Este es (o era) mi pueblo

La obsesión compulsiva por el ajuste ha puesto sus ojos en los ayuntamientos. Y lo ha hecho con la misma cuenta de la vieja con que se ha justificado la tijera en la universidad, la sanidad, el sistema bancario o la factura farmacéutica: recortando tanto, ahorramos cuanto. Sin más detalle que el brochazo gordo, al margen de excepcionalidades, con el solo argumento de la crisis, el Gobierno calcula que se limarán 10.500 millones de euros al déficit público eliminado un consistorio por aquí y fusionando dos pueblos por allá. El cálculo quizás pueda saciar la sed de previsión de ingresos que los tecnócratas hacen sobre una tabla excel, pero ha puesto en pie de guerra a las pequeñas localidades sobre las que se cierne la medida.

El anuncio huele a globo sonda. Ni siquiera (al menos de momento) hay constancia de cuál será el límite de población que el Ministerio maneja para la agrupación de consistorios. Algunas fuentes lo cifran en 1.000. Más tarde se habló de 5.000. Cualquiera que sea el umbral, la comunidad autónoma sería la más afectada por su marcada dispersión poblacional, ya que de los 174 municipios apenas 31 superan el millar de vecinos. ¿Alguien se imagina levantarse un día y le digan que pertenece al pueblo de al lado? ¿Pueden las fronteras locales borrarse de un plumazo? Además de inconcreta, la medida choca frontalmente contra los sentimientos y la historia de la mayoría de los municipios que ninguna cuenta de resultados, ni siquiera los números rojos, pueden recortar.

En La Rioja, la posibilidad ha provocado algo inédito: aun con la habitual dosis de reproche, PP y PSOE están de acuerdo en que la medida no tiene ni pies ni cabeza. Al menos, con el carácter de obligatoriedad con que se ha planteado inicialmente. Ambos partidos abogan por lo que ya se ha venido dando en la región para optimizar los recursos de los ayuntamientos con menos recursos o más dificultades para una gestión profesionalizada. Esto es, colaboración en servicios comunes de recogida de residuos, extinción de incendios, secretarios municipales.

El frente común y los alegatos a la autonomía local topan, sin embargo, con la tozudez de todas las medidas de un tenor similar que se han implementado en las últimas fechas. Si es posible intervenir un gigante bancario, ¿cómo se va a resistir un pequeño pueblo a fusionarse? Ahora que Bruselas tiene en el punto de mira a países enteros y éstos a sus comunidades autónomas, ¿va a escaparse del cepo un ayuntamiento menor?

Quizás la mejor reflexión sobre todas las elucubraciones a que ha dado lugar el anuncio del Gobierno central la daba hace pocas fechas un veterano alcalde de una de esas pequeñas localidades sin aeropuerto ni autovía: “En esos despachos de Madrid no tienen ni zorra idea de qué es un pueblo y cómo funciona”.

Colchón financiero

El yayo Tasio guardó su primer jornal debajo del colchón. El abuelo era entonces un chaval de buena mano con el azadón, así que con las perras que ganó un verano labrando tierras ajenas sólo se le ocurrió hacer lo mismo que había visto en su casa toda la vida: guardarlo donde pudiera tenerlo a mano. Un día abrieron un banco en el pueblo. Aunque quizás sea mucho decir. En realidad era una lonja que repintaron de colores chillones. Colocaron un enorme cartel en el dintel anunciando que aquello era la caja de todos y pusieron al frente a un amable hombre con carrera que le trataba como un rey. Le saludaba todos los días por su nombre, al llegar Navidad le regalaba un calendario y siempre que la entidad anunciaba alguna promoción, le llamaba el primero para indicarle que por unas pesetas más le regalaba tres sartenes o un albornoz.

El empleado se jubiló joven. En su lugar llegó un chaval que nunca se quitó la corbata y le llamaba señor Anastasio. Empezó a hablar al abuelo en un lenguaje ininteligible. Le dijo algo de fusiones, liderazgo, acciones, inversiones en bolsa, variables y rendimientos a medio y largo plazo. El yayo, que para entonces había amasado una gavilla de ahorros gracias a una mezcla de tesón en el trabajo y racanería en el gasto, llegó una mañana y le pidió que los metiera en un sobrecito. Es del mismo color del que hoy, cuando le ayudaba a hacer la cama, he visto asomar entre las lamas del somier.

A la carrera

En el XV congreso regional del PP que, como estaba cantado, reeligió abrumadoramente a Pedro Sanz como presidente, el de Igea hizo solo dos menciones personales. Una la mereció la exvicepresidenta Aranzazu Vallejo – “lleva conmigo desde 1991 cuando nos encontrábamos en la oposición, está muy preparada y hará ahora una gran labor en Acuaebro”, justificaría luego– y la otra se la llevó Carlos Cuevas. “Porque está muy involucrado en el partido, resuelve muchos problemas internos y le debo mucho”, razonó después.

Con ese anticipo y todas las ocasiones precedentes en que sin estar en el guión ha ensalzado (a veces hasta el empalago) la figura de Cuevas, era más que obvio que su puesto como secretario general no corría peligro. Al contrario. El número 2 del partido desde que en el 2004 relevó en el cargo a Conrado Escobar se consolida como el chico mimado de Sanz y puntal del núcleo duro del partido.

La configuración del nuevo Comité Ejecutivo Regional da otras pistas de quién está en esa virtual carrera de fondo donde irrumpe ya definitivamente y a pecho descubierto Gonzalo Capellán. Desde su regreso de Santander, todo son responsabilidades añadidas. Unas a nivel político como sucesor de Luis Alegre al frente de Educación en una coyuntura más que tormentosa y otros en clave interna. Primero como integrante (junto a Cuevas, precisamente) de la ponencia política en el XV congreso y ahora como vicesecretario de una cúpula con cuyos hilos teje Sanz sus madejas de poder. Una carrera fulgurante, casi asfixiante de cargos y señalamientos. Similar a la ascensión sin respiro de Alberto Bretón el año pasado al que, sin embargo, se le cierra (al menos de momento) la puerta de donde se cuecen las grandes decisiones del PP.

Y junto a ellos, el sempiterno José Ignacio Ceniceros y otra que llena su cestaño de poder a grandes zancadas como es Ana Lourdes González. Senadora autonómica, portavoz parlamentaria adjunta y alcaldesa de Ribafrecha, que además aporta la cuota femenina por la que Sanz parece haberse decantado frente a Paloma Corres y la veterana Concepción Bravo.

Todos están encantados. Se lanzan piropos, se regalan sonrisas, hacen confidencias… y  se miran de reojo sabiendo que entre sus nombres estará el candidato a tomar el testigo de Sanz. Si alguna vez lo cede, claro.

 

 

Fotografía: Miguel Hererros

 

Adiós, comunidad

Quizás no se haya dado cuenta. O tal vez ha percibido en los últimos meses un extraño vacío en su buzón. Y es que, entre los grandes recortes que generan movilizaciones y controversia, se van colando otros más silenciosos y menos mediáticos. Es el caso de la revista ‘Comunidad‘, que tras dejar de editarse temporalmente hace ahora casi uno año coincidiendo con las elecciones autonómicas y municipales sigue aparcada hasta nueva orden.

Más allá del ahorro económico que suponga dejar de distribuirla, la decisión de no prolongar la vida de ‘Comunidad’ desarticula uno de los argumentos más recurrentes por parte de la oposición. En cualquier rifirrafe sobre los ajustes, la revista había alcanzado la condición de icono del “derroche y autobombo” a mayor gloria de Pedro Sanz que, sobre todo el PSOE, afeaba al Gobierno regional a cada rato. Daba igual sobre qué versara el debate: lejos de las bancas azules, donde primero había que meter la tijera era en la imprenta.

El Palacete tampoco ha hecho bandera de su desaparición. Posiblemente por no aparentar debilidad. Pero lo llamativo es que la novedad coincide con la puesta en cuestión de otra comunidad: la riojana. Al menos, así lo creen los socialistas, que por boca de Pablo Rubio reclaman ahora un frente común en el Parlamento para frenar los “ataques” contra la autonomía. Rejonazos que desde su punto vista llegan enf orma de imposición de recortes en materias transferidas, voces como la de Esperanza Aguirre que abogan por devolver competencias al Estado, acusaciones de despilfarro y llamadas a “repensar” el modelo que inicialmente aplacó las ansias del País Vasco y Cataluña.

¿De verdad es factible un escenario sin La Rioja ni sus compañeras de mapas? ¿Dejaremos de ser riojanos para identificarnos simplemente como españoles? El PP se ha aprestado a rebatirlo. “No veo amenazas”, ha afirmado más en clave política que institucional Carlos Cuevas, para quien, en ese hipotético supuesto, la riojana sería la última comunidad en desaparecer gracias, cómo no, a su excelente gestión.

Lejos del dramatismo o la complacencia, el hecho es que no corren buenos tiempos para los tiempos para las comunidades. Y a quien primero debería mover a la reflexión es al propio Parlamento regional, que gota a gota va colaborando a esa erosión. El ejemplo más reciente podría ser el abulia sobre la Defensoría del Pueblo, que tres meses después de la marcha de María Bueyo Díez Jalón continúa vacante con la previsión de capitidisminuir la institución hasta el límite. Aunque más que esta cuestión que podría circunscribirse en el simbolismo del autogobierno, sobresale la reforma del Estatuto de la que se cumplen ya siete años sin más noticias que las mismas promesa de las tres últimas legislaturas: esta vez, sí. Así se ha pasado de esperar para tener la reforma valenciana como modelo -quién lo diría ahora- a aguardar hasta el fallo contra el Estatut que, una vez conocido, sigue sin impulsar el texto riojano.

Son, por lo tanto, las propias instituciones riojanas quienes están obligadas a demostrar el entusiasmo y el empuje en una comunidad que, de otra manera, podría con el tiempo seguir el mismo camino que la revista de su mismo nombre.

Queda inaugurado este partido

La llegada de Revuelta al PR tuvo para su presidente, Miguel González de Legarra, un algo de ejercicio de justicia poética en versión política. El más jugoso de los desagravios por el cual los regionalistas vengaban, en sentido inverso, todas las fugas de sus afiliados hacia el PP que se han registrado en las últimas décadas.

Cuando el PR acogió en su seno al exalcalde de Logroño, el presidente de la formación adelantó que no resultaría inteligente desaprovechar mediáticamente su figura. Revuelta no sería un dirigente cualquiera, porque tampoco fue un cargo cualquiera en los 20 años que militó en las filas populares. Ejercería, a partir del congreso que sancionó el proyecto neonato y al nuevo secretario general de la formación, como una punta de lanza afilada del mensaje de UPR.

 

humilladero

El lunes inauguró su papel. Lo hizo aún con cierto agarrotamiento para lo que solía acostumbrar. Como reverdeciendo la sensación de verse apuntado por cámaras y micrófonos y en una sede en transición estilítica, donde en una pared cuelga el logotipo de Unión por La Rioja pero los caramelos aún están protegidos con un envoltorio que tiene el membrete del PR.

Revuelta censuró la pésima situación que, a su juicio y a la vista de los principales parámetros económicos, atraviesa La Rioja. Una coyuntura que deja a la comunidad por debajo de la media nacional y la convierte en la peor de su entorno. El exalcalde descendió de lo macro a lo micro, y no dudó en criticar la “propaganda” del actual gobierno regional. “No es de recibo que acudan veinte altos cargos cuando se inaugura una tienda”, proclamó en referencia a la presencia pública de dirigentes populares en la apertura o ampliación de proyectos que, en tiempos de bonanza y obras mayúsculas, serían alpiste. En esa línea, calificó de “sonrojantes” las puestas en escena en un lugar que conoce bien como es el Ayuntamiento de Logroño. Esas visitas del presidente regional con Concepción Gamarra llenas de boato en las que uno aún no puede dejar de recordar otras muy parecidas con un pléyade de altos cargos, público expectante y declaraciones grandilocuentes. Aquellas en las que Pedro Sanz era Pedro, pero el alcalde era otro.

Fotografía: Alfredo Iglesias

Sanz y Revuelta, junto a Luis Alegre, en el 2007 durante la reapertura de la ermita del Santo Cristo del Humilladero

 

 

Volver al agujero

gran via de logroñoDe todos los baches, socavones, agujeros, y otras oquedades que jalonan la Gran Vía, mi predilecto es uno que tengo al lado de casa. Nos conocemos hace años. Prácticamente desde que la calle se inauguró a toda prisa y, a los pocos meses, los adoquines de esta parte de la ciudad se resquebrajaron como el hielo y formaron la primera fisura. He visto medrar esa raja como quien ve evolucionar a un hijo. Al principio era casi imperceptible. Apenas un hilillo negro sobre la roca gris que a cada paso del autobús, en las rodadas de todos los vehículos que ha soportado, ha ido creciendo hasta convertirse en una grieta adolescente rodeada de un cemento frágil. Tengo para mí que él también me reconoce. Cada vez que paso junto a su lado me observa desde su profundidad oscura. Y si por obligación tengo que pisarlo con el coche para llegar hasta el garaje, me saluda haciendo chirriar los amortiguadores y dando una graciosa sacudida a la carrocería. Como esos amigotes que, por más que coincides, nunca pierden el hábito de saludarte con un contundente manotazo en la espalda.

Dos obreros con alma de cirujano lo han reparado esta semana, igual que han intentado saturar otras veces otros muchos agujeros. Tras remover las losetas maltrechas, han rellenado el hueco y repuesto el pavés. Al acercarme para certificar el resultado, una voz cavernosa ha susurrado desde las entrañas de la Gran Vía: «No te preocupes; volveré pronto».

 

Fotografía: Miguel Herreros

El show de Revilla

Miguel Ángel Revilla pertenece a esa casta de políticos con genes de histrión. Un dirigente de los que lo mismo preside (o presidía) un consejo de Gobierno que ocupa asiento en un programa del corazón. El de Polaciones es canela en rama para los periodistas aburridos de consignas recalentadas, un icono para el ciudadano de a pie hambriento de populismo. Buscas un titular y te regala cien. Escribe un libro sobre su experiencia vital y arrasa en las listas de ventas. Uno de esos personajes que si prestase sus servicios como animador de cenas populares le lloverían las ofertas, porque tiene el capazo colmado de anécdotas, parodias, anchoas y salidas del protocolo.

El chico de una pequeña localidad de Cantabria que llegó a dirigir su comunidad ha pasado por Logroño derrochando ese halo de irreverencia que le envuelve. Seguramente más por ser un personaje mediático que por su bagaje institucional. Y lo ha hecho un poco para ver a sus “hermanos de sangre” de UPR y un mucho para vender las páginas de ‘Nadie es más que nadie’. Su parada en La Rioja (o en cualquier otro sitio donde se le ponga una cámara delante) no podía ser banal. El expresidente de Cantabria regaló gratis nada menos que la solución definitiva contra la crisis: apostar por las energías renovables en vez de exprimir la operación tijera por la que opta Rajoy.

Revilla es consciente que un buen titular vale más que mil detalles, así que tampoco entró en zambras para referirse a Pedro Sanz. “Va en verano por mi tierra, porque tiene buen gusto, y siempre que está allí le llamo al hotel y me pongo a su disposición” confesó para, a renglón seguido, reconocer que nunca tuvo “buen feeling” con quien fue su homólogo. “Es de los que no disocia su condición personal con ser un fiel seguidor de la doctrina del PP”, resumió Revilla sin olvidar el episodio en el que según su versión “actuó como un chivatillo” en una Conferencia de Presidentes, provocando con sus palabras uno de los rifirrafes más amargos y sonados a nivel nacional entre ambos dirigentes.

El autor de ‘Nadie es mejor que nadie’ acabó su show literario-político en la librería Cerezo firmando autógrafos y despachando sonrisas debajo de su bigote. Entre la clientela no había nadie de un pequeño pueblo de La Rioja llamado Igea que ha llegado a presidir su comunidad.

 Fotografía: Díaz Uriel

El dinero vuela

 

aeropuerto de agoncillo

El deporte predilecto en estos tiempos de crisis consiste en proponer qué partida se podría suprimir para salvaguardar otra sobre la que acecha la guadaña del recorte. Se trata de un juego en el que puede participar cualquiera. Las reglas son sencillas, no hace falta estar en forma y tampoco se requiere un conocimiento exhaustivo de economía ni contabilidad. Como esos aficionados al fútbol que, aunque jamás han pateado un balón, se erigen como entrenadores y dictan cerveza en mano desde el salón de su casa a quién debería poner Mourinho o quitar Guardiola, el ciudadano decreta qué servicio o infraestructura es prescindible. Traslada la cantidad sobrante a otro servicio o infraestructura que considera más necesaria y, ¡voilà!, adiós al déficit.

El juego está llevando a cuestionar casi todo. Desde la Universidad de La Rioja hasta los coches oficiales pasando por la ensalada del San Pedro. Pero sobre todos los artículos de lujo que ahora se antojan inasumibles, hay uno que gana la partida: el aeropuerto de Agoncillo.  Los datos periódicos sobre las pérdidas el aeródromo cargan de razones a los que claman si no por su cierre, al menos por “repensarlo”. ¿Cuántas plazas de maestros podría cubrirse con los casi 70 millones de euros de deuda que acumula? ¿Qué cantidad de médicos rurales podrían habilitarse con el gasoil de uno solo de los aviones a medio ocupar que parten de Agoncillo?

La demagogia campa a sus anchas en cualquier cálculo imaginable. Lo que queda exento de populismo es comprobar cómo en tiempos donde se insta a acabar con las duplicidades o prescindir de lo superficial haya tantas reticencias a asumir que se puede recurrir a los aeropuertos cercanos o apostar por el ferrocarril en vez de por unas conexiones aéreas ridículas. Y es que, más allá de los números rojos, lo más lamentable del aeropuerto de Agoncillo es su imagen agónica a pesar de lo que brillan sus pasillos. Esa pantalla que muestra un solitario vuelo a Madrid. Esos viajes de vuelta que muchas veces acaban aterrizando en Vitoria y Pamplona. Ese detector de metales que, de tan poco usarse, va a acabar atrofiándose. Esos pasajeros que cada vez acuden en menor número al aeropuerto y que lo están convirtiendo en un icono de la austeridad que se exige a otros menos para una infraestructura que año tras año agranda su agujero negro.

 

 

Fotografía: Sonia Tercero

El mejor regalo

El dormitorio del yayo Tasio es un espartano habitáculo de un cuarto piso sin ascensor donde, además de la cama, sólo cabe una descascarillada sillita de mimbre y una cómoda que reclama hace años una buena mano de barniz. En el primer cajón apila la muda limpia y su colección de boinas. En el segundo, media docena de trajes de tergal anticuado. El tercero, simplemente, hace las veces de desván donde acumula los cachivaches más insospechados que ha ido cosechando aquí y allá.

Esta mañana lo ha abierto para rebuscar entre la montonera algunas de las piezas más cotizadas. De ahí ha sacado un palito plano de madera con que el médico indaga en la garganta y le explora las amígdalas. Junto a ello ha extraído la bata que le colocaron la única vez que estuvo ingresado por una mala caída cuando iba de caza por el pueblo. Uno de esos pijamas asabanados con el logotipo del hospital, que por más que se ataba a la espalda siempre le dejaba el culo al aire. De aquella época también guarda un paquetito de galletas rancias que le ofrecían para remojarlas en el café con leche vespertino. Su selección se ha completado con un blíster de anticoagulantes que le recetó el especialista pero siempre se negó a tomar. El abuelo lo ha metido todo en la vieja maleta de hebillas que nunca ha usado, y cuando me he llegado a casa para ver cómo anda me lo ha regalado ceremoniosamente. «Toma, para que en el futuro recuerdes qué hubo una sanidad pública».

Los liberados del PP

La información publicada recientemente sobre los nuevos liberados dentro del PSOE y el dinero que recibirán por su labor generó tres tipos reacciones. Unos lectores del diario y/o usuarios del blog mostraron su indignación por la decisión de la nueva Ejecutiva por César Luena; otros aplaudieron el inusual ejercicio de transparencia en un partido político; y no pocos maldudaron de la intencionalidad de la noticia: ¿por qué no se pregunta la misma cuestión al PP?
Las dos primeras posturas se tradujeron en cientos de comentarios internos entre los militantes y posiblemente tuvieron su impacto en la asamblea local de Logroño, que optó por la lista no oficial de Inmaculada Ortega. A la tercera reacción le faltaba un dato: la interrogante se trasladó también al partido de Pedro Sanz, que excusó revelar la información aduciendo que designar a los liberados y fijar su salario forma parte del funcionamiento interno que, a su juicio, no debe trascender más allá de la sede.
pedro sanz
¿Es necesario conocer esos datos intestinos? ¿Beneficia o perjudica que la opinión pública y los propios afiliados sepan de quién y cuánto dinero se está hablando? En cualquier caso, la comparación revela dos maneras diametralmente opuesta de gestionar unas siglas. Si la respuesta a todas las preguntas debe condensarse en los resultados electorales, la conclusión parece obvia aunque haya quien no la comparta.
Lo cierto es que el PP encara su XV congreso regional sin ningún cambio. Ni de líder, ni de forma de manejar una formación monolítica donde impera el hermetismo. Un partido con 17 años ya de gobierno y huérfano (al menos superficialmente) de corrientes internas o voces críticas donde quién trabaja con dedicación exclusiva pasa a ser algo secundario. Y es que, la vinculación con los órganos de poder hace que para los populares se pueda encontrar un acomodo laboral en la administración estatal, las consejerías, la mayoría de los ayuntamientos… Otra manera de “liberar” a los suyos, para lo cual se exige un compromiso mayúsculo que siga permitiendo así no abrir ni una sola vía de agua.
Por todo ello y a diferencia de los procesos congresuales en la oposición, lo más jugoso de la cita del PP riojano será un nimio detalle: ¿quién se atreverá a dar si quiera un voto en blanco a Pedro Sanz?
Fotografía: Díez Uriel
La Rioja

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