vomitar una brutalidad así? El caso demuestra que la dualidad entre el yo personal y el social no es una opción ni las redes una barra libre de chupitos de impunidad.

 

Fotografía: Efe

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Siempre libro
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Teri Sáenz | 23-08-2017 | 10:59| 1

librosEl mejor regalo que le hecho al yayo Tasio es el que nunca le di. El día de su último cumpleaños se me pasó por la cabeza comprarle un libro electrónico. Además de acumular un catálogo inabarcable de rarezas, el abuelo siempre ha sido un lector voraz como atestiguan las abarrotadas estanterías de su casa, así que vi en aquel dispositivo el obsequio idóneo para alguien único. No recuerdo por qué retrasé comprarlo y la mañana que le invitamos a comer –él nunca lo hace, no sé si por negar que se hace viejo o evitar sólo aflojar la cartera– me presenté a la mesa con las manos vacías pero adelantándole que en breve tendría todas las novelas que quisiera a su disposición en formato electrónico. Tasio escupió la cucharada de caparrones que acaba de meterse en la boca y amenazó con desheredarme mientras engolaba la voz defendiendo sus libros de papel. Los cientos que tiene y los que dejará de tener. Porque la liturgia literaria del yayo no sólo incluye oler los capítulos antes de devorarlos, sino acariciar las tapas, doblar la esquina de la página cuando el sueño le vence, manchar los márgenes. Y sobre todo, regalar los que más le gustan en cuanto llega al punto final, igual que recibe los que sus amigos le entregan para que experimente las sensaciones compartidas. Porque los libros no son para el abuelo un patrimonio material, sino un hilo que cose imaginaciones simétricas y convierte en su dueño a quien lo tiene en las manos. Y esa carnalidad, dijo antes de soplar las velas, nunca podrá ser plástica, fría e inodora.

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El único dolor
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Teri Sáenz | 21-08-2017 | 14:37| 0
LOGRONO. Plaza del Mercado. La Comunidad Musulmana en La Rioja convoca un acto de paz como «dialogo interreligioso». 20 agosto 2017. Justo Rodriguez

Todos los atentados son el mismo atentado. Barcelona es París; París replica a Londres; Londres como Berlín. Un grupo de fanáticos ha rezado para matar muriendo. Llenan sus cuchillos de sangre o atropellan inocentes con un vehículo. O acuchillan y arrollan. Urbes concurridas. Lugares estratégicos. Asesinatos en masa. La muerte por sorpresa. Al principio las noticias son confusas. Un fallecido y veinte heridos. Dos fallecidos y cuarenta heridos. La cuenta exponencial a cada minuto. Bulos y certezas. Sirenas. El caos. Las televisiones interrumpen su programación. Los periódicos paran las rotativas en seco. Reporteros apostados detrás de la cinta policial con conexiones en directo. El virus de las fotografías del instante que alguien ha tomado con el móvil. Testimonios digitales. El que pasó por allí. El que iba a pasar. El que pasaba y jamás volverá a hacerlo. Un logo en recuerdo de Barcelona (¿o era Bruselas?). Solidaridad. El relato de héroes improvisados contra criminales sin escrúpulos. Turistas anónimos un día, biografías públicas al siguiente. Las mismas críticas a la prensa por esa portada, por aquella fotografía. Primeras declaraciones. Lo malo que ha pasado. Lo peor que podría haber sucedido. Las condelencias de siempre. Concentraciones de repulsa. Llamadas a la unidad. Un minuto de silencio. Banderas a media asta. No podrán con nosotros. Musulmanes sí, terroristas no. Exaltados. Escenas calcadas que lo único que jamás podrán reproducir es el dolor individual de cada muerto. Sólo las víctimas son únicas.

Fotografía: Justo Rodríguez

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Ropa vieja
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Teri Sáenz | 16-08-2017 | 10:18| 0
percha

Nunca vi tirar nada en casa del yayo Tasio. Allí todo era eterno y lo que caducaba, se heredaba o renacía. Con el pan duro se hacían sopas de ajo y la carne de un día se transforma al siguiente en albóndigas. En las pocas fotografías en papel que el abuelo conserva en una lata oxidada de galletas y dan fe de que una vez fue joven aparece con una chaqueta de pana marrón. Las más antiguas, donde todavía era mocete, dejan ver que las mangas le sobresalen y ocultan prácticamente sus dedos. Las hombreras le desbordan la espalda y el tejido reluce. En las imágenes que le suceden va vestido con la misma prenda. Le ajusta mejor, como si el tiempo la hubiera ahormado a su figura, pero el color es más difuso y los bolsillos parecen deshilachados. Si un día profano su armario, estoy seguro de que encontraré una solitaria percha. Me da vergüenza confesarle que en mi casa valoramos poco todo y compramos ropa sin mucho criterio. Un día decretamos que algo es viejo aunque esté nuevo y acudimos a una de esas franquicias donde la gente se uniforma para creerse única. A diferencia de Tasio, repaso mis propias fotos que ya no apilo en ninguna caja sino en un disco duro y no encuentro dos donde lleve la misma camiseta. Al yayo se le reconoce al instante. A nosotros hace falta mirarnos a la cara para identificar quiénes somos. Una día, al salir de su piso después de visitarle, empezó a caer un chaparrón de verano. Preguntó si quería una chaqueta para resguardarme y yo no supe cómo agradecerle un gesto tan sumamente generoso.

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